Pero las respuestas que me da mi interlocutor imaginario, esa especie de fantasma que me acompaña últimamente a casi todos lados, no consiguen que cesen mis cavilaciones, mis dudas, mis preguntas.

Yo le espeto: ¿cómo saber que alguien está en la peor de todas las situaciones? Las cosas siempre pueden empeorar; por tanto, siempre hay margen para decir, más adelante, “la cosa estaba muy mal, pero al menos conseguimos sobrevivir, así que, ¿por qué cambiar?”.

Yo le digo: ¿y cómo saber que para que España deje de estar en un cruce de caminos es necesario acometer una serie de reformas en un partido? Imagino que es algo importante, sí, pero quizá no fundamental, con lo cual siempre podremos decir, más adelante, que “la estabilidad de los partidos políticos es un elemento que da certidumbre a España, que es lo que necesita ahora, así que por qué cambiar”.

Yo le inquiero: ¿y cómo saber, finalmente, que la única alternativa es cambiar? Si repasamos la historia contemporánea de las formaciones políticas modernas, concluimos que no hay nada inexorable, que algunas cambiaron pero otras no, incluso cuando parecía que lo único realista era cambiar, así que siempre alguien podrá decir que la única alternativa es cambiar, sí, pero que lo podemos dejar para más adelante, cuando todo esté mas claro y las aguas bajen menos turbias.

Mi compañero inseparable desde hace algunas semanas no para de decepcionarme. Todo lo que me dice está bien; algunas cosas, hasta las comparto. Pero al final del día, cuando cierro y hago repaso de la jornada, la misma pregunta me sigue rondando la cabeza, como un martillo pilón: ¿por qué alguien que nunca ha cambiado nada estaría interesado en cambiar ahora las cosas?

Todo esto tiene mucho que ver, se me había olvidado advertirlo, con la campaña para la elección de secretario general del PSOE. El PSOE, sí, ese partido que una vez fue el que cambiaba las cosas, hacia dentro y hacia fuera, y que se ha convertido en un partido al que lo que más le cuesta es cambiar, hacia dentro y hacia fuera. El PSOE si, aquel partido que cambió y renunció al marxismo, para hacerse socialdemócrata, porque pensaba que cambiando podría estar más cerca de la gente, de lo que la mayoría pensaba en un momento determinado en España. El PSOE, sí, ese partido que se presentó a unas elecciones generales con el slogan de “por el cambio”, y la gente inmediatamente lo identificó con eso, con el cambio, porque la gente lo que quería era cambiar. Estamos hablando del mismo partido, efectivamente, aunque a veces cueste identificar a “ese” partido con “este” partido, porque las cosas han cambiado mucho, o casi nada, según se mire…

Creo que la decisión de aquellos que tienen que elegir al nuevo líder del PSOE va a estar muy determinada por cómo respondan a la misma pregunta que a mí no me deja dormir últimamente por las noches. Y aunque mi preferencia creo que transpira a lo largo de estas líneas no, no pienso darles el gustazo de revelarles quien es la persona que creo que encarna mejor esa mirada al futuro del partido, o lo que es lo mismo, esa mirada favorable al cambio. No, de verdad que no pienso revelarles quien es mi candidata.

Antonio Estella es Responsable de Internacional y Cooperación de la Fundación IDEAS, militante del PSOE y profesor de Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid