Carlos Granados es el director del Festival de Jerez, que arranca mañana, 20 de febrero, y que este año cumple su treinta aniversario. En una edición que busca una simbiosis entre lo heredado y la constante evolución de un arte Patirmonio Inmaterial de la Humanidad, conversamos sobre los retos y objetivos que afronta este Festival con su director.

Pregunta (P): Números redondos: BIC de la zambomba, 15 años del flamenco como Patrimonio de la Humanidad, 600 años de la llegada del pueblo gitano, centenario de Antonio Gallardo y 30 años del Festival. ¿Tanta efeméride junta pesa?

Respuesta (R): Cuando coinciden fechas así uno toma conciencia de la dimensión histórica del arte y el lenguaje con el que estamos trabajando. Siendo honestos, porque reconozco que me ha pasado, uno puede pensar a veces que con tanta celebración se agotan las ideas, pero realmente, tras mucho reflexionar, todas estas efemérides han sido una gran fuente de inspiración porque todos tienen puntos en común que permiten relacionarlos y mejorarlos. Sin olvidar ese camino que hemos abierto de la candidatura de Jerez a Capitalidad Europea de la Cultura 2031, que me ha permitido pensar los proyectos de otras maneras, trazando nuevas sinergias culturales que continúen en el tiempo, pensando siempre en el impacto en la sociedad y la ciudad.

Todas estas efemérides no he querido plantearlas como un ejercicio de nostalgia, sino que sirvan para tomar tierra y proyectarnos hacia el futuro. Si el flamenco se ha mantenido vivo durante siglos es porque ha sabido transformarse sin perder su raíz y su conexión con su tiempo. Y eso queremos todos, que continue vivo muchos siglos más. Porque las celebraciones sirven para recordar de dónde venimos, pero también para preguntarnos qué queremos que siga siendo.

Treinta ediciones del Festival de Jerez no son solo cifras o datos. Son años de alegrías, de dificultades, de cambios sociales, estéticos y políticos. Y el hecho de que siga vivo demuestra que estamos ante un patrimonio que, si lo cuidamos, no se agota.

(P): El festival huye de la nostalgia. En una ciudad como Jerez, tan ligada a la historia y al purismo, ¿es difícil programar mirando al futuro? ¿mo se equilibra museo vivo y laboratorio?

(R): Esta cuestión abre un debate muy interesante. En primer lugar, deberíamos definir qué es la “pureza” en el flamenco. En Jerez hay gente mayor que ha vivido otra época que ya no se canta como antes, refiriéndose a artistas que hoy consideramos que cantan “puro”, y los disfrutan igualmente. Indudablemente también el flamenco en Jerez ha evolucionado con el tiempo ligado a unas raíces pero también debido a una profesionalización que indudablemente lo han alterado, y eso ha hecho que llegue hasta hoy como lo conocemos y que, de ser visto como un arte menor, hoy sea uno de los géneros más codiciados en las programaciones y además esté reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

Carlos Granados, director del Festival de Jerez / Tamara Pastora

Porque aquí, en Jerez, el flamenco no se conserva: se vive, se respira y forma parte de lo cotidiano, de lo contemporáneo, es una manera de entender la vida que trasciende el escenario. Yo no creo que el flamenco, ni ninguna otra forma de arte escénico, sea un legado que deba guardarse en una vitrina, ni que su continuidad pase por encerrarlo y protegerlo de influencias, algo de lo que siempre ha vivido el propio flamenco -idas y vueltas, aportaciones y maneras personales de cantaores, desarrollo e incluso emancipación de la guitarra, por mencionar algunos casos-. Existen otras instituciones que se encargan y deben encargarse de la preservación y difusión de la memoria y de la historia, para que no se pierdan para estudio y disfrute de los futuros flamencólogos o aficionados de otros tiempos -yo mismo lo soy-. Pero creo que nuestra labor y responsabilidad es otra: la continuidad de este arte como herramienta artística que refleje las inquietudes del presente y que sirva de vehículo de expresión de la sociedad actual y la que está por venir.

No lo entiendo, por tanto, como una dicotomía entre museo y laboratorio. Está en entender que la tradición es el suelo firme desde el que impulsarse. Si uno conoce, valora y respeta la raíz, puede y debe abrir ventanas sin miedo. El problema no es mirar al futuro, el problema sería hacerlo olvidando la memoria.

El Festival no debe evolucionar en función de productos comerciales de consumo más o menos masivos, sino por necesidad artística y social

(P): Sobre la apropiación”: capitalidad de Madrid o artistas no flamencos usando sonidos flamencos. ¿mo lo entiende?

(R): No soy partidario de hablar en términos de “apropiación” en cuestiones de influencias culturales. Podríamos achacar esa misma apropiación a artistas flamencos que hacen uso y exploran otros estilos y los enriquecen con sus soniquetes, sus ayeos desgarradores, sus falsetas con aires andaluces… El arte, y en especial el flamenco, van de libertad, de tomar prestadas aquellas influencias que enriquecen un lenguaje y que ayudan a expresar lo que se quiere contar. Y este creo que es su mayor valor.

Si artistas no flamencos lo utilizan quiere decir que el flamenco es precisamente eso, universal, patrimonio de todos y de nadie. Mientras se haga con respeto, ¿por qué no? Prefiero hablar en términos de música bien hecha o mal hecha, de un buen espectáculo o de un mal espectáculo, de contexto, de profundidad, de discursos a través de todo ello. Además, creo que esta “apropiación” permite difusión y que cualquier lego que encuentre atractiva esa incursión pueda acercarse con curiosidad a explorarlo.

(P): ‘Territorios de libertad. ¿Hace 30 años el flamenco estaba más encorsetado?

(R): El flamenco siempre ha sido un territorio de libertad, y es tan libre que existen formas muy diferentes de entenderlo y de hacerlo, tantas como personas, y todas igual de válidas. Nació como un espacio donde expresarse cuando no se tenía más voz que la del cante o el baile.

Lo que indudablemente ha cambiado es el contexto cultural y social. No somos los mismos que hace 30 años porque la vida es evolución constante. Hoy el diálogo con otras disciplinas es más natural, se acepta mejor y hay menos miedo a explorar. Pero la libertad ha estado siempre ahí, y ocurre lo mismo con la ópera. La renovación de los lenguajes, de la manera de contar, incorporando los avances técnicos, evitando caer en la autocensura, todo ello ha permitido que siga generando interés en el público de hoy.

Carlos Granados, director del Festival de Jerez / Tamara Pastora

Lo importante es que esa libertad no rompa el vínculo con el compás, con la raíz y con la verdad de cada artista. Desde ese suelo firme y el respeto, el flamenco puede dialogar con cualquier lenguaje y así hemos tratado de reflejarlo en el programa de esta edición, tanto en las propuestas artísticas como en las actividades paralelas.

La continuidad de este arte como herramienta artística que refleje las inquietudes del presente y que sirva de vehículo de expresión de la sociedad actual y la que está por venir

(P): Más allá de la puesta en escena, ¿qué filosofía hay detrás del festival?

(R): A mi modo de entender, este Festival es mucho más que ofrecer una programación de gusto del público, porque estoy convencido de que gestionamos algo mucho más importante que una agenda de espectáculos: gestionamos comunidades y emociones. Nos debemos a quienes sienten este Festival como propio, a quienes planean su año en torno a esta cita en Jerez y destinan los ahorros del año para venir a empaparse de los maestros, de los espectáculos, de la ciudad, de su bullicio, de sus fiestas programadas o espontáneas en cualquier esquina, y para lograr eso hay que pisar mucho la calle para tomarle el pulso, escuchar lo que se comenta en los mentideros y las tertulias improvisadas, lugares donde el flamenco realmente tiene lugar y se vive con verdad. No obstante, lo que vemos en el escenario también es de gran importancia por la responsabilidad que tenemos como parte de un sector, pero no deja de ser un espejo en el que se refleja la calle y la sociedad.

Creo que además este Festival trasciende también la programación oficial porque es un proyecto de ciudad consolidado desde hace años, con una responsabilidad compartida entre los distintos agentes de la ciudad, desde la política a los bares y tabancos, tiendas, que más allá de vender y hacer caja, buscan que el visitante se sienta en casa, en una tierra que acoge al forastero, de quien también aprende y crece, y que le encanta presumir de lo suyo sin fanfarronerías. Porque es un gustazo cuando desde fuera valoran lo nuestro y lo sienten como propio. Es un gran orgullo y merece la pena cuidar el equilibrio para no desvirtuarlo.

(P): ¿Le preocupa que el flamenco pase de estar encorsetado en el purismo a estar encorsetado en lo turístico?

(R): Creo que ese es un peligro que siempre existirá en cualquier arte o género de masas o modas, y afortunadamente el flamenco, según creo, vive un momento dorado por la gran demanda que hay actualmente. Hay quienes verán en esto de gestionar la cultura un negocio o fórmulas para ganar dinero a costa recrear entornos exageradamente folclóricos para visitantes que buscan experiencias exóticas. Pero yo tengo claro a lo que nos dedicamos: a la cultura, a generar sinergias, a crear comunidades en torno al hecho artístico y cultural.

Lo mío no es el sector turístico y, aunque en ocasión pueda tener relación, no es el fin que me propongo. Mi objetivo es claro: trabajamos en primer lugar para la cultura local, para mejorarla, para que pueda desarrollarse, para que todo esto nos sobreviva. Tenemos muy claros nuestros objetivos, nuestro compromiso con la ciudad, con los artistas y con nuestra cultura. Y eso se nota desde fuera, es lo que creo que se valora y lo que atrae a nuestro público, porque hay verdad. Y el Festival de Jerez, si bien está enfocado a un público internacional, nos podemos enorgullecer de que el del Festival de Jerez atrae un turismo de calidad, respetuoso, que viene a esta ciudad sabiendo donde viene, con una preparación y que no consume, sino que vive y participa de lo que se vive aquí. Y esto creo que aleja a este Festival de otro tipo de turismo.

(P): El modelo de consumo cultural ha cambiado. El flamenco escénico requiere tiempo y presencia. ¿Hacia dónde debe evolucionar el formato festival?

(R): Si me permite una apreciación dialéctica, no soy partidario de utilizar términos de economía como el “consumo” en cuestiones culturales o artísticas. Consumir algo tiene cierta connotación utilitaria que termina con el objeto adquirido. Siempre me ha resultado chocante hablar en estos términos de algo que para mi es y debe ser compartido, comunitario, colectivo, y que cuando más se “consume”, más crece, En cambio, la cultura se vive, se disfruta, nos beneficiamos de ella, nos conecta con nosotros mismos y con los demás, nos acerca, nos descubre otros mundos y nos abre la mente. En definitiva, nos hace mejores

En cuanto hacia donde debe evolucionar el Festival de Jerez, no podemos saberlo porque no tenemos una bola mágica. Nos lo irán diciendo sus agentes, los artistas, el público, la propia ciudad. La clave estará en escucharles y tomarle el pulso en cada momento teniendo claro el objetivo y la raíz, evitando que este Festival sea un mercado de productos comerciales de consumo masivo.

El Festival no debe evolucionar en función de productos comerciales de consumo más o menos masivos, sino por necesidad artística y social. Nuestro reto no es adivinar el futuro, sino leer bien el presente. Escuchar a los artistas, a la propia ciudad, entender al público y detectar qué lenguajes están emergiendo sin perder el pulso del compás. La evolución no deja de ser un equilibrio constante entre raíz y contemporaneidad.