Carlos Alcaraz y Novak Djokovic tenían una cita con la historia en Melbourne. El murciano, ante el reto de ser el jugador más joven de la historia en conseguir el Grand Slam – Roland Garros, Estados Unidos, Wimbledon y Australia -. El segundo, el desafío a la biología y a sí mismo. Besando los 40, el serbio ha completado otro torneo a la altura de su leyenda, liquidando las dudas – si es que algún osado aún se atrevía cuestionarlo –. Nole extiende su mito, con un sabor amargo, pero con la convicción de ser no sólo un tenista único, sino uno de los mejores deportistas de todos los tiempos. El tesón, el talento y la juventud del español han tenido más peso sobre la icónica pista azul del Rod Laver Arena. En una final que nada tiene que envidiar a un cantar de gesta, el aspirante no sólo ha añadido el único grande que le faltaba a su ya de por sí extenso currículum, sino que ha utilizado Melbourne como escenario para reclamar el trono del tenis (2-6; 6-2; 6-3 y 7-5).
El serbio entró en el sintético australiano como un huracán. Dispuesto a todo e ignorando sus casi 39 años, con todo lo que eso conlleva. “Es imposible, es imposible”, llegó a decirle Alcaraz a su entrenador tras el inicio arrollador de la Leyenda. La desesperación, en ocasiones muy palpable en el rostro y los gestos del murciano, parecía apoderarse de él. Nole lo maniató por completo en un primer set que se metió en el bolsillo con actitud casi funcionarial; como un día más en la rutina. Como hiciera ante Jannik Sinner en las semifinales, destrozó todos los pronósticos con contundencia, con orgullo, retando a la física misma con golpes que sólo puede firmar alguien de su pesaje. Talento veterano al servicio del pueblo.
No dio opción a un Alcaraz desquiciado, buscando la complicidad en la mirada de su entrenador, que trataba de espolearlo bajo la atenta mirada de un Rafa Nadal que padeció en sus carnes el calor del fuego serbio. Le salía siempre cara a un Nole que apoyó su estampida en la perfección del saque y en sus derechas, mientras el murciano, a pesar de su juventud en las piernas, no conseguía conectar con la pelota para derribar el muro que había construido el mejor tenista de todos los tiempos. El primer break empequeñeció aún más al español, que llegó a desperdiciar varias oportunidades de rotura mientras veía cómo el de Belgrado se ponía por delante con inusitada facilidad. Su sufrimiento contrastaba con la finura y la tranquilidad de Novak, que no se amilanó a pesar del primer “¡Vamos!” que salía por la boca del número uno del mundo. Valió de poco, eso sí, porque Djokovic cerró el primer set con un contundente 6-2 que auguraba un final muy distinto.
La resurrección
La final se ha aproximado más a un cantar de gesta que a un partido de tenis al uso. Como si siguiera las líneas del Viaje del Héroe de Joseph Campbell, llegó el momento de la resurrección. Ese momento en el que el español se sincroniza y entra en trance. Tabula rasa. Empieza otro partido. El reseteo emocional se vio desde el primer juego del segundo set. Superó los 9 errores no forzados de la primera manga y cuestionó la autoridad de Novak en su primer servicio, pese a volver a caer del lado del serbio. La superioridad dejó de ser tan abrumadora. Carlos hizo acto de constricción, sosteniéndose sobre un magnífico saque para rebajar el suflé serbio. Lo consiguió. La Diosa Fortuna le sonreía por primera vez con una pelota que tocó en la red de tal manera que neutralizó la carrera de un Djokovic que, pese a todo, amenazaba con responder al golpe. Gesto de perdón ante la incredulidad de la bola imposible y a seguir.
Rompió por primera vez el servicio de Novak y, a partir de ahí, entró en un trance que perduró hasta prácticamente el final del partido. El cuento había cambiado. Destrozó la inercia del serbio y consolidó su ventaja desplegando un tenis de muchos quilates, el de las grandes citas. Aún quedaba lejos ese 1-1 en el marcador, pero la fluidez cambió de lado de la pista. Djokovic ganó su servicio, pero el número uno del mundo demostró por qué se lo ha ganado. Juego en blanco y 4-2. El inicio fulgurante del de Belgrado se desmoronó a raquetazos de puro talento, mezclados con orgullo y un esfuerzo titánico que le valieron para llevarse al bolsillo un nuevo break y paralizar a su rival. El español encontró el tono y reventó el segundo set en apenas 40 minutos con un 6-2 para igualar la final.
Nole comenzaba a tambalearse. Dio síntomas de debilidad en bolas relativamente fáciles. Muchos errores no forzados que, en realidad, nacían del estado de desesperación al que le condujo Alcaraz. El español se mantenía en ese umbral entre la genialidad y la garra. Una barrera que rompería en la tercera manga castigando las piernas del veterano con rallies largos que acababan con gestos de reconocimiento de un Novak al que ya se le veía visiblemente cansado. De hecho, pidió tiempo para un momento de meditación en el lavabo a la hora y cuarto de partido mientras el español, lejos de caer en la clásica treta del serbio, preguntaba al juez de silla por qué cerraban el techo del Rod Laver Arena.
Alcaraz rallaba la perfección. Las derechas sí le entraban y se libró de las ataduras que constriñeron sus piernas en el primero de los envites del partido. La pista se había inclinado hacia su lado, imprimiendo su tiranía ante un Djokovic cada vez más frustrado ante sus intentos por evitar los peloteos largos que le planteaba el murciano. Respondió al juego en blanco de inmediato con la misma medicina, hasta que Alcaraz hizo lo imposible. Nole llegó a una bola cortada para mandarla por el lateral de la pista. Durante unos segundos, saboreó de nuevo las mieles del tenis con un golpe que pretendía cambiar el signo de la final, pero Alcaraz se lo prohibió y, como el tiburón blanco, olió la sangre de su presa. Desbarató todos los intentos de un Novak que se reencontraba por instantes con la versión Golem, pero ni aun así. La pista era un océano para el número uno del mundo y cerró el tercer envite con un sólido 6-3.
Orgullo made in Belgrado
Carlos veía el Grand Slam al alcance de su mano. Con Nole prácticamente fuera de combate, se intuía un quinto asalto rápido. Pero nunca es así. No con el mejor tenista de todos los tiempos. El serbio es al tenis lo que el Real Madrid es al fútbol. O le rematas o te mata. Es lo imposible. Y rozó la gesta. Djokovic sacó la dignidad intrínseca al balcánico; el orgullo de quien doblegó a dos de los tenistas más grandes de todos los tiempos durante una década para decirle a Alcaraz que no estaba ni cerca de morir y que, en tal caso, lo haría apuñalando hasta el último estertor. Y así lo hizo, llevando a Alcaraz hasta el extremo y protegiéndose con su servicio hasta que las jóvenes piernas del murciano se rebelaron ante la Historia del tenis.
Salvó hasta siete bolas de rotura tras el 1-0 inicial para Alcaraz. Aguantó con el saque, sabedor de que un break tan tempranero suponía el primer paso hacia el hacha de su verdugo. El español se resistía con el ímpetu del que ansía sentarse en el trono mientras todo el estadio insuflaba el aire que le faltaba al veterano, aunque ciertamente se sintió como un indicio de que la victoria volaría hasta Murcia. Djokovic fue al límite en todas y cada una de las bolas, negando la claudicación que le rogaba el número uno del mundo y dejando trazas de calidad de otro tiempo que ni la edad consigue eliminar. No en Nole.
Así se llegó al 5-5. Punto de inflexión. Puerta grande o enfermería, que se suele decir. Pero Alcaraz derrumbó la palmera que se resistía a tientas al huracán. Se sobrepuso a la presión del momento, con un chau chau extraño en el ambiente. Rompió el saque – por fin – del serbio y preparaba su hacha para cercenar el último aliento de un adversario que ha dignificado el tenis durante toda su carrera. Dos bolas de partido en el bolsillo de un Alcaraz que no perdonó en la primera. Juego, set, partido y directo a la constelación del tenis. El murciano se suma al elenco de tenistas que ha ganado los cuatro grandes, pero con la peculiaridad de ser el más joven de la historia en hacerlo. El número uno del mundo reclama el trono del tenis en el sintético de Australia.
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