Sin duda, este prosaico domingo de julio de 2015, pasará a los anales de la Europa contemporánea: la solicitud por Grecia de un tercer rescate financiero de su economía en bancarrota, ha abierto una polémica sin precedentes que permite esbozar una división de fondo.

El “eurogrupo”, la dimensión técnica de la Unión Europea, no alcanzó esta mañana un acuerdo sobre la propuesta y ello obligó a cancelar la sucesiva “cumbre” de la Unión, la conferencia del llamado “Consejo Europeo”, según hizo saber en su cuenta de twitter, o sea al modo post-moderno, un conocido adversario del gobierno griego, el polaco Donald Tusk.

Convocadas ambas instancias apenas recibida el sábado la definitiva propuesta griega aprobada holgadísimamente por el parlamento de Atenas (con la sola reticencia de una parte exigua de la izquierda, que se abstuvo) los ministros del “eurogrupo” representaron tal vez sin saberlo claramente en algunos casos su papel: lo que sucede es mucho más que mera intendencia y la tecnocracia, aunque ayuda, no será decisiva para adoptar una decisión que es… política y nada más que política.

Un escenario antiguo y… conocido
Se puede estar bien de acuerdo – una vez no son veces – con Thimoty Garton-Ash (“El País” del viernes) cuando escribe que “estaremos todos muy equivocados si creemos que lo único que está en juego es el futuro de Grecia”. En efecto, el tono de la crisis desprende, por vez primera en el convencional escenario europeo, una preocupación distinta, de fondo, eventualmente convertible en una bomba de profundidad contra la dimensión UE.

Dejemos ahora de lado – y es mucho dejar, debe reconocerse – la frivolidad y el despilfarro de sucesivos gobiernos griegos (de la conservadora “Nueva Democracia” y del socialista “Pasok”, pero no de Syriza ni de su líder Alexis Tsipras, quien lleva menos de seis meses como primer ministro).

Un contribuyente europeo podría, por ejemplo, preguntar en Bruselas por la ineficiencia de los servicios de inspección de la UE, burlados sin cesar por los tramposos griegos en los tiempos, eso sí, del crecimiento incesante del PIB europeo, que favoreció, visto lo visto, la frivolidad administrativa y los mecanismos de control cuando se escribían sin cesar artículos descubriendo el clientelismo rampante, la corrupción administrativa, el elevado presupuesto militar o el estatus admirable de los grandes armadores navieros, un orgullo nacional… que no paga impuestos.

Didáctica en dosis de elefante
El escenario reúne una dimensión económica (una agonía financiera que ha dejado al país conectado permanentemente al oxígeno del Banco Central europeo) y otra político-estratégica, derivada del hecho capital de que una virtual ocupación financiera administrada por funcionarios de la UE sería percibida como una inaceptable pérdida de soberanía nacional.

Tal sentimiento sería – ya lo es, de hecho – difícil de digerir en términos de autoestima nacional. Un país intervenido sí sería aceptable para los socios de Bruselas que, en primera instancia, solo buscan el triunfo de la virtud económica y la preservación del núcleo “serio”y “ortodoxo” de la Unión… aunque para ello deban primero resolver la pugna crudamente política que se ha instalado en el corazón del proyecto europeo…
¿Cómo conciliar la agria hostilidad alemana, personalizada por su ministro de Hacienda, Wolfgan Schaüble y sus adorables portavoces, con la calificación de François Hollande de “seria y creíble” dada a la propuesta griega llegada el sábado? ¿Cómo superar ciertos complejos de “potencia virtuosa” por parte de Alemania y suavizar su objetivo de dar escarmientos?

Peligros para la Unión
El presidente francés y la canciller alemana se habían reunido a toda velocidad el lunes pasado, solo horas después de conocerse el “no” griego en el referéndum a la propuesta europea. Hicieron lo correcto: intentar atenuar o esconder sus diferencias… en su calidad de herederos de los viejos dirigentes que hicieron la UE “política”: el general De Gaulle y el canciller Adenauer.

Este par de estadistas lo vieron claro: la reconciliación franco-alemana (Tratado del Elíseo, 1963) era una oportunidad de oro para acabar con las divisiones europeas y proveer de sustancia política al continente pacificado y unificado. El proyecto prosperó y alcanzó una visualización social y popular con dos emblemas: la abolición de las fronteras (una nacionalidad europea) y el euro (una única divisa europea).

Que no ha sido bastante es un hecho ahora. Es la premisa del mencionado Garton-Ash: la Unión nunca ha sido una unión política y siempre ha sido, sin duda, y a menudo solo ha sido eso, un mercado común. Tal es el marco en el que el drama griego (de raíz económico-administrativa) es prácticamente irresoluble salvo que los líderes lo aborden en su dimensión político-estratégica y los contables sean sustituidos por dirigentes de vuelo más alto: el que recomienda Washington en sus exhortaciones a que no se deje “caer” a Grecia…

Elena Martí es periodista y analista política