La historia de Horacio Hermoso, el último alcalde republicano de Sevilla, ha sido borrada de la memoria de la ciudad hasta que el azar y una exhaustiva labor periodística por parte de Antonio Fuentes, autor de 'La Huella Borrada', la rescató del olvido. Un esfuerzo que acaba de cobrar un nuevo impulso con la reciente reimpresión de la novela por parte de la editorial Plaza&Janés. En esta entrevista, el autor desentraña los convulsos meses de 1936 previos al estallido de la Guerra Civil, explorando cómo un político de consenso logró hitos como salvar la Semana Santa frente al boicot de las élites conservadoras o impulsar el andalucismo junto a Blas Infante, antes de que el trágico golpe de Estado de Queipo de Llano lo convirtiera en una de las primeras víctimas de una represión sin precedentes.
Pregunta (P): ¿Cómo descubrió la figura de Horacio Hermoso, el último alcalde republicano de Sevilla y protagonista de su novela?
Respuesta (R): Bueno, de casualidad y por curiosidad también. Yo soy periodista, me llevo muchísimo tiempo investigando diferentes situaciones, pero realmente un vídeo en YouTube que me mandó mi vecina con testimonios de su padre, dando una charla en un instituto y él hablaba de la Segunda Guerra Mundial, de la Guerra Civil, y la manera en la que hablaba me cautivó. Entonces uno de los chavales le preguntó, bueno, ¿y usted por qué sabe tanto? Dijo, bueno, yo voy a confesar que soy el hijo del último alcalde republicano de Sevilla.
La reacción que yo tuve viendo el vídeo de YouTube, pues como la de los chavales. Y evidentemente, por mi condición de periodista, pues vi no solo una historia, sino una historia que en esta ciudad ha estado silenciada. O como le puse de título al final, borrada, porque ha sido algo deliberado. Y yo iría más a la historia de este periodo histórico, de lo que hizo el Frente Popular, de todo lo que aconteció, que fue tan importante como que la primera batalla de la guerra civil en territorio peninsular se produjo aquí, en este mismo sitio, en la Plaza Nueva de Sevilla, con Horacio como alcalde.
(P): ¿Cómo fue el proceso de investigación y de dar forma a la novela para rescatar estos sucesos olvidados de la historia de la ciudad?
(R): Esa es mi sorpresa. Yo me encuentro con un testimonio como puede ser la memoria de una persona ya nonagenaria, que creo que es lo que tengo que aportar a unos hechos históricos que pensaba que iban a ser bastante conocidos en la ciudad. Cuando empiezo a hablar con historiadores me doy cuenta de que ese sustrato histórico no está, sobre todo, bien divulgado. Estaba contado, deslavazado, y la figura que para mí es capital es la del alcalde, que es una autoridad en la ciudad, y esa sí que estaba prácticamente ausente de ese relato.
Yo he construido toda esa investigación, pero he tenido que centrarme sobre todo en la época del Frente Popular. Son cuatro meses desde febrero, desde que ganan las elecciones hasta el golpe de estado el 18 de julio, pero que pasan en esta ciudad muchas cosas tan importantes como la Semana Santa y la Feria, que son capitales, y otros distintos acontecimientos que van dando forma a ese mandato político de un alcalde que realmente no quería ser alcalde.
El Ayuntamiento estaba endeudado por la exposición del 29, y hacía falta alguien que, en la guerra que mantenían socialistas y republicanos moderados, hiciera como de una figura de consenso, y aparece Horacio, que es del partido de Azaña, con una importancia muy residual en la ciudad, que lo dominaba sobre todo Diego Martínez Barrio, el único político español que ha sido las tres altas autoridades del Estado, fue presidente de las cortes, presidente del Gobierno y presidente de la República. Y era el que mandaba en Sevilla. El partido de Azaña aquí mandaba poco. Se opta por esa solución de consenso, de que sea Horacio, que además era contable de una empresa de perfumería. Y la tragedia de los acontecimientos le coge en este mismo ayuntamiento celebrando un pleno, cuando Queipo está llegando a la ciudad, dispuesto a tomar Sevilla para la causa de los sublevados.
Blas Infante (...) es, probablemente, la personalidad histórica más importante que tenemos en la historia de Andalucía
(P): Horacio Hermoso era ajeno al día a día de los partidos, pero en la novela se denota que era "más azañista que el propio Azaña". ¿Cómo moldeó este carácter sus meses de mandato y cómo logró ganarse el respeto de sus contemporáneos?
(R): Bueno, incluso los periódicos conservadores de esa época, ABC, La Unión, que era un periódico carlista, llegan a hablar bien de él. Incluso sé por testimonios que periodistas de tanto renombre en la ciudad como Antonio Burgos, que su tía trabajó con él aquí en el ayuntamiento y siempre hablaba bien de Horacio.
Es un personaje que, en principio, no estaba destinado a ser muy importante porque las elecciones tendrían que celebrarse en semanas tras ser nombrado regidor, pero se van aplazando por esas festividades locales que son tan importantes en la historia de Horacio. Sobre todo, cómo consigue salvar la Semana Santa de Sevilla del año 36, que hay un boicot de las élites de la ciudad y él logra salvarlo, pero antes ya ha tenido algún hito como es la riada del Guadalquivir, que se anegaba periódicamente y él se implica personalmente, empieza a coger un poco de aval político y termina siendo un gestor. Un político que, más allá de la tragedia que acontece en julio, merecía ser recordado.
En los años 80 le dieron una calle que prácticamente era la parte de atrás de unos garajes, en el barrio que él ayudó a construir, el Tiro de línea. Después, por suerte, se ha podido recuperar la memoria de Horacio y ahora tiene una plaza acorde a su nombre, pero no en el centro de la ciudad. Las ciudades son importantes como las contamos, los edificios tienen que ser históricos porque tienen historia y Sevilla ha eliminado, ha borrado, ha ignorado ese periodo que fue una antesala del periodo democrático.
Sevilla tiene una deuda. Yo he intentado con esta novela recuperar parte del trabajo de los historiadores incorporándole el testimonio personal del hijo del último alcalde republicano, lo que recordaba la familia sobre él, los hitos más importantes de su legado, para intentar que la ciudad, al menos, si quiere vivir a espaldas de este periodo histórico, lo haga, pero que sepa que lo hace por voluntad propia porque sí creo que en esta novela se ha recogido bien tanto lo histórico como lo personal.
(P): Hablemos de algunas curiosidades sobre él. Jugó un papel fundamental para el Real Betis y, por otro lado, también pertenecía a la masonería. ¿Cómo influyó esta afiliación masónica en su trágico final?
(R): Bueno... a él le gustaban los toros. Incluso él, por esas riadas del Guadalquivir, llegó a organizar una corrida benéfica el 15 de julio, o sea, dos días antes del golpe. Y hay toreros que participaron que incluso después se sublevaron en la guerra,. Respecto al fútbol, él es decisivo para que en una crisis que tenía el Betis en ese momento, el antiguo campo ya no le servía, era de escasa capacidad y el día antes del 18 de julio, esa misma tarde, se firma un acuerdo para que cojan el Estadio de la Palmera, que era el estadio en el que se había celebrado la exposición del 29. Y con eso pues intentar salvar la economía y la supervivencia del club.
Y en cuanto a la masonería. En esta ciudad, donde todo el mundo pertenecía a hermandades, fue una alternativa propia de los años 20. Su madre era del campo Gibraltar. Ahí sí hay tradición de masonería. Y él prácticamente ve como una puerta paralela a esas hermandades, pero de un tipo más laico; de tener relaciones con profesores, profesores que se están dedicando a la política... lo encuentra como una puerta abierta, aunque sí que en sus rasgos, como en los de Blas Infante, se encuentran actitudes que son masónicas, como esa humanidad de donativos, de repartir pan... muy republicanos. Había grandes ofrendas de pan gratis para la ciudadanía, muy masónicos.
Pero más que como espacio cerrado y el mito que construyeron los franquistas, los golpistas después, era una especie de hermandad, de la cual en Sevilla se tiene mucha tradición, esas hermandades fraternales alrededor de una devoción, de una virgen, de un santo, de un cristo, que para los masones -también algunas logias creían en una divinidad, pero otras no- era un espacio de encuentro que aquí en Sevilla era bastante común. Era un espacio de encuentro y de fraternidad.
(P): En la novela se recrea el encuentro histórico entre Horacio Hermoso y Blas Infante. ¿Cómo fue la relación entre ambas figuras y qué importancia tuvo este acercamiento en el contexto político andaluz?
(R): Para mí Blas Infante, que he tenido la oportunidad de conocer mejor tanto su obra como su vida a raíz de esta amistad con Horacio, creo que todos los honores que se le puedan hacer son merecidos, porque es, probablemente, la personalidad histórica más importante que tenemos en la historia de Andalucía. Era una persona con una capacidad intelectual fuera de toda comparación, con una humanidad y con una sensibilidad totalmente infrecuente.
El Blas Infante de principio de la República intentó moverse en la política pero no le salió como él esperaba. Luego tiene circunstancias personales que le llevna fuera de Sevilla. Se va a Huelva, tiene su recorrido en Madrid, pero queda tanto su legado que, cuando vuelve a recuperar el poder la izquierda, los republicanos moderados, en esa unión con las fuerzas obreras que es el Frente Popular, intentan que vuelva a la política. Él está en una situación difícil porque ha muerto su madre en abril, está bastante afectado en cuanto a lo psicológico, pero se deja llevar un poco por las dos autoridades que son fundamentales para ese renacer del impulso autonómico, del impulso andaluz, que son tanto el presidente de la Diputación, José Manuel Pueyes, como el alcalde de Sevilla. Son las dos personas que ostentan esos dos cargos tan importantes.
Se tira desde Sevilla intentando implicar a restos de ciudades andaluzas con mejor o menor suerte, porque en ese momento Blas Infante quería que Badajoz perteneciera a Andalucía, se intenta incluso que liceos andaluces de Madrid capten a Canarias para que pertenezca a esa autonomía, Huelva va por otro sitio, quiere ser un intento más con Portugal, por el Guadiana... La geografía de la estructura histórica es distinta a la que después se conformó en el Estado Democrático, pero sí que el impulso del renacer del espíritu andalucista que tienen desde aquí, desde Sevilla, intentando recuperar para la causa a Blas Infante, es una última motivación que él tiene, que se hace incluso un acto en Cádiz a escasos días del golpe bastante importante. El último en el que sondea la bandera andaluza desde un ayuntamiento, y yo creo que él, incluso teniendo unas circunstancias personales muy complicadas, se dejó seducir por los políticos para regresar a la política.
Íbamos ya como en la cola a Andalucía, porque otras comunidades tenían su desarrollo reglamentario en las Cortes Generales más avanzado que nosotros. Ya el País Vasco, Galicia, Cataluña lo tenían desde el año 32, nosotros habíamos dejado escapar un poco la oportunidad y se había quedado para en septiembre (del 36), en cuanto se retomara la actividad en las Cortes Generales para presentar un proyecto de estatuto para Andalucía. Eso, igual que otras decenas de cosas, se vieron cercenadas por el golpe militar, con el apoyo de las élites económicas y de la Iglesia.
(P): Mencionaba el papel de Horacio en la Semana Santa de 1936. Nos iremos ahora en la Plaza de San Francisco. ¿Cuál fue la situación exacta de aquella festividad antes de profundizar en los detalles?
(R): La entrada de los concejales es en la Plaza de San Francisco, que se llamaba entonces Plaza de la República. En esa Plaza de la República era donde tradicionalmente se han puesto en Sevilla los palcos y las sillas principales para presenciar la Semana Santa, donde estaban las autoridades, donde estaban los magistrados de la audiencia provincial.
Y en esa Semana Santa de 1936, venimos de unas Semanas Santas republicanas complicadas, porque en la del 31, el 14 de abril fue la proclamación de la República, ya se había celebrado la Semana Santa. En el 32 hay un boicot por parte del cardenal Illundain para que no se celebre, las hermandades lo secundan. Solo hay una que sale, la Estrella, que se le conoce como La Valiente. En el 33 no salen, en el 34 salen algunas, pero no las históricas del centro. Y en el 35, como estaban gobernando las derechas, la mayoría de las hermandades deciden salir.
Cuando gobierna el Frente Popular nos encontramos con ese dilema, y Horacio se encuentra con ese dilema. La Semana Santa, ya con cuatro años y pico de República, se ha normalizado, las hermandades quieren salir, los sevillanos quieren ver a sus cofradías en la calle, eso es una identidad de esta ciudad. Pero el cardenal está de nuevo reculando, se sabe que hay movimientos teutónicos que pueden derribar el gobierno de la República, y ese dilema es el que se enfrenta Horacio, y el que ahora te explico con mucho más pormenorizadamente.
(P): (Plaza San Francisco) Estamos frente a la fachada del Ayuntamiento donde los golpistas abrieron fuego. ¿Cómo se vivieron aquí los primeros momentos del golpe de estado?
(R): Sí llegaron desde Capitanía hasta todo lo que es el centro de Sevilla. Llegaron por la calle Sierpes y la proclamación del estado de guerra fue en La Gavidia, el más duro de la historia de España, por cierto. Horacio estaba en un pleno con el resto de concejales que ya había terminado y algunos concejales habían ido al Gobierno Civil, que está en el hotel Inglaterra. Él había preguntado y le habían dado absoluta tranquilidad.
Entonces Horacio se quedó con un concejal de Fiestas preparando lo que en ese mes de julio venía, que era la velá de Santa Ana y otras festividades que tenían de julio, porque ya muchos estaban de vacaciones. En ese momento se encuentran que vienen esos militares desde Capitanía. En principio, dando vivas a la República, diciendo que era por salvaguardar el gobierno de la República, incluso compartiendo tabaco con los guardias de asalto, que ya estaban aquí dispuestos en Plaza Nueva, porque por lo que había pasado en Melilla la tarde anterior, el asesinato de Calvo Sotelo en Madrid, el gobierno estaba alerta. Tenía incluso tres acorazados en la calle ante lo que pudiera pasar.
Entonces de repente comenzaron a dispararse y se formó una batalla, que es la primera batalla que se da en la península. En la novela se narra, además, uno de esos gestos de enorme humanidad de Horacio, que protegió a un capitán golpista herido durante el asalto al Ayuntamiento.
(P): Pasando a otro hito de su mandato, la Semana Santa del 36 estaba destinada a no celebrarse por el boicot de las élites conservadoras. ¿Qué papel jugó el alcalde para salvarla?
(R): Horacio, al igual que otros dirigentes republicanos, eran sevillanos. Y un sevillano quiere ver las cofradías en la calle, para lo que pusieron dinero de su bolsillo. Era también una tradición que se había dado en los primeros años republicanos, pero choca mucho que se desconozca que los rojos, como se le dieron a llamar después a estos republicanos, que realmente lo que temían era la fuerza revolucionaria, porque eran unos burgueses con profesiones liberales de aquí de la ciudad, esos republicanos que pusieran dinero de su bolsillo para que la Semana Santa pudiera salir a la calle. Y, por el ccontrario, que fueran las familias de bien, esos que todavía ostentan los grandes apellidos de la ciudad, las que boicotearan que la Semana Santa saliera. Y es una pena, o para mí fue una suerte, encontrarme que no está en ningún libro de historia ese relato de lo que aconteció en la primavera de 1936, ese boicot de las élites, de los pequeños industriales agrarios, de los comerciantes de la ciudad, a su propia Semana Santa, cuando ellos eran los hermanos mayores de las cofradías más importante.
Y esto desembocó en lo que fue la condena de muerte de Horacio. Si esa Semana Santa no hubiera desafiado a las élites y al propio arzobispo, probablemente Horacio, como otros alcaldes frentepopulistas, pudiera haber salvado la vida, eso ya pertenece a una ficción muy alejada de lo que hacemos nosotros, que es el periodismo, pero bueno, la familia sí se quedó con esa impresión de que ese desafío a la Iglesia y a las élites.
Se produjo, aunque en vano, un intento de intermediar del cónsul de Bélgica para salvar la vida de Horacio, porque estaba relacionado familiarmente con él. Solicitó audiencia con Queipo y se hizo acompañar del cónsul italiano, que realmente sí era importante en la ciudad, por Mussolini. Yla respuesta que le dio al cónsul belga e italiano y que estos transmitieron a la familia, fue que la vida del alcalde dependía del Palacio Arzobispal. Eso te hace unir cabos y decir, bueno, si no hubiera habido un desafío religioso en una ciudad como Sevilla, probablemente el alcalde hubiera tenido por suerte más papeletas, porque el asesinato del alcalde se produce el 29 de septiembre, ya muy posterior a la muerte de las Infante a principios de agosto, a la represión y a los asesinatos de las primeras semanas de control de los golpistas. Es la trama que inunda toda la novela, el peso de la religión en Sevilla, el peso de la religión en el derrocamiento del sistema republicano.
(P): Para financiar las procesiones se ideó un sistema económico de palcos que resultó en un listado vacío por el boicot. Al año siguiente, el bando de Queipo de Llano quiso invitar a esas élites usando dicho listado. ¿Qué refleja este episodio?
(R): Bueno eso es un elemento más que te retrata lo que era Queipo. Era un cobarde, un mentiroso, de los peores monstruos que te puedes encontrar en la historia moderna y que desgraciadamente Sevilla ha vivido de espaldas a esa maldad de Queipo, porque incluso ha estado enterrado en la Macarena hasta que por suerte y por decisión de algunas personas que hay que agradecérselo, eso ya no sucede y la hermandad se puede desvincular de un monstruo como él.
Y así fue, personas que en el año 35 ocuparon estos palcos, que costaban un dinero, eran 250 pesetas, el sueldo de un mes largo de un trabajador normal de ese momento. Esas personas, que en el 35 formaron parte de una Semana Santa apoteósica, donde viene Cháves Nogales, Frank Cappa a hacer fotos... inundaron las calles de Sevilla y permitieron que las cofradías pudieran tener ese dinero por una subvención municipal pero camuflada, que era lo que prohibía la constitución republicana, no se podía financiar a entidades religiosas. Entonces se inventa este sistema de los palcos que hoy todavía persiste en la ciudad, es la manera de financiar la Semana Santa. Pues ese invento republicano que se mantiene es en ese momento de la República cuando se crea y del que tira Horacio para intentar que se pueda sacar la Semana Santa en el 36.
Los palcos suponían unas 50.000 pesetas, de 150.000 pesetas del presupuesto total, o sea un tercio del dinero que hacía falta para que las hermandades pudieran salir a la calle. Y de esas élites apenas se recaudan unas 10.000 pesetas y el resto lo pone el Ayuntamiento a través de Horacio. Hay un debate fuerte con las fuerzas revolucionarias, con los socialistas, con los comunistas, de si el Ayuntamiento tendría que estar para eso o no. Lo ponen personalidades como Blasco Garzón, que es un ministro y que es hermano del Silencio y que apuesta por la Semana Santa; el gobernador civil y distintas autoridades que ponen dinero de su bolsillo y que no se les reconoce.
Y la casualidad que al año siguiente, cuando Queipo tira del listado de familias que en el 35 sí financiaron la Semana Santa, se encuentra con que todos evidentemente ponen el dinero, pero Queipo, en una jugada de nuevo malvada, lo que hace es que invita a sus amigos, a las autoridades de Portugal, de Italia, y desaloja a esas familias, que no ocupan esos palcos y ponen por delante sus intereses. Entonces estas familias evidentemente se vieron traicionadas
(P): Nos dirigimos ahora a la antigua Capitanía, en el Palacio de la Gavidia. ¿Qué sucedió exactamente en este lugar durante los primeros instantes de la sublevación?
(R): En Capitanía, en el Palacio de la Gavidia, es donde se decide el golpe. Después de una serie de desafortunadas coincidencias, Queipo logra llegar hasta aquí en la mañana del 18 de julio, tras hacer unas acrobacias en cómo sale de Huelva y se dirige a Sevilla, ya que incluso es interceptado, pero logra llegar hasta la ciudad cuando todo el país estaba en estado de alarma y los mandos militares no se podían mover. Él llega y entra por una puerta, camuflado, lo hacen subir por estas escaleras hasta una de las habitaciones de solteros de los militares y se queda ahí escondido, mientras aquí en lo que es el patio están todos los generales con el jefe general de la segunda división, el general Villabrille, decidiendo qué hacer después de que haya habido un golpe de estado, una sublevación militar el día antes, 17 de julio, en Melilla.
Cuando están todos aquí reunidos hay una expectación inusitada, hay una afluencia de militares que no se veía habitualmente. Claro, todo eso respondía a todos los movimientos que se habían dado en los meses anteriores de intentar captar a militares afines a la sublevación. En cuanto se está produciendo todo ese magma de discusión van a buscarlo y Queipo va descendiendo por estas escaleras hasta que se reúne con el resto de generales y le transmite al general Villabrille que tiene que estar con él, tiene que sublevarse para comenzar lo que es el golpe militar en la península que se daría por primera vez aquí en Sevilla.
Se dirige hacia uno de los despachos que era donde tenía lugar esa reunión de oficiales y le hace saber explícitamente o estás conmigo o estás contra mí. Ellos habían sido amigos, habían participado en guerras anteriormente en Filipinas, en Cuba, eran compañeros de armas. Ya había incluso en meses anteriores intentado captar Queipo al general Villabrille para la sublevación , pero este siempre se había opuesto. Y en ese momento Villabrille le responde que él se va a mantener fiel a lo que es el orden imperante, el sistema de la República y que no se va a sublevar. A Queipo le da igual, le detiene en uno de aquellos despachos, lo encierra con llaves y ahí se irán incorporando otras de las autoridades de la ciudad como el propio alcalde Horacio Hermoso o como el gobernador. Durante ese transcurso del 18 de julio todos irán detenidos y encarcelados a la espera de qué va a pasar con ellos.
(P): Nuestra última parada nos lleva a la calle Jesús del Gran Poder, frente a la antigua sede de los jesuitas. Este edificio fue convertido por Queipo de Llano en la temida Delegación de Orden Público. ¿Cómo operaba esta "antesala de la muerte" bajo el mando del capitán Díaz Criado?
(R): La última parada nos lleva a la calle Jesús del Gran Poder en el centro histórico de Sevilla. Aquí en frente tenemos la sede de los jesuitas. Los jesuitas habían sido expulsados pero Queipo permitió que volvieran convirtiendo este edificio en lo que le llamaban la antesala de la muerte. Era la delegación de orden público y a su mando estaba Díaz Criado, un personaje de infaustos recuerdos.
Los religiosos habían sido expulsados por la ley de confesiones religiosas del año 32 y el edificio había servido primero como colegio pero después por mandato de Queipo se convirtió en la comisaría central para los militares y para el propio militar en la temida delegación de orden público. Este lugar no representa ya la toma visible del poder sino aquí es donde comienza la oscura maquinaria de la represión. En este lugar además se formaban unas colas tremendas de personas que lo que querían era salvar a sus familiares. Se decía que desde aquí incluso se escuchaban los gritos de los detenidos.
Las personas se ponían en fila por toda esta calle, dicen que llegaba hasta la Gavidia para intentar hablar con el capitán Díaz Criado y sobre todo había una afluencia grande de mujeres. Lo que se hacía adentro, lo han narrado también algunas de ellas y eran servicios sexuales. Lo que pedía (Díaz Criado) para poder salvar la vida de sus maridos, de sus padres o de sus hermanos. El capitán Díaz Criado lo que hacía por uno de estos edificios de esta misma calle, reunirse con guardias civiles, reunirse con prostitutas y decidir con un símbolo quién se libraba de la muerte. Este símbolo era X2.
Aquí es donde comenzó la represión que después llegó a tener más de 45.000 fusilados desaparecidos en Sevilla y en Andalucía. Una cifra que como han venido a decir los historiadores y periodistas que se dedican a la memoria, es superior a las dictaduras de Argentina y de Chile juntas. Más de 45.000 personas desaparecidas durante una represión que comenzó en este lugar, en la calle Jesús del Gran Poder.
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