En relación con la Jefatura del Estado poco cabe decirse sobre lo que ya ha sido comentado profusamente en los últimos días por tirios y troyanos. Sólo hacer alguna consideración para quitarle la venda a los que la llevan puesta de manera deliberada para no ver lo que no desean pero, también, a los que la portan por pura obnubilación mental provocada por el fulgor de tan deslumbrante y arcaica institución. Dos minutos de ininterrumpidos aplausos de nuestros representantes políticos puestos en pie en el Congreso de los Diputados no pueden encubrir, y menos excusar, la actuación irregular de una institución familiar que, fundamentando su razón de ser en la existencia de una supuesta superioridad genética que la sitúa por encima de los demás, haya vulnerado, aunque todavía presuntamente, los principios más básicos de la honestidad. Y no me estoy refiriendo, básicamente, a la actuación del Duque de Palma sino a la de su suegro -el Jefe de la Institución-, que siendo alertado de la conducta poco ejemplar de aquél decide quitárselo de en medio con un exilio dorado a la capital del mundo y un sueldo anual millonario proporcionado por la primera empresa de nuestro país; ayer de propiedad estatal y hoy dulce refugio privado de personalidades que son o fueron públicas.

Pero con ser grave el deterioro de esta Institución -que siempre podrá ser sustituida por otra de mayor modernidad- quizás tenga más transcendencia política el padecido por el Partido Socialista Obrero Español. Y la tiene por una sencilla razón: porque la superación de su actual estado de abatimiento, debido a las debacles electorales sufridas recientemente, ha quedado en gran medida fuera de su alcance y de los méritos que pudiera hacer para conseguirlo.

La crisis económica que está poniendo en cuestión la existencia del Estado del Bienestar, según el criterio neoliberal de los gobernantes con actual capacidad decisoria internacional por mor de la voluntad popular, ha generado tal descontento e indignación entre la progresía que se han fomentado en ella actitudes abstencionistas y de fragmentación política que, hasta el momento, sólo benefician a los que paradójicamente han desarrollado las políticas económicas que nos han avocado a esta situación. Y esta circunstancia es especialmente destacable en nuestro país porque la existencia de una derecha vinculada históricamente a nuestra última experiencia dictatorial la hace ser extraordinariamente rígida en sus posicionamientos semidogmáticos de adhesión ideológica y potencia, con ello, los efectos perversos de los vaivenes electoralistas de nuestra izquierda y muy en particular los que pudieran afectar al único partido progresista que, hoy por hoy, es alternativa de gobierno.

¿Puede en este contexto desear alguien prosperidad para el año que comienza? Algunos quizás tengan motivos para esperar progreso y bienestar pero creo que, salvo los directamente beneficiados, a los demás sólo nos resta exclamar: ¡¡Virgencita, virgencita que me quede como estoy!!

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas