La mayor novedad del Mundial de Rusia ha sido la implantación del videoarbitraje, comúnmente conocido como VAR. Su inclusión ha revolucionado el mundo del fútbol y la manera de concebir un partido. Además, el éxito ha sido rotundo. De hecho, la liga española contará con dicho sistema a partir de la próxima temporada.

Lo que casi nadie sabe es que el inventor del VAR es español y la patente es propiedad de Mario Conde. El ingeniero Antonio Ibáñez de Alba tuvo la idea tras asistir al España - Italia del Mundial de Estados Unidos, recordado por el codazo de Tassotti a Luis Enrique. El árbitro no vio la agresión y la jugada quedó impune. La imagen del español sangrando siempre estará grabado en las retinas de los aficionados. Ante tal hecho, Ibáñez tuvo claro qué iba a hacer. El Mundo, recoge sus declaraciones: "Yo, que nunca he sido muy futbolero, sentí una tristeza inmensa. En el transcurso de unos meses, encontré el antídoto contra las polémicas arbitrales".

Un año después, tras trabajar como ingeniero en la NASA, Ibáñez fue contratado para ocupar un puesto en el departamento de I+D de una empresa cuyo dueño era el expresidente de Banesto, Mario Conde: "Me dieron plena libertad para investigar sobre lo que yo considerara oportuno. No tenía un horario fijo ni tampoco unos objetivos concretos que cumplir. Mi labor allí consistía en adelantarme 10 o 15 años a las necesidades de la gente y en plasmar todas mis predicciones en papel oficial", declara a El Mundo.

El 1 de septiembre de 1995, el ingeniero presentó la instancia de solicitud de patente de un sistema inteligente para asistencia en decisiones arbitrales. Y así nació el VAR: "Apliqué algunas de los avances científicos que había ido perfeccionado en Estados Unidos para realizar un control electrónico del perímetro del campo y de las coordenadas instantáneas del balón por medio de un sistema de gonios y sensores de corte conectados a varios chips".

Antonio Ibáñez también recuerda su relación con el empresario: "Me citaba en su casa de la calle Triana o quedábamos en el Ritz para que le pusiera al corriente de los avances de mis investigaciones.Cuando le hablé del sistema de asistencia arbitral, me contestó de inmediato: Antonio, patente. Era su forma de decir que la idea merecía la pena. Un minuto le bastaba para saber si un proyecto tenía o no futuro. Y rara vez se equivocaba".