Steve Mandanda ha decidido contar la parte del fútbol que casi nunca se ve. El exportero francés, campeón del mundo en 2018 y leyenda del Olympique de Marsella, publica El día después, un libro en el que relata el impacto emocional que sufrió al retirarse. Después de 25 años de carrera, rutinas, vestuarios, viajes, partidos y presión competitiva, Mandanda se encontró de golpe con una vida vacía. Su frase resume la crudeza del momento: “No me gusta nada de mi vida en este momento. Creo que soy infeliz”.
El vacío después de toda una vida bajo palos
Mandanda no habla de una retirada idealizada ni de una despedida tranquila. Habla de un golpe emocional. Tras terminar su etapa en el Rennes y no renovar su contrato, el portero se vio fuera del fútbol profesional sin estar preparado para asumirlo. De repente, desapareció todo aquello que había ordenado su vida durante décadas.
En el libro describe días largos, sin energía y sin sentido. “No estoy bien. No hago nada, absolutamente nada”, reconoce en uno de los fragmentos publicados. La frase no retrata solo aburrimiento, sino una pérdida profunda de referencias. Mandanda había vivido durante años con horarios estrictos, entrenamientos, concentraciones, partidos y objetivos inmediatos. Cuando todo eso terminó, apareció una pregunta mucho más difícil: qué hacer con la vida cuando ya no está el fútbol.
“Ya no tengo mis dos palos ni el fútbol delante de mí”
El testimonio del francés es especialmente potente porque no intenta maquillar el derrumbe. Mandanda explica que perdió su ritmo, sus rutinas y hasta la sensación de identidad que le daba ser futbolista. “Ya no tengo ningún horario, ni ritmo, ni citas, nada. Es catastrófico”, escribe.
También recuerda todo lo que dejó atrás: el vestuario, el brazalete, las bromas, los compañeros, los cafés, los viajes, las sesiones específicas, los vídeos y los descansos. Para un deportista de élite, la retirada no es solo dejar de competir. Es perder un ecosistema entero. Mandanda lo expresa con una imagen muy clara: “Ya no tengo mis dos palos ni el fútbol delante de mí”.
Una carrera marcada por el Marsella y la selección francesa
Antes de este relato tan íntimo, Mandanda construyó una carrera enorme. Durante años fue uno de los porteros más reconocibles del fútbol francés, especialmente por su etapa en el Olympique de Marsella, club en el que se convirtió en capitán, referente y símbolo. Su liderazgo en el vestuario y su regularidad bajo palos le dieron un lugar privilegiado en la historia reciente del equipo.
También formó parte de la selección francesa campeona del mundo en Rusia 2018, un logro que completó un recorrido de máximo nivel. Aunque en aquel equipo el titular era Hugo Lloris, Mandanda fue parte del grupo que devolvió a Francia a la cima del fútbol mundial. Su carrera tuvo títulos, reconocimiento y respeto. Precisamente por eso su testimonio impacta más: incluso después de haberlo conseguido casi todo, el final puede ser devastador.
La retirada como una “pequeña muerte”
Mandanda utiliza una expresión muy dura para definir ese proceso: “la pequeña muerte”. No se refiere al final del deporte como una simple transición profesional, sino como una ruptura emocional. Durante años, el futbolista vive con una identidad pública muy fuerte. Es portero, capitán, compañero, rival, internacional. Cuando eso desaparece, queda un silencio que muchos no saben cómo gestionar.
El francés reconoce que quizá podría haber preparado mejor ese final, pero también deja claro que no es un caso aislado. En su libro cuenta que habló con otros jugadores retirados que también lo estaban viviendo mal. No da nombres, por respeto, pero sí deja una idea importante: la retirada sigue siendo uno de los grandes tabúes del fútbol profesional.
El círculo de la soledad
El exportero también relata cómo la falta de rutina afectó a su cuerpo y a su ánimo. Cuenta que ganó algunos kilos, que comía peor, que salía menos y que empezó a aislarse porque no quería que la gente lo viera así. “La sensación de vacío es abismal algunos días”, admite.
Ese detalle convierte su historia en algo más que una confesión personal. Mandanda pone palabras a un problema que afecta a muchos deportistas: cuando se apaga el foco, no siempre aparece una nueva vida ordenada y feliz. A veces llega el desconcierto, la soledad y una sensación de inutilidad que contrasta con años de exigencia máxima.
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