El ser humano, en su afán de entretenimiento, es capaz de recurrir a ideas de lo más peculiares. Y como suele ocurrir en muchas ocasiones, estas ideas salen de la madre Rusia, donde tienen una gran imaginación para crear deportes de contacto raros combinando el deporte tradicional con las ocurrencias que tendría una persona durante una noche de borrachera con sus amigos.

Beerboxing: pegar, beber y, si es posible, no liarla demasiado

El beerboxing parte de una premisa que parece diseñada a medias entre una velada de boxeo y una apuesta de madrugada: dos personas se enfrentan en un ring mientras sostienen una cerveza con una mano y golpean con la otra. Es decir, lo que en cualquier deporte de contacto sería un problema logístico aquí se convierte directamente en el concepto. Una mano para beber, otra para sobrevivir.

Eso cambia por completo la lógica del combate. En el boxeo tradicional uno intenta protegerse, medir distancias, mantener el equilibrio y no regalar golpes. Aquí, además de todo eso, hay que gestionar el pequeño detalle de que llevas una cerveza encima, lo cual no parece la preparación ideal para defender una izquierda. El resultado es un formato que no transmite precisamente la solemnidad de una gran noche de campeonato, pero sí algo mucho más útil para internet: una escena ridícula y comprensible en tres segundos.

Y esa es la clave. El beerboxing no pretende competir con el boxeo serio ni hacerse pasar por una revolución técnica. Lo suyo es otra cosa: mezclar el lenguaje del combate con el de la ocurrencia viral. Tiene algo de deporte, algo de espectáculo y bastante de “a ver quién fue el primero en pensar que esto era buena idea”. Pero justamente ahí está su gracia. No hace falta entender las reglas para entender el chiste visual.

En el fondo, el formato funciona porque condensa dos mundos que normalmente no deberían ir juntos. Por un lado, la tensión real de los golpes. Por otro, el componente casi cómico de ver a alguien intentando mantener cierta dignidad atlética con una cerveza en la mano. No es exactamente boxeo ortodoxo, pero desde luego sí es contenido de internet en estado puro.

Carjitsu: por si el tráfico no era ya suficientemente estresante

El carjitsu es otra historia. Aquí la idea no es pelear y beber, sino tomar el jiu-jitsu, meterlo dentro de un coche y comprobar qué pasa cuando el espacio desaparece y todo se vuelve incómodo. Dicho de otro modo: si sentarse atrás en un utilitario ya es una experiencia tensa, imagina intentar hacer una sumisión ahí dentro.

A diferencia del beerboxing, el carjitsu tiene una estructura algo más formal. Mantiene una base de grappling y de combate cuerpo a cuerpo, pero la traslada a un entorno donde cualquier movimiento parece diseñado para darte un tirón en la espalda. No hay tatami, no hay amplitud, no hay ese margen que suele tener el deporte para parecer más o menos elegante. Aquí todo ocurre dentro de un coche, con el volante, los asientos y el cinturón de seguridad convertidos en parte del paisaje táctico.

Y eso es precisamente lo que hace que el formato llame la atención. Porque el espectador no solo piensa en quién va ganando, sino en cómo demonios están consiguiendo moverse ahí dentro. El coche deja de ser un vehículo y pasa a ser una mezcla extraña entre jaula, obstáculo y herramienta. Lo que normalmente sirve para ir de un sitio a otro aquí sirve para pelear sin espacio, sin comodidad y probablemente sin demasiada paciencia.

Lo curioso es que, dentro de lo extravagante, el carjitsu parece el más organizado de los tres formatos. Tiene nombre reconocible, un cierto envoltorio de producto deportivo y una presentación menos improvisada que otras ocurrencias virales. Pero no deja de apoyarse en la misma lógica que los demás: tomar algo conocido, cambiarle el escenario y esperar que la rareza haga el resto.

Boxeo en cabina: el noble arte de no tener a dónde ir

Si el beerboxing parece una ocurrencia y el carjitsu una excentricidad organizada, el boxeo en cabina directamente parece un experimento social. La idea es sencilla: meter a dos luchadores en una cabina telefónica y dejar que se enfrenten ahí dentro. Sin espacio, sin escapatoria y sin la menor intención de que esto parezca cómodo.

La cabina, claro, no actúa como decorado bonito ni como simple guiño visual. Es la norma principal. En un combate normal, uno puede desplazarse, girar, salir del intercambio, respirar un segundo. Aquí, en cambio, la estrategia parece reducirse a una conclusión bastante básica: o pegas o te pegan, porque irte muy lejos no te vas a ir.

Eso hace que el formato sea visualmente potentísimo. También un poco delirante. Porque la cabina telefónica ya es de por sí un objeto casi arqueológico, una reliquia urbana que de repente reaparece no para hacer llamadas, sino para resolver una pelea a menos de un metro cuadrado. Es como si alguien hubiera pensado: “¿Y si cogemos algo completamente obsoleto y le damos una segunda vida, pero de la peor manera posible?”.

Lo que sale de ahí es exactamente lo que internet suele premiar: una imagen muy rara, muy clara y muy fácil de compartir. No hace falta contexto, no hace falta una gran narración previa, no hace falta ni siquiera saber quiénes son los participantes. Basta con ver a dos personas pegándose dentro de una cabina para entender que alguien, en algún lugar, decidió que el deporte necesitaba más claustrofobia.

Y, sin embargo, ese disparate tiene su lógica. Al reducir el espacio al mínimo, el combate queda comprimido hasta casi caricaturizarse. Se eliminan varias de las capas del boxeo tradicional y se deja solo una versión inmediata, brusca y muy visual del enfrentamiento. Es una simplificación extrema, sí, pero precisamente por eso engancha. Parece una parodia, pero funciona como espectáculo.

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