Hay partidos que pasan a la historia por un gol, una remontada o un título. El Dinamo Zagreb-Estrella Roja del 13 de mayo de 1990 lo hizo por todo lo contrario: porque nunca se jugó. Aquel día, en el estadio Maksimir, el fútbol dejó de ser fútbol y se convirtió en el reflejo más violento de una Yugoslavia que estaba a punto de romperse. Los ultras del Dinamo, los Bad Blue Boys, y los del Estrella Roja, los Delije, se enfrentaron en una batalla campal que terminó con decenas de heridos, detenidos y una imagen para la historia: Zvonimir Boban, capitán del Dinamo, lanzando una patada a un policía que golpeaba a un aficionado croata.
Un clásico cargado de política antes de empezar
Aquel partido llegaba en un contexto explosivo. Yugoslavia vivía una tensión nacionalista creciente y el fútbol ya funcionaba como una prolongación de los conflictos políticos. En Croacia, las elecciones habían reforzado a fuerzas partidarias de una mayor autonomía e independencia, mientras que en Serbia crecía un discurso nacionalista muy potente alrededor de Slobodan Milošević.
El Dinamo Zagreb representaba mucho más que a un club croata. Para buena parte de su afición era un símbolo de identidad nacional. El Estrella Roja de Belgrado, por su parte, era uno de los grandes equipos yugoslavos y reunía a una hinchada serbia radicalizada, los Delije, liderados en aquella época por Željko Ražnatović, Arkan, que años después sería uno de los nombres más siniestros de las guerras balcánicas.
El partido que nunca empezó
El ambiente se rompió incluso antes del pitido inicial. Los ultras del Estrella Roja empezaron a arrancar asientos y a lanzarlos hacia las zonas ocupadas por aficionados croatas. También se produjeron enfrentamientos con la policía y con seguidores del Dinamo. La tensión fue creciendo hasta que los Bad Blue Boys saltaron al campo y el estadio Maksimir se convirtió en una zona de batalla.
La policía yugoslava intentó contener a los aficionados del Dinamo, pero las imágenes de aquel día dejaron una sensación muy extendida entre los croatas: que los agentes actuaban con mucha más dureza contra ellos que contra los ultras serbios. Esa percepción fue clave para que el caos se convirtiera en símbolo político. El encuentro quedó suspendido y nunca llegó a disputarse.
La patada de Boban
En medio de los disturbios apareció la escena que convertiría aquel partido en leyenda. Zvonimir Boban, entonces joven capitán del Dinamo Zagreb, vio cómo un policía golpeaba a un aficionado croata sobre el césped. El futbolista corrió hacia él y le lanzó una patada voladora.
La acción tuvo una enorme carga simbólica. Para unos, fue una agresión a un agente de autoridad. Para otros, se convirtió en un gesto de defensa frente a un aparato policial que muchos croatas identificaban con el poder yugoslavo y serbio. Boban fue sancionado por la Federación Yugoslava con seis meses de suspensión, lo que le dejó fuera del Mundial de Italia 1990 con Yugoslavia.
Años después, el propio policía implicado llegó a perdonar públicamente a Boban, pero la imagen ya había adquirido vida propia. En Croacia, aquella patada fue elevada a símbolo de resistencia nacional.
¿La patada que inició una guerra?
Decir que la patada de Boban inició la guerra de los Balcanes sería una simplificación. El conflicto tenía raíces políticas, étnicas, económicas e históricas mucho más profundas. Pero aquel partido sí funcionó como una imagen anticipatoria del colapso. Fue una escena en la que el fútbol mostró, de forma brutal, una fractura social que ya era irreversible.
Por eso el Dinamo-Estrella Roja ha sido descrito muchas veces como “la primera batalla” de la guerra que estaba por venir. No porque aquel día empezara formalmente el conflicto, sino porque el estadio Maksimir mostró al mundo que Yugoslavia ya no era una comunidad unida, sino un país al borde de la ruptura. Croacia y Eslovenia declararían su independencia en 1991, y la Primera Liga yugoslava quedaría herida de muerte poco después.
Arkan, los ultras y el fútbol como campo de reclutamiento
Uno de los elementos más oscuros de aquella historia fue la presencia de Arkan en el entorno de los Delije. Años después, varios grupos ultras de la región quedarían vinculados a estructuras paramilitares durante las guerras yugoslavas. El fútbol no fue solo un espacio donde se expresaba el nacionalismo: también sirvió como punto de organización, identidad y movilización para algunos sectores radicales.
En ese sentido, el partido del Maksimir fue mucho más que una pelea entre hinchadas. Fue una demostración de cómo los estadios podían convertirse en escenarios políticos, donde los cánticos, las banderas y la violencia anticipaban lo que después ocurriría fuera del fútbol.
Boban, de símbolo croata a estrella mundial
La sanción impidió a Boban jugar el Mundial de 1990, pero no detuvo su carrera. Poco después fichó por el AC Milan, donde se convirtió en uno de los grandes centrocampistas europeos de los años noventa. También fue capitán de la selección croata que terminó tercera en el Mundial de Francia 1998, el primer gran éxito internacional de Croacia como país independiente.
Su figura quedó marcada para siempre por aquella patada. Para muchos croatas, Boban no fue solo un futbolista brillante, sino el jugador que se enfrentó al poder en el momento en que el país empezaba a luchar por su independencia.
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