El presidente catalán, Artur Mas (centro), el cabeza de lista de Junts pel Sí, Raül Romeva (izq.), y el presidente de ERC, Oriol Junqueras, durante la celebración con sus simpatizantes de los resultados electorales. EFE



En el momento de redactar ésta crónica, con más del setenta por ciento de votos escrutados, podemos avanzar dos hechos importantes: Artur Mas y Oriol Junqueres han perdido escaños y votos con respecto a las anteriores elecciones y las CUP han crecido extraordinariamente. Esto quiere decir que el independentismo se radicaliza cada vez más hacia posiciones batasunas, por un lado, y que Junts pel Sí va a tener que entenderse con un socio incómodo, si quiere gobernar.

Por otra parte, la suma de las dos fuerzas independentistas tiene mayoría absoluta en escaños, pero no en votos. Si éstas eran unas elecciones plebiscitarias, debería tenerse en cuenta ésa realidad, que es la que mediría cualquier referéndum acerca de la independencia de Catalunya.

El ascenso vertiginoso de Ciudadanos es otro elemento importante, aunque el dato que hay que retener de cara a las próximas elecciones generales es el buen resultado que ha obtenido Miquel Iceta al frente de un PSC que todo el mundo daba por enterrado. Iceta es un político al que Pedro Sánchez debería tener muy presente si gana las elecciones. Tiene inteligencia, es un buen orador, conoce como respira el partido socialista y ha demostrado un desparpajo y una frescura que se echa de menos en la mayoría de candidatos.

Tampoco es grano de anís el fracaso de la candidatura auspiciada por Pablo Iglesias, Catalunya sí que es Pot. Las expectativas de Podemos quedan enfriadas por el resultado más bien flojo que ha obtenido ésa candidatura integrada por comunistas, podemitas y otros colectivos.

Más allá de lo que muestren los resultados, las banderas, las imágenes sectarias de los medios afines del proceso y las palabras de los líderes de la lista de Mas y de las CUP, el follón viene ahora. ¿Aceptarán los radicales independentistas de Baños votar a Artur Mas como presidente de la Generalitat, al que han tachado de corrupto y responsable de los recortes en sanidad, educación o servicios sociales más brutales que se han visto jamás en Catalunya? ¿Darán por amortizado a Mas, como ha sido la estrategia solapada de Junqueras, Romeva y Baños? ¿Qué tipo de gobierno puede surgir entre personas como los convergentes, de tradición liberal, y los de las CUP, que defienden el marxismo más furibundo y a Arnaldo Otegui?

La conocida táctica del wait and see que Mas ha querido agotar hasta el fondo, además de lo que conspicuos miembros de su candidatura reconocen en privado, va a quedarse a la espera de lo que pueda suceder en las próximas elecciones generales. Su consigna es negociar, desde su posición de fuerza, un nuevo marco para Catalunya dentro de España. Lo mismo que siempre han hecho los nacionalistas catalanes, vaya.

Ahora bien, el problema van a ser las personas que, de buena fe, han votado a ésas dos formaciones, Junts pel Sí y CUP, pensando que la cosa de la independencia iba a ser coser y cantar. ¿Qué harán cuando vean que sus líderes no tienen intención de proclamarla? ¿Qué actitud adoptarán cuando vean que pasan los meses y la famosa República Catalana no llega? ¿Quién administrará ésa frustración para que no derive, Dios no lo quiera, en un problema de orden público? ¿Habrá que recuperar las declaraciones de Oriol Amat, de la lista de Mas, que tuvo que rectificar porque afirmó en una entrevista que lo que se pretendía era solamente recuperar el Estatuto aprobado en Catalunya durante el Tripartito?

Mas ha conseguido fracturar por la mitad el Parlament, romper su coalición, perder escaños en cada una de las elecciones que ha ido convocando, tres en cinco años, polarizar a un pueblo que solo quería trabajo, estabilidad, servicios públicos de calidad y un reconocimiento de su particularidad.

Ahora solo le falta romper al independentismo. Va por buen camino.