En un principio quería estrenar esta columna como un homenaje a la segunda estrella que España consiguió hace exactamente una semana. Una gesta doble: no sólo por la consecución de un Mundial, sino también por librarnos de aguantar a los argentinos recordándolo toda la eternidad. Con victoria o sin ella, siguen erre que erre, pero al menos nos deleitan con un recital de conspiranoia y lágrimas que, honestamente, sabe bastante bien.
Pero no. He preferido ponerme ya el traje del fútbol de clubes. Superado el Mundial, es lo que nos pone a tono a todos. Sobre todo ahora, con una vorágine de titulares que apuntan a que Florentino Pérez ha vuelto, y por todo lo alto. Algo que no sería posible sin el Segundo Advenimiento de José Mourinho, a quien evidentemente homenajeo con el título de esta columna, que será semanal. ¿Por qué? Nunca mejor dicho. Porque él, The Special One, es una de esas personas que más me ha marcado en la vida. Que su primera etapa en el Real Madrid coincidiera con mi adolescencia, esa época de efervescencia hormonal y rebeldía, quintuplicó su impronta en mí.
Crecí con tres Copas de Europa bajo el brazo, aunque sólo tengo recuerdos - y muy difusos - de alucinar en el salón de mi casa con la obra magna de Zidane en Glasgow. Después… ¡Ay, amigo! Después llegaron las vacas sagradas… y las flacas. Un galactidio que cambió la mentalidad histórica de un club que empezaba a ser terrenal y a coquetear con la más absoluta mediocridad. Delante, un Barcelona con un Leo Messi que me hizo pasar vergüenza durante más de un día lectivo. Los malos momentos de la adolescencia y de ser madridista en una época en la que la vulgaridad era la norma en el Santiago Bernabéu. Hasta que llegó Él.
Primero, la segunda venida de Florentino, con la premisa de devolver a las estrellas a una entidad hundida entre la inestabilidad - corruptelas torrentianas mediante - y la imposibilidad de superar a toda una bestia negra europea como aquel Olympique de Lyon. Ni los fichajes de Cristiano Ronaldo, Karim Benzema o la a priori ilusionante presencia de Manuel Pellegrini resucitaron a un muerto que agonizaba entre alcorconazos y los bofetones de excelencia de Pep Guardiola. Sólo lo hizo Él.
José Mourinho llegó al año siguiente, literalmente después de devolver al Inter de Milán a la cima del mundo con un triplete. Con todo el dolor de su corazón, abandonó la fiesta nerazzurra y, al día siguiente, ya estaba en el Bernabéu. Con su chulería, su retranca y la promesa de inocular el veneno del esfuerzo y una cultura de trabajo que se había perdido entre los vapores melancólicos de un pasado que yo apenas había saboreado. Lo hizo y fue el precursor - defenderé esto hasta el final de mis días y con todas sus consecuencias - de la etapa más gloriosa de este equipo.
Pero no solo le estaré eternamente agradecido por recuperar la esencia del Real Madrid. También por ser un faro moral que sincronizó con todo el madridismo hasta que la intensidad - y las filtraciones - lo derrotaron. Por poner el pecho para defendernos de los balazos de la prensa o del “equipo del país ese de arriba”. Por abrirnos los ojos y señalar con el dedo la corruptela que, una década después, expone las vergüenzas del fútbol español ante el mundo sin que nadie se ruborice lo más mínimo.
Una forma de vivir el madridismo. Mejor dicho, de sentirlo. De resignificar esa identidad hasta devolverla a los estándares de don Santiago Bernabéu, por mucho que el relato mediático y antimadridista trate de inculcar lo contrario.
El madridismo no es Iker Casillas. No es poner la otra mejilla o traicionar a los tuyos. Madridismo es responder cuando te atacan e impedir que agentes externos prostituyan el “señorío” del Real Madrid.
Por todo ello, y por tantos años fantaseando con su regreso, Lo Que Diga Mou (LQDM).
Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes
Síguenos en Google DiscoverAñadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.