Se ha pasado la última legislatura, de principio a fin, descalificando cualesquiera que fuesen las medidas adoptadas para intentar paliar los efectos devastadores de la crisis, sembrando la desconfianza en nuestra situación económica tanto en el interior como en el exterior del país o difundiendo insidias, cuando no auténticas injurias, sobre las actuaciones bienintencionadas del Ejecutivo pero, todo ello, ha de quedar en el olvido porque ahora ... sí, ahora que él va a ser el nuevo presidente de la nación, ahora que la derecha se hace cargo de la responsabilidad política es -¡qué casualidad!- la hora en la que todos hemos de arrimar el hombro y aunar voluntades.

El que será investido presidente de Gobierno el próximo día 21, me recuerda a un compañero de clase de mi adolescencia que cuando quería conseguir algún favor de nuestros educadores nos pedía a todos que apoyásemos sus pretensiones. Le gustaba mucho el fútbol y en una ocasión requirió nuestra ayuda para presionar a la dirección del Colegio con el objeto de que un solar yermo colindante al edificio escolar se habilitase para poder practicar este juego. Y lo consiguió con nuestro apoyo.

Ocurría, sin embargo, que su desmedida afición al deporte rey no iba pareja con sus condiciones para practicarlo y para conseguir ser elegido, como titular del equipo que defendiera los colores de nuestra clase, practicaba toda suerte de maquiavélicas malas artes. Jugaba de defensa derecho y a sus eventuales competidores para el puesto, o bien, los lesionaba premeditadamente en los recreos con disimulados y furtivos encontronazos, o se deshacía de ellos incriminándolos en inventadas barrabasadas de las que se chivateaba a los responsables de confeccionar la alineación del equipo.

Sería de desear, por el bien del país, que al presidente electo no le ocurra lo que a mi ex compañero de Colegio. Los complicados vericuetos de la mente son incontrolables y después de que hubiese alcanzado su máxima aspiración en la vida, la última noticia que tuve de él fue que se encontraba en una pésima situación anímica y personal. Había llevado tan lejos las prácticas irregulares para conseguir sus objetivos a costa de desacreditar a sus oponentes que, no teniendo ya con quien hacerlo, comenzó a denigrarse con auténtica fruición a sí mismo -las adiciones hacen estragos en los comportamientos- y terminó por dimitir de su cargo al no considerarse ni adecuado ni digno para asumir la responsabilidad tan marrulleramente obtenida. Transferencia de culpabilidad y trastorno en el control de los impulsos le han diagnosticado los especialistas.

Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicas