Hablar de despoblación en Castilla-La Mancha es también hablar de quienes trabajan cada día para intentar cambiar esa realidad desde dentro. Ana González, natural de Cañaveras, un pequeño municipio de la provincia de Cuenca conoce de primera mano lo que supone crecer en un entorno rural y ver cómo muchos pueblos luchan por mantener población, servicios y oportunidades. Con solo 21 años, trabaja actualmente como técnico de territorio en Proyecto Arraigo en la provincia conquense, acompañando a personas y familias que buscan comenzar una nueva vida en el medio rural.

Su trabajo combina la búsqueda de oportunidades laborales y residenciales con una importante dimensión humana, ya que detrás de cada llegada hay historias personales, incertidumbres y decisiones que cambian por completo la vida de quienes apuestan por instalarse en un pueblo. Ana acompaña ese proceso desde cerca, ayudando tanto a quienes llegan como a los municipios que buscan nuevas oportunidades para seguir creciendo.

 

Además, compagina esta labor con la creación de contenido en redes sociales, donde intenta mostrar una imagen real del medio rural, alejándose de estereotipos y reivindicando que los pueblos no son únicamente pasado, sino también una opción de futuro. Muy vinculada desde siempre a la naturaleza, al campo, la vida en el pueblo y la caza, defiende una visión del entorno rural basada en la experiencia personal y en el arraigo a una forma de vida que considera profundamente suya.

Pregunta: ¿Cómo nace Proyecto Arraigo y con qué objetivo llega a la provincia de Cuenca?

Respuesta: Proyecto Arraigo nace para dar respuesta a una realidad muy clara: pueblos que necesitan población y personas que buscan un cambio de vida, pero que muchas veces no saben cómo aterrizarlo.

En la provincia de Cuenca llega con un objetivo muy concreto: hacer posible que vivir en un pueblo no sea solo una idea bonita, sino una opción viable. Eso implica empleo, vivienda, acompañamiento y también honestidad sobre lo que significa ese cambio.

P: ¿Qué impacto tiene para un pueblo pequeño la llegada de nuevas familias?

R: En un pueblo pequeño, la llegada de una sola familia tiene un impacto real, visible. Puede significar que un colegio siga abierto, que un bar tenga continuidad o que un servicio básico no desaparezca.

Pero hay algo que va más allá de lo práctico. Cuando un pueblo lleva años perdiendo gente, no solo pierde habitantes: pierde ritmo, confianza e incluso cierta ilusión por el futuro. La llegada de nuevas familias ayuda a recuperar eso.

Y detrás de cada caso hay algo muy potente: no es solo alguien que llega, es alguien que decide apostar por un lugar concreto para vivir su vida.

Proyecto Arraigo en el municipio de Olmedilla de Alarcón. Diputación de Cuenca

P: Uno de los objetivos de Proyecto Arraigo es asentar gente en los pueblos con el propósito de ofrecer puestos de trabajo a los nuevos vecinos. ¿Qué tipo de perfiles laborales son los más demandados en la provincia?

R: Hay demanda en sectores como agricultura, ganadería, construcción, hostelería y también en el ámbito de los cuidados: residencias, viviendas tuteladas y ayuda a domicilio.

También hay muchos oficios en relevo generacional: mecánicos, conductores, personal de mantenimiento o trabajos forestales.

Además, en muchos pueblos también son clave los pequeños negocios de proximidad como tiendas, panaderías, carnicerías o comercio local, que necesitan continuidad y relevo para no desaparecer.

Y algo que cada vez pesa más es el cambio de perfil: personas que teletrabajan o que quieren emprender desde el medio rural. Eso está cambiando mucho la forma de entender los pueblos.

P: Más allá de encontrar trabajo, empezar una nueva vida en un pueblo implica muchos cambios personales y familiares. ¿Cómo acompañáis a las personas durante ese proceso de adaptación?

R: Aquí es donde todo se vuelve más humano. Porque cambiar de vida no es solo cambiar de trabajo o de casa. Es cambiar de ritmo, de entorno, de relaciones, incluso de rutinas en algunos casos.

Acompañamos desde el principio: expectativas, vivienda, integración y adaptación. Muchas personas llegan con ilusión, pero también con dudas muy normales.

Y lo más importante es estar ahí para que ese proceso no sea un salto al vacío, sino un cambio acompañado.

P: ¿Cómo es el proceso desde que una familia contacta con Proyecto Arraigo hasta que se instala en un municipio?

R: Primero se entiende muy bien el perfil de cada familia: qué buscan, qué necesitan y qué están dispuestos a cambiar.

Después se conectan con municipios que encajan, se organizan entrevistas laborales, opciones de vivienda y visitas al territorio.

Pero el proceso no termina cuando llegan. Ahí empieza la parte más delicada: adaptarse de verdad al día a día.

Edu y Adriana se han mudado a Cañaveras. Ana González

P: Muchas veces se habla de falta de vivienda en los pueblos. ¿Es uno de los grandes problemas que os encontráis?

R: Sí, sin duda. Hay muchas casas cerradas o sin uso en pueblos, pero no siempre están disponibles para nuevas familias. Eso genera una contradicción muy clara: necesidad de población por un lado y viviendas vacías por otro.

Y lo que parece un detalle técnico, en realidad es clave. Porque una casa no es solo un edificio: es la posibilidad de que alguien empiece una vida.

P: Desde que se inició el proyecto en Cuenca. ¿Cuántas familias y nuevos vecinos han llegado a los pueblos de la provincia?

R: Proyecto Arraigo ha facilitado el asentamiento de más de 91 familias y 265 personas en la provincia de Cuenca, según los últimos datos.

Más allá del número, lo importante es lo que no se ve en una cifra: pueblos que vuelven a escuchar niños, negocios que siguen abiertos, vecinos nuevos que ya forman parte del día a día.

P: En un contexto en el que se habla constantemente de despoblación, Proyecto Arraigo transmite una visión más optimista. Después de todo lo vivido. ¿Crees que está cambiando la tendencia hacia un punto en el que hay cada vez más personas que prefieren los pueblos por encima de la ciudad?

R: Creo que está cambiando algo muy importante: la mirada.

Durante mucho tiempo se ha visto el pueblo como una renuncia. Ahora cada vez más personas empiezan a verlo como una opción, no perfecta, pero sí real.

No diría que hay un cambio masivo, pero sí un cambio de mentalidad. Y eso es lo que abre la puerta a todo lo demás.

Yo lo he decidido y una frase que siempre digo es: 

Quedarse en el pueblo no debería verse como un acto de valentía, sino como una decisión.

Vivir en un pueblo es tan válido como vivir en una ciudad: no es quedarse atrás ni renunciar a nada, es elegir una forma de vida diferente.

P: Eres de Cañaveras, un pueblo de 230 habitantes. ¿Qué le dirías a alguien que nunca se ha planteado vivir en un pueblo?

R: Le diría que no lo descarte sin conocerlo. Un pueblo no es solo lo que falta, es todo lo que tiene y lo que te devuelve: tiempo, calma y una forma de vida menos acelerada.

Y personalmente, para mí no es un lugar idílico. Es el sitio donde he crecido y donde entiendo muchas de las cosas importantes de la vida de una forma mucho más sencilla. No es para todo el mundo, pero sí debería ser una opción real para cualquiera que quiera replantearse cómo quiere vivir.

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