La canalización del malestar emocional de millones de mortales angustiados por sus condiciones existenciales, debe invitar a crítica intelectual a la reflexión;  con el objeto de no caer en la necedad colectiva de deambular de forma alienada por el “asfalto mundial”, con el único propósito de “hacerse notar” y escribir “a posteri”  el titular internacional,  sin la consideración acertada de su sino.

No es correcto, por parte de los firmantes del manifiesto, afirmar con rotundidad la analogía falaz entre revueltas árabes en marcos de gobiernos dictatoriales y,  movimientos de “indignados” inmersos en  marcos de libertades.

Mientras el objetivo común de nuestros “hermanos de Túnez, Egipto, Libia y Siria”, en palabras de los firmantes, ha sido el derrumbe simbólico de sus sistemas opresores como necesidad para recuperar sus derechos naturales de vida, libertad y propiedad, que tanto defendieron los filósofos de la ilustración; las revueltas no árabes, por su parte, han manifestado abiertamente sus intenciones apolíticas que distinguen y canalizan su enfado social.

Dicho en otros términos, mientras nuestros hermanos árabes perseguían y persiguen un fin político en su “ocupación urbana”, los manifestantes de Hessel, sin embargo, exteriorizan su malestar existencial contra la estática social, desde una perspectiva apolítica y horizontal. Las manifestaciones árabes son el medio social para conseguir un fin político y las no árabes un medio político, el ejercicio del derecho a la manifestación, para conseguir un fin social, la disminución de la desigualdad entre los de arriba y los de abajo.

Es sorprendente que intelectuales de la talla de Noam Chomski comparen, bajo su rúbrica, en un manifiesto oficial, a la figura de “Mubarak“, tirano y opresor del estado natural de su pueblo, con el “tejido bancario internacional” surgido del derecho a la libertad de empresa y amparado por el ordenamiento jurídico de cada país. Es la crisis sistémica, que decía Trichet, el factor de riesgo que fundamenta los daños psicosociales de los pueblos indignados. La brecha de la desigualdad entre los de arriba, “la masa de cuello blanco”, y los de abajo, “los cuellos azules de la pobreza”; la causante de las revueltas no árabes, ante las consecuencias derivadas del consumismo global y exacerbado del individualismo neoliberal.

Las redes sociales han sido el instrumento analógico a ambos lados del estrecho. Tanto en las revueltas árabes como las actuales “no árabes”,  los productos de Mark Zuckerberg y Jack Dorsey, han servido para movilizar a miles de ciudadanos y organizarlos hacia un frente común. La consecución del bienestar, o dicho de otro modo, el cambio de una situación existencial incómoda por otra mejor es en ésta, y en todas las manifestaciones del pasado, la esencia de toda movilización social. Finalmente, el espacio ocupado en forma de plazas emblemáticas del paisaje urbano, guarda paralelismos formales entre ambas revueltas. Pero, seguimos insistiendo, son las formas y no su contenido, la razón que nos hermana con las heridas del sur.

La politización del movimiento, como venimos denunciando en este blog, es una necesidad para que la “rabia social” sea extrapolada a la forma escrita de los programas políticos.  Unir la indignación española con la alemana, italiana, americana y demás,  solamente tiene el efecto de la puesta en escena del poder soberano; pero faltará y lo diremos hasta la saciedad, el “objetivo concreto” para cohesionar este conglomerado global, y conseguir una respuesta política coordinada que ponga sobre la mesa; los principales problemas locales que avivan la llama de la queja social.

Mientras tanto, la única consecución material de este estruendo social, será mantener vivo por unos días el discurso mediático de la indignación ante los amagos fugaces de su titular.

Abel Ros es autor del blog “El rincón de la crítica