Llevaba tiempo regurgitando la idea de dedicarle este espacio a la FIFA. Especialmente tras el Mundial, que no fue sino un epítome de lo que es esa organización. Por fortuna y pese a los intentos de Gianni Infantino, la estrella acabó bordada en la camiseta española. Pero eso no amortigua el desapego que me genera un deporte que amo y he amado, por culpa de mi padre, desde que llegué a este mundo. El problema de fondo es que la podredumbre del fútbol es una consecuencia directa de la crisis de valores de nuestro tiempo. Una ley del embudo dócil con la corrupción cuando beneficia y tiránica cuando está en la acera de enfrente. De ahí parte todo lo demás.
La cuestión es que el fútbol no necesita reformas. Al igual que la sociedad occidental, necesita un naufragio. Uno que contamine el mar de madera astillada, mástiles partidos y capitanes abandonando los primeros el navío en busca de un bote salvavidas, mientras el resto de la tripulación descubre que llevaba años remando para mantener a flote el camarote de primera clase. Tiempos modernos. O la teoría de la involución que haría a Charles Darwin levantarse de su tumba para enterrarse lo más profundo posible.
Destruir para construir. Empezando por la FIFA, siguiendo por la UEFA, pasando por la RFEF y culminando en LaLiga. Diría que no hace falta quemar nada y que bastaría con desmontar el tinglado. Sedar al paciente, practicar una apertura y extirpar el tumor. Pero no. La metástasis hace tiempo que es imparable, oculta bajo capas de maquillaje institucional, inyecciones de derechos audiovisuales, patrocinios y discursos vacíos para “hacer crecer el producto”.
El producto, ¿eh? Ahí empezó todo. La debacle. La hecatombe. El principio del fin, cuando dejamos de ser aficionados para ser clientes. El club se transformó en marca. El partido quedó reducido a contenido premium - cada vez de peor calidad, dicho sea de paso - y el seguidor no es sino una unidad susceptible de monetización. Los dueños del juego descubrieron que podían cobrarnos por entrar al estadio, verlo desde casa, vestir sus colores y respirar en sus instalaciones. No vaya a ser que se nos escape algún esputo contagioso.
Sería puro capitalismo deportivo al uso si los capitanes del barco hubiesen construido una reputación intachable. Spoiler: no. El problema es que la jet set futbolística que nos explica cómo debemos consumir fútbol lo hace desde instituciones cuyo historial nos invita a llevarnos las manos a los bolsillos para proteger nuestras pertenencias. FIFA es el paradigma. Lo que las Cinco Familias son a la mafia neoyorquina.
Los últimos acontecimientos, a cada cual más bochornoso, entierran en lo más profundo del inconsciente colectivo un contubernio de sobornos, comisiones ilegales y contratos comerciales. Eso solo en 2015, cuando la Justicia estadounidense procesó a altos cargos del ente federativo, así como a una larga lista de ejecutivos. Muchos acabaron condenados o admitiendo responsabilidades. La era Sepp Blatter. Tiempos oscuros. Pero no estábamos preparados para lo que sucedería después, oculto entre promesas de limpieza rutinarias en cualquier nueva etapa y un rostro a priori afable. Llegaba él, Gianni Infantino.
Cambian los nombres de las placas, se aprueba algún código ético, aparecen niños sonrientes en un anuncio institucional, inundando las televisiones con campañas de lavado de imagen contra el racismo y la homofobia - el odio, vaya - en el fútbol… Pero en 2022 Qatar acogió el Mundial más vergonzoso que se recuerda. Otro más en el historial de una Argentina cuyas estrellas están bordadas por la mano del dictador Videla y la de El Diego - o la de Dios, como prefiráis -.
Bochornos que se repitieron - ¡oh, sorpresa! - en Estados Unidos. Pero dejemos el campo. Vayamos a los despachos, donde las arañas tejen la tela a su gusto. Privatizar el Mundial de fútbol. Esa fue la última brillante idea del empresario Infantino. Venderlo a fondos y, de paso, poner de rodillas y llevar hasta la extenuación al deportista. Poderoso caballero… Ya saben cómo terminó. No salió bien gracias a la oposición de UEFA y otras tantas federaciones, que no dejan de ser réplicas caciquiles del hermano mayor, pero a menor escala. Por supuesto, la rebelión condenó al fracaso el proyecto turbocapitalista y deja a medio camino de la horca —política, se entiende— a Infantino. Diría que por fortuna, pero qué va. Para nada. El que venga después también estará infectado.
Mientras tanto, en tercera clase viaja el aficionado. Primero, las entradas. Llevar a una familia a según qué estadios exige poco menos que una tesis doctoral en economía creativa. No hablemos ya del Mundial y las barrabasadas que se pedían por una entrada. El deporte que masificaron los obreros del siglo XIX ha conseguido, algo menos de 200 años después, expulsar de sus gradas a quienes heredaron esos clubes y esa identidad de sus padres y abuelos.
Luego llegan las camisetas. También inaccesibles. Un artículo de lujo. Cuando uno se da de bruces con la realidad mercantil, inevitablemente aparece la falsificación, para indignación de la industria. Como vender agua a cincuenta euros la botella y pegar voces como un energúmeno porque alguien encuentra un pozo y pasa de ti. Un sindiós al que le sigue el bochorno de las tarifas para ver fútbol legalmente en España. Ahí entra en juego LaLiga, que en su cruzada contra la piratería - directamente proporcional a su pasión por los billetes - protege unos derechos audiovisuales de valor incalculable. A su paso, sin embargo, se ha permitido un sinfín de ataques a servicios legítimos alojados en infraestructuras compartidas. Por 5,5 millones de razones. ¿Verdad, Javier?
Porque proteger el negocio y proteger el fútbol dejaron de compartir significado hace muchos años. ¿18, quizá? Los mismos - que se sepa - que un club de Primera División tuvo en nómina al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, que, para quien no lo sepa, era el encargado de - entre otras cosas - los ascensos y descensos de los señores colegiados. Otra vez, la metástasis. Pese a estar judicializado, sus protagonistas siguen campando a sus anchas, silbato en boca, con una altanería sorprendente. Nada que sorprenda, por otra parte. Modus vivendi del pozo pestilente que siempre ha sido la Real Federación Española de Fútbol con Villar, con Luis Rubiales o con el campechano Louzán. Mismo perro...
La moraleja es que al final de toda la cadena siempre está el mismo: el aficionado al que todos dicen representar mientras le suben la entrada, la camiseta, el contrato con la operadora o, en su defecto, le privatizan su deporte. Por eso urge destruir para construir. Desmontar FIFA, UEFA, RFEF y LaLiga como estructuras y edificarlas sobre los valores reales del deporte, del bien común. El fútbol es de quien lo ama, no de quien mejor ha aprendido a empaquetarlo.
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