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5 recomendaciones literarias para abril

Redacción Playtime
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Mié, 19 Abr 2017

Lucia Berlin: Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara)

Fue el "libro-estrella" de 2016: favorito de escritores, número uno en las listas de mejores libros del año de los críticos, elogiado por los lectores… Nosotros lo hemos leído con calma, pues se trata de una de esas obras que uno lee muy despacio para que no se acaben nunca. Lucia Berlin (1936 – 2004) recobró la fama literaria póstumamente, cuando se publicó esta selección de sus relatos en 2015, con prólogo de Lydia Davis e introducción de Stephen Emerson (y, en España, traducción de Eugenia Vázquez Nacarino). Las magistrales historias de la autora, en gran parte autobiográficas, están en la estela de otros gigantes del cuento anglosajón como John Cheever, Lorrie Moore, Tobias Wolff, Raymond Carver y Richard Ford: personajes que suelen ir a la deriva, hombres y mujeres atrapados en el alcoholismo, gente que sobrevive como puede, en empleos mal pagados, arrastrando tras de sí una larga lista de errores, de pecados y de enfermedades. Pero Lucia Berlin tuvo su propio estilo, su sello característico: en cada relato nos va sorprendiendo con pequeñas joyas de poesía en prosa, con sentencias que dibujan todo un mundo o retratan a un personaje con apenas un puñado de palabras (Vi hijos y hombres y jardines en mis manos / Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia / La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos). Creo que nadie lo duda: estamos ante una obra maestra.

Eduardo Halfon: Saturno (Jekyll & Jill)

Esta novela corta fue editada en 2003 en Guatemala. Pero es la primera vez que se publica en España. Son apenas 70 páginas de una edición numerada de 1000 ejemplares. Y son una delicia. Como si redactara una carta al padre, a ese padre capaz de devorar a sus hijos sin piedad ni misericordia, el narrador de Saturno se dirige a un progenitor que fue tirano con él, que impuso una ley hogareña sin cariño y sin palabras amables, creando un mundo de órdenes y de miedos de los que dicho narrador acaba huyendo (Era imperativo escaparme a un mundo sobre el cual usted jamás pisaría. Al mundo de la madre: el lenguaje, las palabras, la literatura. Un mundo inaccesible para gigantes como usted. Huyo escribiendo, padre). Pero la narración no se queda ahí, sino que, un poco a la manera de los textos de Enrique Vila-Matas, la voz que cuenta se sumerge también en las historias reales de algunos escritores: escritores que optaron por el suicidio, que también huían de padres tiranos, o de padres ausentes, de sombras que se alargaron sobre ellos durante todas sus vidas.

Ursula K. Le Guin: La rueda celeste (Minotauro)

En La rueda celeste, una de las obras menos conocidas de la respetada y admiradísima Ursula K. Le Guin, hay un hombre obsesionado con sus sueños, George Orr: porque sus sueños se cumplen… No son los sueños en forma de deseos que uno tiene cuando está despierto, sino lo que sueña cuando está dormido: suele cumplirse, por muy surrealista sea el resultado. Él los llama "sueños efectivos". Y, al igual que los chavales aterrorizados por Freddy Krueger en la saga de las pesadillas de Elm Street, trata de mantenerse despierto, de tomar medicamentos que le impidan soñar. Al principio del libro lo destinan a un prestigioso psicoterapeuta (el doctor William Haber), que investiga los sueños, para que lo trate. El doctor no tarda en comprobar que es cierto, y así, durante las sesiones de hipnotismo, corrige y altera sus sueños para ir cambiando el mundo: para acabar con las guerras o el racismo. El gran problema es que el subconsciente de Orr cambia a su antojo las cosas o las interpreta de otra manera; por ejemplo, si piensa en los extraterrestres, al despertar el mundo ha cambiado y los extraterrestres pueblan la tierra. En sólo 200 páginas, y a la manera de Philip K. Dick, la autora de La mano izquierda de la oscuridad crea "imágenes" fascinantes y se plantea, como es habitual, modos de cambiar el mundo para que sea más confortable vivir en él y no destruyamos la naturaleza y la humanidad. Sirva este ejemplo: para acabar con el racismo, George Orr sueña que todos los terrícolas tienen la piel del mismo color.

José Ángel Barrueco

Otessa Moshfegh: Mi nombre era Eileen (Alfaguara)

La segunda novela de Otessa Moshfegh, Mi nombre era Eileen comienza con un tono confesional en primera persona de Eileen, quien se propone narrar al lector los sucesos que la llevaron a abandonar su pueblo natal de Nueva Inglaterra. La historia, como ella misma dice, de cómo desapareció. Así, narra la última semana en la que estuvo en un lugar que ella llama X-ville y que, al final, conllevó un giro de su vida significativo cuando otra mujer, Rebecca, haga aparición en su vida. La novela de Moshfegh tiene la virtud de ir avanzando de manera orgánica, desarrollándose sobre unos sucesos que van aconteciendo con naturalidad gracias a la capacidad de la escritora para el detalle tanto externo (describiendo espacios y atmósferas) como en el trabajo interno del personaje. Y lo que comienza como un relato doméstico, deriva finalmente en uno criminal sin que apenas el lector sea capaz de cómo ha evolucionado hasta ese punto. Al modo de los llamados domestic noir, Moshfegh en Mi nombre era Eileen logra trascender los tropos literarios que construyen dicho subgénero para entregar una novela híbrida en los códigos que maneja, que gracias a una gran trabajo narrativo y a un estilo claro y directo, nada descuidado pero que rehúye todo barroquismo formal, se alza como una novela que resulta perturbadora, así como divertida, por su capacidad para mostrarnos una realidad, un ambiente cotidiano y más o menos cercano, que puede mutar hacia una forma inquietante.

Joy Williams: El hijo cambiado (Alpha Decay)

La escritora Joy Williams, cuya feliz recuperación ha llevado a cabo Alpha Decay al editar tres de sus cuatro novelas, y de quien en breve podremos disfrutar de una antología de sus mejores cuentos (editados por Seix Barral), publicó en 1978 El hijo cambiado, su segunda novela tras el gran éxito de Estado de gracia, y que no gustó en general debido al cambio que ofrecía de registro con respecto a la primera. El cambio, en efecto, es enorme, lo cual no es un problema, no se puede, ni se debe, esperar que un escritor, o cualquier creador, sigan constantemente una línea, que no explore. De hecho, su cuarta novela, Los vivos y los muertos, supone un cambio más rotundo y se trata de una gran obra. El hijo cambiado es posiblemente inferior a Estado de gracia, no posee su fuerza, su ingenio, y sin embargo, ahora, quizá, sea una novela mucho más comprensible que en su momento. El problema reside en que Williams opta por una especie de realismo mágico que vehicula un relato que aunque cruel, no acaba de conseguir la negrura que, se presiente persigue la escritora. Ahora bien, también se percibe la búsqueda de Williams a través de las páginas de la novela de indagar en el lenguaje, en este caso a través de un complejo entramado de metáfora, que en ocasiones ralentiza la lectura, para ir creando un mundo que remite al nuestro pero cuyas formas están llenas de imaginación y de creación. Novela considerada por muchos como clave dentro del arranque del posmodernismo y del postfeminismo, destaca, casi cuarenta años después, por entregar una mirada a los constructos sociales, que no han variado en exceso. El hijo cambiado, no obstante, queda ante todo como la muestra de una escritora que no se apegó al éxito y exploró en busca de nuevas formas de expresión.

Israel Paredes



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