La violencia machista se disfraza y se transforma con el objetivo de sobrevivir y perpetuarse en todos y cada uno de los ámbitos, también en el laboral que, paradójicamente, debiera ser un espacio relacionado con la autonomía, la emancipación, el progreso económico y la libertad para las mujeres. Sin embargo, también ahí está presente, a menudo, en forma de acoso sexual y acoso por razón de sexo, y atenta contra la dignidad y la integridad moral de las mujeres y también contra nuestra salud. Es una de las formas de violencia que más nos humilla y nos castiga.

Y tras sonoros casos, indigna corroborar que la violencia machista también sigue campando a sus anchas en otros espacios como el audiovisual. Un sector donde no es casual que la brecha de género esté muy presente.

Pero que profesionales de la información y medios de comunicación den un paso adelante, investiguen, denuncien y hagan públicos hechos, aún presuntos, de tal gravedad, tiene una enorme relevancia social. Demuestra que la lucha de muchas mujeres para que la violencia de género trascendiera de lo privado a lo público y pasara de ser algo normalizado entre cuatro paredes a convertirse en una conducta delictiva condenada no solo por los juzgados, sino también por la opinión pública, ha tenido efecto.

Tranquiliza y anima que reconocidos periodistas de una nueva generación muestren abiertamente su perspectiva feminista y su empatía con la víctima. Es lo que hizo José Yélamo al dedicarle su premio y afirmar con rotundidad frases como: “He tenido suerte de no tener que soportar a un jefe baboso que me hiciera comentarios desafortunados, de no haber tenido que recibir mensajes fuera de tono, de no haberme sentido observado, vejado, agredido en mis años de trabajo”, “En definitiva, he tenido suerte de ser un hombre”. No se podía concluir de una manera más realista.

He opinado durante días sobre este caso, y hoy vuelvo a hacerlo, pero desde una perspectiva distinta. Quiero ponerme en la piel de esta mujer, de esta trabajadora que ha estado sufriendo violencia de género en su trabajo durante años y también invitaros a cada uno de vosotros y vosotras que leéis estas líneas a hacer lo propio. Me pregunto:

¿Cómo nos sentiríamos ante las insistentes propuestas de encuentros privados e insinuaciones constantes y no consentidas que han quedado grabadas en 175 páginas entregadas al juez?

¿Cómo nos sentiríamos frente a comentarios como  “Búscame una reportera que este buena como tú, así con las tetas gordas, como a mí me gustan”, “Me vas a tener que reservar una tarde de estas ya para los dos”, “¿Cuándo vamos a quedar … que me debes una?”, “Te recuerdo que te he traído a la empresa para que seas mi acompañante en los viajes”, “A ver si uno de estos podemos pegarnos una escapada, aunque sea un par de horas”, “Cariño tengo ganas de ti”, “Tú me debes una noche loca” o “¿A qué hora se puede hablar de cosas de mayores?”

Pues eso: sólo intentar ponerse en piel de víctima, espanta.

Y, aunque he llegado a leer entre lo publicado que el ex CEO sometía a maltrato psicológico y presión tanto a hombres como a mujeres, jamás se podrá parecer a lo que esta reportera tuvo que soportar por ser mujer. Toda una auténtica pesadilla de ansiedad, angustia y miedo provocadas por las miradas lascivas, los mensajes con carácter sexual e intimidatorio, los tocamientos, los baboseos, los intentos de besos forzados, las continuas insinuaciones, los forcejeosEso solo lo sufren las mujeres. Es la cultura de la violación.

A los años de sufrimiento que ha vivido esta mujer, a la dura decisión de afrontar la denuncia, ahora se suma una situación también traumática para ella, aunque aún necesaria para la sociedad, otra paradoja. Y es la del estado de pánico al que seguro se enfrenta la víctima al ver su caso convertido en foco de la actualidad informativa, al encender el móvil, al escuchar conversaciones de compañeros de profesión, al leer la prensa. Se suma el terror, con todas sus consecuencias somáticas y psicológicas, de imaginar la ira de su agresor, aún presunto, al saberse denunciado judicial y públicamente. La ira de alguien a quien se le describe como un acosador de libro, como una persona ambiciosa, controladora, crecida, bien relacionada con el poder de la Junta de Andalucía y, en definitiva, que se creería impune.

Frente a hombres que denuncian públicamente casos como el de esta profesional de la comunicación audiovisual, frente a hombres que reconocen el sexismo y el acoso al que están sometidas sus compañeras de profesión, tengo que decirles que se opone otro perfil masculino que, lamentablemente, no entiende el poder como instrumento para cambiar situaciones injustas y dolorosas.

En este sentido, no me ha sorprendido la actitud del consejero de la Presidencia, Antonio Sanz, también responsable de Canal Sur. No es la primera vez que no se implica ante el conocimiento de un caso de acoso laboral por razón de sexo. Ya existió un caso en su propia Consejería. La excusa para no tomar medidas, entonces, fue que la víctima no se había ajustado al protocolo. Esta vez se escudó en que la víctima había elegido la vía judicial para ni tan siquiera aclarar desde cuándo sabía lo que estaba sucediendo.

Solo pido que, aunque sea por un instante, nos pongamos en la piel de una mujer que acude a su puesto de trabajo y a la que su jefe decide convertirle la vida en un calvario imponiendo su poder para satisfacer sus deseos sexuales sin consentimiento.

¡Entonemos un Me too, compañeras! ¡Me too! Tolerancia Cero con la violencia machista.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora