En ocasiones, algún alumno le advertía que en otra asignatura habían estudiado la teoría de la evolución de las especies que explicaba de forma muy distinta la aparición del hombre sobre la Tierra, pero ella se mantenía firme y les decía que lo que les acababa de contar era la verdad revelada por el mismísimo Dios y que no se podía admitir una versión contraria pues ello supondría contradecir al propio autor de la creación.

Otro día, esta misma profesora les relataba la historia de Noé, de la embarcación que construyó, de cómo metió en ella a su familia y a una pareja de animales de cada especie y de cómo de esta forma salvó su vida, la de su familia y la del reino animal de un diluvio que durante cuarenta días con sus noches respectivas anegó la Tierra destruyendo todo rastro de vida humana y animal. Un castigo de Dios motivado por la perversión de los hombres de cuyo término avisó a Noé con una señal inequívoca en el cielo: el arco iris.

Al finalizar este relato algún alumno, como ocurriera con la explicación de la creación del hombre, advertía a la profesora de que el arco iris, por lo que les habían explicado también en otra clase, era un fenómeno óptico y meteorológico producido cuando los rayos del sol atraviesan pequeñas gotas de agua contenidas en la atmósfera terrestre, pero la profesora se mantenía firme en su relato y volvía a argumentar que esa era la verdad revelada por Dios y que, en consecuencia, no se podía poner en cuestión.

Y así, día tras día, la profesora les iba explicando la historia de Abraham y de cómo a los noventa y nueve años de edad Dios se le apareció para decirle que su mujer daría a luz a un hijo suyo que llamaría Isaac o, la historia de Moisés, quien viendo una zarza que ardía sin consumirse se acercó a ella y fue entonces cuando escuchó la voz de Dios que le ordenó liberar a su pueblo de la esclavitud.

Ocurrió, sin embargo, que un día esta profesora se enamoró de un hombre divorciado de una anterior relación y se casó civilmente con él pero, entonces, cayó en desgracia ante las personas que la habían contratado y fue apartada de su actividad docente porque ya no era considerada digna para impartir aquellas enseñanzas.

En primer lugar, porque aquel hombre estaba estigmatizado por su divorcio y, en segundo, porque, en cualquier caso, se tendría que haber casado como Dios manda, es decir, por el rito según el cual un señor disfrazado con extrañas vestimentas oficiaría una ceremonia en la que, en un momento dado, proferiría unos enigmáticos conjuros a escasos centímetros de un pedazo de pan y un poco de vino que se convertirían, por mor de aquellas palabras, en el cuerpo y sangre de un Dios, llamado Jesucristo, -distinto pero a su vez el mismo que se le apareció a Abraham o Moisés- que se hizo hombre y que murió y resucitó para salvar a la humanidad.

Como diría el inefable Sáenz de Buruaga “así son las cosas y así se las hemos contado”, pero si algún lector no se creyese lo que acaba de leer porque lo considerase tremendo, absurdo, inaudito, increíble, surrealista o disparatado le conmino a que lea la prensa del pasado viernes que recogía la noticia de que esta profesora -Resurrección Galera-, después de once años batallando en los tribunales de justicia, había conseguido ser readmitida en su puesto de trabajo -del que fue apartada por el Obispado de Almería. ¡Así andamos en pleno siglo XXI!

Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicas