Una tablet, un altavoz portátil, un mini proyector conectado al enchufe de unos baños públicos en el antiguo cementerio local y, sobre todo, un rigor histórico inapelable. Con estas herramientas básicas, el profesor de Geografía e Historia y guía turístico, Jesús Carmona, ha conseguido transformar los rincones de Arahal en un aula abierta al pasado más trágico del municipio. Lo que comenzó en marzo de 2024 como una iniciativa personal basada en un libro publicado diez años antes por José María García Márquez se ha convertido en un auténtico fenómeno de participación ciudadana en el municipio sevillano. En agosto se organizó la ruta número 20, con una asistencia total de 475 personas en un municipio de apenas 19.500 habitantes, según el INE. 

La experiencia dura aproximadamente dos horas y media y recorre a pie los escenarios clave de la Guerra Civil en Arahal, el pueblo estadísticamente más castigado y represaliado de toda la provincia de Sevilla. Según los datos, en un pueblo que entonces rondaba los 13.000 habitantes hubo, según los datos aportados por Carmona en la propia ruta, 570 represaliados reconocidos. Para el guía y vecino de la localidad, el objetivo de la ruta es la divulgación, "que la gente de Arahal comprenda, entienda y disfrute de una forma amena y didáctica aprendiendo lo que ocurrió", explica quien también preside la Asociación de Memoria Histórica del municipio.

El itinerario arranca simbólicamente en la iglesia de San Roque. Allí se explica cómo entraron las tropas sublevadas del ejército desde el municipio vecino de Carmona y por la carretera que lleva su nombre el 22 de julio de 1936, cuatro días después de que comenzara el golpe. A partir de ese punto, el recorrido avanza por enclaves marcados a sangre y fuego, principalmente la calle Felipe Ramírez, donde todavía hoy se aprecia un agujero de bala en un cierro de una casa, un impacto que venía directamente de una de las ametralladoras que los militares colocaron en el centro del pueblo, que por nombre lleva la Corredera. En este punto, los sublevados colocaron no solo las ametralladoras sino una fila de ciudadanos que fueron asesinados a sangre fría y masivamente. De este modo, una de esas balas acabó impactando en el hierro que recubre la ventana saliente de la casa en la calle Felipe Ramírez.

Agujero de bala en una ventana de Arahal (Sevilla)

Uno de los atractivos de la ruta es que durante el trayecto Carmona ofrece a los vecinos y vecinas que asisten a la ruta la capacidad de recordar a través de apellidos conocidos en todo el municipio o, en su detrimento, los motes de algunos de los protagonistas durante los días del golpe y la posterior represión sangrienta, así como familias víctimas de las mismas. "La gente se asombra porque hay muchísimo desconocimiento", relata. Entre los episodios que narra a los asistentes destaca, por ejemplo, el de Adolfo Martínez Guerrero, tiroteado en la cuesta del Cabrero, que logró hacerse el muerto, huir y esconderse en un ático de la calle San Roque, o el papel de figuras del falangismo local como Trinidad Nieto o Arias de Reina. Pese a la dureza de los datos y a señalar incluso a los descendientes de los represores, la respuesta de los asistentes rompe cualquier cliché: "La ruta siempre acaba con un aplauso ensordecedor".

"Hablar de esto no es abrir viejas heridas, es recordar una herida que nunca se cerró"

Para comprender la magnitud de la tragedia hay que remontarse a los llamados "días rojos", el lapso comprendido entre el 18 de julio y el 22 de julio, cuando las fuerzas del Frente Popular, que en Arahal ostentaban una abrumadora mayoría absoluta del 64,5%, tomaron el control del municipio en un clima de convulsión donde se asaltaron cuarteles y se quemaron iglesias, aunque esto se correspondía más con iniciativas individuales que políticas o partidistas. Sin ir más lejos, Carmona relata al comienzo de la ruta cómo la iglesia de San Roque, punto del que se inicia la ruta, fue quemada en los primeros días de sublevación. En cuanto el pueblo se enteró y se consternó, el propio alcalde republicano pidió que cesaran este tipo de actos que no se correspondían con la sensibilidad mayoritaria del pueblo. El punto de inflexión más dramático llegó con la quema de la cárcel municipal, un suceso en el que 22 personas vinculadas a familias adineradas y derechistas murieron asfixiadas. Aquella acción desató la brutal venganza de las tropas de Queipo de Llano bajo la implacable directriz de asesinar a diez personas por cada partidario del bando nacional fallecido.

Este episodio también fue usado y manipulado torticeramente por parte de los sublevados. El guía cuenta cómo, por miedo a que el golpe se propagara en Arahal y en los primeros días del mismo, se decidió retener a las personas más adineradas del municipio. El motivo estaba claro, eran los que contaban con medios -económicos y armamentístico- así como con capacidad de usar la represión contra sus propios trabajadores. La idea fue retenerlos para que no pudieran poner en marcha una red de contactos y medios para preparar la entrada de los militares, que en cualquier caso acabó arrasando al municipio cuatro días después.

"Aquí lo que ocurre en Arahal es que no se sabe cómo, cuándo ni por qué, a esos derechistas se les abre la cárcel, unos consiguen salir y otros se quedan dentro, quizás por miedo a que se les aplique la 'ley de fuego'. En cualquier caso es que algunos se quedan dentro y, no se sabe quién, rocía de gasolina la cárcel y le prende fuego, muriendo asfixiadas 22 personas, que son los derechistas. No solo eso, sino que son las familias más adineradas y más conocidas del pueblo. A partir de ese momento, bien en Arahal, bien en el pueblo que sea, cuando llegan las tropas de Quipo de Llano y ven que han detenido o asesinado a los derechistas más conocidos, ahí empieza lo que es la venganza y la gran represión. Todo se resume en las palabras que decía Quipo de Llano: 'Por cada persona de orden que muera yo mataré a 10 más, y si está muerto lo desenterraré y lo volveré a matar'", relata.

En un pueblo de unos 13.000 habitantes donde se contabilizaron 570 asesinados, rara era la familia que no sufría una pérdida. Las primeras décadas de dictadura estuvieron marcadas por un clima de marcada tensión. "La palabra para resumir ese periodo es miedo, pero más que miedo diría terror, pánico", subraya Carmona. El terror se alimentaba de chivatazos y disputas vecinales que terminaban con familias enteras en el paredón. Además, la represión no concluyó en 1939; se prolongó en los campos de concentración de Sanlúcar la Mayor y Dos Hermanas, en el hambre generalizada y en castigos públicos humillantes, como el rapado de cabeza y la purga con aceite de ricino aplicada a mujeres durante los años cuarenta.

Uno de los momentos más impactantes de la ruta tiene lugar en su última parada: el parque de San Antonio, construido sobre lo que antiguamente era el cementerio municipal y la fosa común. Valiéndose del mini proyector, Carmona muestra imágenes de los represaliados mientras los vecinos toman la palabra para compartir los relatos heredados de sus abuelos. "Cuando empezaron a obrar en los noventa para hacer el parque, la gente le pegaba patadas a los cráneos y salían muchísimos huesos", recuerda un vecino, evidenciando cómo los restos físicos de cientos de fusilados fueron sepultados bajo asfalto y hormigón.

La ruta de memoria de Arahal en su última parada, el antiguo cementerio y lugar donde se ubicaba la fosa común

Lejos de limitarse a la estricta crónica histórica, el organizador vincula directamente aquellos hechos con los desafíos del presente. En un contexto político marcado por el auge de la extrema derecha y el desconocimiento de las generaciones más jóvenes, defiende la absoluta vigencia de la memoria democrática. "El peligro de desconocer la historia al fin y al cabo ya lo estamos viviendo; son muchos los jóvenes que están votando a la extrema derecha y han olvidado que todo lo que tienen es un privilegio que ha costado muchísimo", advierte.

Para Carmona, recordar no busca la revancha, sino dignificar a quienes defendieron los valores de libertad, justicia social y educación laica durante la República, unos ideales que fueron fusilados y enterrados en cunetas. Citando a referentes como Almudena Grandes y José Saramago, insiste en que la memoria no pertenece al pasado, sino que es el cimiento indispensable del presente: con el olvido se empieza y con la indiferencia se termina. Con cada grupo de treinta personas que recorre las calles de Arahal, a diez euros por entrada, este profesor demuestra que la historia, cuando se cuenta con rigor y sensibilidad, deja de ser una fría efeméride para convertirse en la mejor vacuna contra la repetición del horror.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora