Cuando pasadas las cuatro y media de la tarde, con rostro serio pero afable y ataviado con una corbata roja y carpeta del mismo color, Pedro Sánchez subía a la tribuna de los oradores para exponer su programa y solicitar la confianza del Congreso de los Diputados para convertirse en el próximo presidente del Gobierno de España, se consumaba el último hito del político al que tiempo atrás, propios y extraños, ya habían dado por amortizado. 

El pasado 20 de diciembre, Pedro Sánchez obtenía el peor resultado de la historia del PSOE en unas elecciones generales. Noventa exiguos diputados que le situaban, una vez más, al borde del precipicio. Pero a lo largo de sus recién cumplidos 44 años (nació el 29 de febrero de 1972), Sánchez se ha acostumbrado a vivir en el filo de la navaja política.

Atletista reconocido, el candidato a presidente del Gobierno ha convertido en su leitmotiv el discurso con el que Diego Pablo Simeone  ha cosechado tantas alegrías para la parroquia rojiblanca. Cierto que a veces con un juego poco vistoso y muy defensivo, pero siempre bajo la convicción de que por muchos que sean los obstáculos, “si se cree y se trabaja, se puede vencer”, aunque sea marcando gol a balón parado. Ya lo dijo en su día el propio Sánchez: “Partido a partido, y al final, todo suma”.

Nueva victoria de Sánchez

Y este martes, Sánchez ha vuelto a ganar. Con sólo noventa escaños -“ni más ni menos, pero siendo piedra angular de nuestro actual sistema político”-, el líder socialista se ha presentado en el Congreso de los Diputados como un hombre de Estado, con la responsabilidad y sensatez de la que careció Mariano Rajoy cuando declinó la oferta del Rey para afrontar la sesión de investidura que, a diferencia del líder del Partido Popular, Sánchez sí que ha sabido aprovechar para presentarse como la única solución viable para hacer frente a la crisis política y económica que acecha al país.   

“Frente al escapismo de Rajoy, yo busco formar un Gobierno (…) porque tenemos una causa común, que es nuestra patria, que es España”, dijo el candidato a presidente del Gobierno tras recalcar su apuesta por “un cambio que una a la sociedad en torno a un proyecto político que resulte aceptable más allá de los límites de cada uno de los electorados. Y que precisamente por eso, por abrirse a tantos y tan diversos, sea un proyecto político ilusionante”.

La perseverancia de Sánchez

Lo ocurrido hoy en el Congreso de los Diputados pone de manifiesto la resistencia y perseverancia de Sánchez, quien no abandonó la política ni cuando en la IX ni en X Legislatura pudo ocupar su escaño hasta bien entrados ambos mandatos.  Sánchez tampoco se dejó influir por las voces que tachaban de imposible su victoria en las primarias del PSOE, ni se amilanó cuando parte del partido se le echó encima tras el movimiento ‘maquiavélico’ con el que puso fin al reinado de Tomás Gómez en el PSM para consolidar su liderazgo y aupar al PSOE en las encuestas. Desde entonces y hasta hoy, Sánchez se ha visto obligado a afrontar muchos contratiempos.

Gracias a su obstinación -la misma que ha demostrado este martes-, no tiró la toalla cuando se daba por hecho el sorpasso de Podemos, calificó como históricos los resultados del 20-D para desesperación de los barones de su partido, aguantó la presión y fue retrasando los conclaves internos del PSOE de cara a ganar el tiempo suficiente para poder iniciar unas negociaciones para formar Gobierno que se preveían ‘envenenadas’.

Con estos precedentes, a nadie debería extrañarle la insistencia con la que Sánchez preguntaba una y otra vez desde la tribuna de oradores  “por qué no aprobar ya, la semana que viene” medidas de choque para crear empleo contra la precariedad laboral o un plan de emergencia social y reconstrucción de nuestro Estado de Bienestar.

"¿Por qué no empezar este programa de Gobierno la próxima semana?", reiteraba el socialista para desesperación de los dirigentes de Podemos.

Porque aunque Sánchez había llegado a la ceremonia de investidura sin números y casi sin posibilidades, el líder del PSOE volvía a poner sobre la mesa que si no suma él, no suma nadie. O dicho de otro modo: “No hay suma posible con partidos de la misma ideología, tenemos que mezclarnos”. Por eso tachó de absurdo discutir “sobre sillas”, en clara referencia a las reiteradas demandas de Pablo Iglesias para convertirse en vicepresidente.

Sin temor a las urnas

Sánchez, que nunca se cansa de resaltar que fue el primer secretario general elegido por el voto directo de los afiliados y se sacó de la chistera una consulta interna ideada para facilitar un pacto de progreso en contra del criterio  inicial del Comité Federal del PSOE, quiso dejar claro no teme a las urnas. Pese a ello, considera que “es tiempo para que tengamos claro que hoy no estamos en campaña electoral porque los ciudadanos esperan que seamos capaces de formar Gobierno". Pero si no es posible, advirtió a sus rivales políticos: “Mi fracaso hubiese sido rechazar el ofrecimiento del Jefe del Estado”.

Terminado el debate, los diputados del PSOE no ocultaron su satisfacción respecto al discurso de Sánchez: ‘Aunque pierda la investidura, Sánchez ya ha ganado’, comentaban  entre sí en los pasillos del Congreso; repitiendo el que frente a Podemos podría convertirse en su nuevo slogan electoral: “Nosotros ni  imponemos ni tenemos líneas rojas".