No hay nada más insistente y tozudo que la realidad. Por mucho que se empeñe uno en no reconocerla y asumirla, se impone siempre con contundencia y de un modo inevitable e inexorable. Uno puede e, incluso debe, esforzarse en modificar la realidad cuando le es adversa, pero, como bien decía Charles De Gaulle, cuando “las circunstancias nos son adversas, hay que cambiar las circunstancias”; lo que nunca se puede hacer es negarlas la existencia de estas circunstancias, esto es negar la realidad tal cual es, porque esto siempre conduce al más rotundo fracaso.
Al movimiento independentista catalán le ha llegado, parece que ahora ya de forma definitiva, el momento de tener que enfrentarse a la realidad. No le queda más solución que apearse de aquella realidad virtual en la que viene moviéndose desde hace ya demasiados años.
Aunque pueda parecer tan solo una simple anécdota más, me parece que buena prueba de ello es el anuncio hecho por el Gobierno de la Generalitat según el cual sus funcionarios, a los que de hecho invitó y convocó a hacer huelga el pasado día 3 de octubre como muestra de legítima protesta contra la desproporcionada y en bastantes casos brutal violencia policial contra ciudadanos participantes en el ilegal referéndum de autodeterminación celebrado en Cataluña el día 1 de octubre, se verán obligados a recuperar durante los próximos cuatro meses las horas perdidas en aquella jornada de huelga, contra lo que se les prometió.
Es una primera demostración de la asunción del principio de realidad por parte del Gobierno presidido por Carles Puigdemont. Un Gobierno que, a pesar de todos los pesares y tras haber desoído las mil y una advertencias que se le habían hecho al respecto desde todo tipo de instancias, en la misma Cataluña, en el resto de España, en la Unión Europea e incluso en muchos otros países, todavía sigue negándose a reconocer y asumir como mínimo dos realidades hoy absolutamente incuestionables.
La primera de estas realidades es que una supuesta República Catalana no solo no sería admitida en la Unión Europea ni a corto ni a medio plazo –y muy probablemente tampoco a muy largo plazo, como no lo sería en la EFTA o Asociación Europea de Libre Comercio-, sino que tampoco sería reconocida como Estado independiente por los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido o Rusia, entre muchos otros países, y que por consiguiente quedaría excluida de las Naciones Unidas o de cualquier otro organismo internacional.
La segunda de estas realidades ahora ya innegables es que la simple falta de una mínima seguridad jurídica provocada por los últimos episodios del proceso secesionista –en concreto, las leyes de ruptura aprobadas por el Parlamento catalán los días 6 y 7 de septiembre, con las que la mayoría independentista pretendió abolir en Cataluña toda la legalidad constitucional y estatutaria, sustituyéndola de forma súbita e ilegal por otra- ha causado, en muy pocos días, el traspaso del domicilio social, y en muchos casos también fiscal, de los dos únicos grandes bancos catalanes y de gran número de empresas que hasta ahora estaban radicadas en Cataluña; no solo casi todas las de gran tamaño sino también muchas de las pequeñas y medianas, base histórica del rico tejido empresarial catalán.
Por si no bastase con esto, las encuestas demuestran otra realidad que todos los dirigentes del secesionismo se habían empeñado una y otra vez en negar u ocultar: la profunda división social existente ahora en Cataluña, una división que afecta a familias y a amistades, a vecinos y a compañeros de trabajo, con una herida en forma de escisión que tardará mucho en cicatrizar.
Al independentismo catalán, y en primerísimo lugar al presidente de la Generalitat Carles Puigdemont, le ha llegado ahora el momento de aterrizar en la realidad, de reconocerla y asumirla tal cual es, aunque sea con la legítima voluntad de modificarla, como recomendaba De Gaulle.
En 1980, casi coincidiendo con el restablecimiento definitivo de la Generalitat como institución del autogobierno de Cataluña, se estrenó en nuestro país una película muy cómica y que hizo fortuna en las taquillas. Su título era “¡Aterriza como puedas!”. Por cierto, en los cines de muchos países latinoamericanos el título del filme fue otro: “¿Y dónde está el piloto?”