En la España de aquella época -la de la dictadura- “no había asesinatos de mujeres sino respeto, moral, conciencia del bien y del mal, la idea de que la voluntad de uno está acotada por valores superiores. Y eso estaba asentado en la cultura española y servía, más que de anulación del individuo, de brújula de los comportamientos humanos.” Quien hace esta reflexión es el magistrado del Tribunal Supremo (TS), Adolfo Prego, redactor ponente del auto que sentará de nuevo en el banquillo -el próximo martes- al juez Baltasar Garzón, para responder por la instrucción de la causa sobre las víctimas del franquismo. Contestaba de esta forma a una pregunta que, en una entrevista para la revista de la Hermandad del Valle de los Caídos, le formulaba, sobre la Ley de la Violencia de Género, la periodista Susana Ariza -hija del presidente de Intereconomía y ex parlamentario del PP-.

En esa misma entrevista el magistrado del TS, que a su vez es patrono de honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES) presidida por un ex diputado del PP del Parlamento Vasco, hacía una valoración sobre la Ley de la Memoria Histórica. Señalaba sobre ella que es propia de un Estado totalitario. Y para remarcar esta apreciación, manifestaba que “por ejemplo, en la Unión Soviética, la Enciclopedia Soviética se reeditaba periódicamente para añadir o eliminar teorías históricas en función de los intereses del Partido Comunista. Pero si nosotros nos vamos a acercar a ese método mal lo tenemos”.

Pero su malestar por esta ley no quedó en una mera crítica. Cuando fue aprobada por el Parlamento de la nación, sumó su firma a las de César Vidal, Federico Jiménez Losantos y Pío Moa en un manifiesto en el que, entre otras apreciaciones, se afirmaba que la coalición de partidos de izquierdas, el Frente Popular, “tras las anómalas elecciones de febrero de 1936, demolieron la legalidad, la separación de poderes y el derecho a la propiedad y a la vida (...) hundió las bases de la convivencia nacional y causó la guerra y las conocidas atrocidades en los dos bandos y entre las propias izquierdas”. Hablando en cristiano, cuando el gobierno de izquierdas surgido de las urnas se declaró, según parece deducirse del manifiesto, la guerra a sí mismo desencadenando un enfrentamiento fratricida, la derecha involucionista de la época, que pasaba por allí comandada por Francisco Franco, se limitó a pacificar el país. El absurdo hecho análisis histórico del alzamiento militar de julio de 1936; perdón, de la “cruzada” que diría el magistrado del TS.

Hay bastante más “perlas” sobre el particular posicionamiento ideológico de este magistrado, pero sólo se ha pretendido destacar aquellas que suponen serios indicios sobre la falta de la debida neutralidad en la causa abierta contra el juez Garzón. Este último abrió una investigación sobre los crímenes del franquismo y el magistrado, que es pieza fundamental en el enjuiciamiento de una presunta prevaricación derivada de estas pesquisas, ha manifestado públicamente su seducción por aquel régimen -en el que había “respeto, moral y conciencia del bien y del mal”- y su rechazo por una ley que, no sólo está obligado a respetar, sino a resolver sobre su eventual incumplimiento.

Y en estas estamos después del primer capítulo de esta surrealista historia en el que unos acusados de corrupción han sentado en el banquillo a su juez instructor. Este mismo juez que investigó también los crímenes del franquismo, unos herederos intelectuales de los verdugos que presentaron querellas contra él (Manos Limpias y Falange Española de las JONS), unas querellas que son admitidas por la más alta instancia judicial y a un magistrado -que considera el golpe militar de Franco como una especie de acto contrarrevolucionario y a la dictadura que se impuso como éticamente irreprochable- que sienta definitivamente a este juez, por presunto prevaricador, en el banquillo de los acusados.

¡En su mejor momento de lucidez creativa, Valle Inclán, no podría haber imaginado un esperpento tan colosal! Aunque a decir verdad, esta situación no tiene nivel de esperpento sino de grotesca astracanada.

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas