José María Aznar dice haber tenido un prolongado periodo de amnesia que le ha durado ocho años -curiosamente dos legislaturas- y hasta el 20-N -día de las elecciones en las que su partido arrasó- no volvió a recuperar la memoria. Así lo ha confesado -verbo muy apropiado para la ocasión- en una entrevista que le ha realizado la televisión de los obispos, 13TV. Su manifestación literal ha sido: “Después de ocho años, siento que soy realmente expresidente del Gobierno”. Forma sibilina y un tanto ruin de expresar su desprecio hacia los Gobiernos socialistas de su nación -aunque él piense que la nación sólo es suya cuando ellos la manejan- presididos por el todavía presidente en funciones José Luis Rodríguez Zapatero.

Otra insigne figurante de la representación, la presidenta de la Comunidad madrileña y “lideresa” de vocación, Esperanza Aguirre, ha dejado también entrever algún aspecto destacado del guión que está preparando su otrora rival “interruptus”. Durante su intervención en el XI Congreso de Escuelas Católicas, celebrado el pasado viernes en el hotel Auditorium de Madrid, ha sentenciado que ha llegado la hora del cambio que España necesita en educación y que los docentes de las escuelas católicas “nunca deben avergonzarse de ser cristianos y de transmitir esos valores a los alumnos”.

Si a alguien le quedaba alguna duda sobre las preferencias de los populares en educación no creo que siga manteniendo esta reticencia al escuchar a la presidenta madrileña. El nacionalcatolicismo vuelve de la mano de los que realmente nunca renegaron de las señas de identidad ideológica propias del franquismo. Porque Esperanza Aguirre no se limitó a anticipar la hora del cambio en la educación de los españoles, sino que reivindicó los valores “trascendentales” del cristianismo de los que afirmó que “hoy constituyen la base de la civilización occidental y que nadie debe ni puede ignorar el origen cristiano de valores como la igualdad esencial de todas las personas, la dignidad inviolable, la piedad, la compasión o la paz”.

Aznar ha enterrado de un plumazo la memoria de los Gobiernos socialistas y Aguirre nos embarca en la recuperación del recuerdo de aquellos lemas que parecían olvidados: “Por el Imperio hacia Dios” y “Rajoy Caudillo de España por la Gracia de Dios”. Tan es así que el nuevo caudillo, en una de las contadas iniciativas de las que hemos tenido noticia desde su abrumadora victoria, ha despreciado la voluntad popular expresada en el País Vasco y ha excluido al partido más votado en aquella Comunidad de la ronda de contactos que mantendrá con todas las formaciones políticas con representación parlamentaria. Y es que España ha de ser “Una, Grande y Libre”, o sea indivisible, imperial y no sometida a influencias foráneas. Pues nada, voy a ir practicando: ¡Arriba España!

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas