El populismo está de moda. Su presencia constante en los debates mediáticos, desde los platós de televisión a las redes sociales, demuestra que el concepto ha devenido marco teórico fundamental para comprender las experiencias sociales de nuestro tiempo.

No obstante, existe una cierta insatisfacción por el uso de “populismo” como un cajón de sastre. La noción sería una etiqueta, estropeada por hacer referencia a fenómenos muy diversos, cuyo uso ideológico busca despreciar o ensalzar a priori una determinada opción política.

El tribuno Gayo Sempronio Graco (154-121 a. C.) se dirige a la plebe. Grabado de Silvestre David Mirys (1742-1810). Wikimedia Commons

Populismos históricos

Un indicador valioso para abordar la cuestión puede ser la historia. “Populismo” es una idea que nos lleva a finales del siglo XIX. Hace referencia a movimientos sociales en dos contextos muy diferentes: Rusia y Estados Unidos.

Los populistas rusos (naródniki) idealizaron las tradiciones de las clases populares (fundamentalmente campesinas) y se enfrentaron a la modernización “occidental”, percibida como un peligro extranjero que disolvería los lazos sociales.

En Estados Unidos, el People’s Party agrupó a granjeros y pequeños empresarios que vieron cómo su sencillo estilo de vida era muy diferente al de una clase política “privilegiada” y “corrupta”.

Ambos fenómenos, aunque sucedieron en países diferentes, tienen algunas características comunes. Por ejemplo, la ambición de “acercarse al pueblo”. También, una intensa moralización de la política y la defensa de un discurso anti-establishment. Sobre todo, nos evidencian las tensiones propias de sociedades en procesos de modernización, que pasan de organizaciones tradicionales al incipiente capitalismo de masas.

Un siglo más tarde el populismo recorre algunas regiones de América del Sur. Políticos como Getúlio Vargas (1882-1954) en Brasil y Juan Domingo Perón (1895-1974) en Argentina protagonizan un segundo momento populista.

La demagogia y el carisma alimentaron hiper-liderazgos caudillistas de políticos que se percibieron como “guardianes de la justicia social”. En un escenario global polarizado, estos regímenes no se consideraban “ni capitalistas ni comunistas”. Así, el populismo sirvió de “tercera vía” capaz de estructurar una rígida comunidad política.

Tras el derrumbe de la Unión Soviética los países hispanoamericanos optan por dos caminos diferentes.

En Perú o Argentina, el populismo se renueva de la mano de líderes políticos -Alberto Fujimori (1938) y Carlos Menem (1930), respectivamente- que desconfiaron del socialismo y optaron por las políticas neoliberales del llamado Consenso de Washington.

Resultan opuestos los casos de Bolivia, Ecuador o Venezuela, donde se propuso la transformación del orden social hasta entonces vigente a través de asambleas que crearon nuevas constituciones. Se reforzaron los mecanismos de intervención en las instituciones y la democracia dejó de concebirse como mera representación y pasó a encarnar la misma “voluntad del pueblo”, una idea siempre peligrosa en política pero muy querida por los populistas.

Día 60 de la protesta Occupy Wall Street (2011). David Shankbone / Wikimedia Commons, CC BY-SA

El populismo, hoy

El “populismo” de nuestros días no se entiende sin una referencia a las transformaciones sociales y políticas que han caracterizado nuestro presente: la crisis de la democracia representativa y las instituciones de mediación política, la irrupción de los social media, las alteraciones en la composición de clase de la comunidad política y el vaciamiento de la soberanía de algunos estados-nación.

Con semejante trasfondo, una cuestión central que no podemos perder de vista: el discurso del “fin de la historia” o “fin de las ideologías” ha llegado a su fin.

Durante las últimas décadas, a través del proceso de “globalización”, hemos asistido a la progresiva asimilación entre los dos polos del eje izquierda-derecha, hasta el punto de que ambos bloques ideológicos han perdido su contenido político y social para asumir el encargo de una gestión supuestamente neutra (“gobernanza”), tomando como guía los mandatos de “modernización” y “eficacia”.

Tanto la izquierda habría abandonado sus reivindicaciones sociales y económicas más radicales como la derecha se habría adaptado al paradigma socialdemócrata. Las diferencias, entonces, quedarían referidas a cuestiones que podríamos denominar pre-políticas o que solo son políticas bajo determinadas condiciones: la defensa de ciertos colectivos, el aborto, la eutanasia, etc.

En nuestros días, sin embargo, se habría renovado la polarización política, solo que en otros términos, cuyo enfoque y alcance merece un estudio profundo: el pueblo contra las élites.

Esta reaparición de la idea de un “pueblo” virtuoso frente a una “élite” corrupta protagoniza los movimientos sociales que surgen en respuesta a las consecuencias más fatales de la última crisis económica: precarización laboral, desaparición de expectativas de progreso personal y social, privatización de servicios públicos, primacía del pago de la deuda sobre otras funciones del Estado, etc.

Es en este punto donde “populismo” empieza a decirnos algo, sin dudas todavía oscuro y confuso, sobre la forma que adopta la lucha de clases en el siglo XXI.

Los indignados

Occupy Wall Street en Estados Unidos o el movimiento de los Indignados en España son ejemplos de ello. En estas protestas, una clase media con estudios superiores y otros estratos sociales fuertemente precarizados se movilizaron al ver rotas sus expectativas de reproducción social y, en definitiva, el derrumbe de aquello que se ha venido llamando “Estado del bienestar”.

El hecho de que la cuestión se planteara como una oposición entre el “99%” de la población y el “1%” da buena cuenta de cómo la crisis afectó profundamente, aunque de manera desigual, a todas las clases sociales subalternas. En este sentido, tal y como la famosa -y discutible- teoría populista de Ernesto Laclau (1935-2014) y Chantal Mouffe (1943) nos recuerda, lo político surge allí donde es posible articular un “nosotros” frente a un “ellos”.

Actualmente, la indefinición y liquidez que caracterizan el concepto de “populismo” abre un peligro: el rechazo de cualquier alternativa política no asimilable a los principios políticos neoliberales por el mero hecho de ser calificada como “populista”, creyendo haber conjurado así al fantasma. La importancia de un análisis íntegro, racional y prudente del populismo consiste, precisamente, en que nos ofrece el punto de partida para la crítica social del presente.The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.