Noventa años después, este episodio sigue enterrado. Ningún reportaje, ningún libro de historia de la ciudad ni de la celebración, ningún pregonero —ni siquiera siendo periodista— les dedicará una palabra.

Horacio Hermoso Araujo era contable de una empresa de perfumería y líder vecinal del barrio periférico del Tiro de Línea. Desde febrero, casi por azar, alcalde de Sevilla. Uno de esos republicanos 'comunistoides' que se presentaron en lista conjunta con socialistas y comunistas en el Frente Popular y que, en sus escasas semanas de mandato, había gestionado un Ayuntamiento arruinado por la Exposición del 29, las inundaciones del Guadalquivir y varios atentados y asesinatos políticos. Pero ningún reto como la celebración de la fiesta grande.

Ni el cardenal arzobispo Eustaquio Ilundáin ni las familias de bien de Sevilla —los mismos apellidos que llenaban los palcos de la Plaza de San Francisco— estaban conformes con que se celebrara mientras el Frente Popular estuviera en el poder. No era la primera vez: ya en 1932 y en 1933, con gobiernos reformistas, las hermandades, alineadas con Ilundáin y con los partidos de la derecha, habían boicoteado sus propias procesiones para humillar a la República. La Semana Santa de Sevilla desapareció de las calles. La derecha lo celebró en sus mítines como victoria política.

En 1936, sin embargo, las hermandades habían votado en sus cabildos salir —todas menos una, Santa Cruz—. Llevaban cinco años de República y el año anterior habían cosechado un enorme éxito gracias a que gobernaban las derechas republicanas. No era práctica nueva apoyarlas con dinero público: en la primera semana santa republicana el alcalde José González Fernández de Labandera había entregado mil pesetas de su propio bolsillo a la Virgen de la Estrella de San Jacinto para que pudiera salir.

El Ayuntamiento de Hermoso siguió ese camino: recuperó el Jueves y el Viernes Santos como fiestas no laborables, cedió el espacio público para las sillas en la carrera oficial y organizó, junto a las asociaciones más representativas de la ciudad —desde la Cámara de Comercio y el Ateneo hasta el muy conservador Círculo de Labradores de los Pickman— una Junta para recaudar el dinero necesario sorteando la prohibición constitucional de subvencionar directamente a las hermandades.

Pero cuando las familias de bien boicotearon la salida no renovando sus abonos para los palcos de la plaza de la República —hoy, San Francisco—, el dinero se quedó muy lejos de lo necesario. De las 50.000 pesetas previstas, apenas se había recaudado un tercio. Dos convocatorias quedaron desiertas. La noche del Viernes de Dolores, a horas del inicio de la Semana Santa, no había dinero suficiente para que saliera prácticamente ninguna cofradía.

Fue entonces cuando Horacio Hermoso, el gobernador civil Ricardo Corro, el ministro Blasco Garzón y el presidente de la Diputación José Manuel Puelles pusieron dinero público —y alguno de su propio bolsillo— para cubrir el déficit. A la una y media de la madrugada del sábado, el gobernador pudo anunciar desde un balcón que la Semana Santa estaba salvada. Los cofrades que esperaban abajo comenzaron a ovacionar. Unas horas después, Hermoso tomó el micrófono de Unión Radio para anunciar a España que Sevilla se disponía a vivir sus fiestas. Ese Domingo de Ramos comenzaron a salir todas las cofradías.

Tres meses después del golpe militar, el 29 de septiembre de 1936, Horacio fue fusilado. Cuando un pariente de la familia, el cónsul de Bélgica —acompañado del cónsul italiano, representante del régimen fascista de Mussolini— se presentó ante Queipo de Llano para interceder por su vida, el general sublevado fue lapidario: "La vida del alcalde republicano depende del Palacio Arzobispal". El hijo de Horacio siempre creyó que entre los motivos del asesinato estaba el éxito de aquellas procesiones.

Los entresijos de las negociaciones que hicieron posible que las cofradías marcharan por las calles sevillanas están en el centro de mi primera novela, La huella borrada (Plaza & Janés, Barcelona 2023), en la que se relata la vida y la muerte del último alcalde republicano de Sevilla.

Noventa años después, los nombres de Hermoso, Corro, Puelles y Blasco Garzón -fusilados o exiliados- han desaparecido de la memoria de una ciudad cuya fiesta más grande ellos salvaron. Ellos —tan sevillanos como los otros sevillanos, de izquierdas o derechas, con fe o sin ella— hicieron todo lo posible para que las cofradías estuvieran donde Sevilla quiere que estén: en la calle, no dentro de los templos. El golpe militar, la guerra y una transición incompleta se encargaron del resto. De ellos no quedó ni el homenaje ni la memoria. Primero el olvido; hoy, la indiferencia.

Antonio Fuentes
Periodista. Autor de La huella borrada y Los leones de Rota, ambas en Plaza&Janés