Los efectos de la llegada de la “nueva política” al Congreso de los Diputados son múltiples y variados. Para algunos, la prueba es el calzado de algunos diputados, más aficionados a las Converse que al mocasín, o su indumentaria carente de corbata, como el primo moderno que siempre da la nota en las bodas. Otros se fijan en los discursos, con perlas de las lenguas “periféricas”, o remarcados con puños en alto y besos en el boquino como colofón.

Aún no se ve a ningún socialista vestido de Alcampo, y mucho menos a diputados del PP luciendo barba de tres días. Sin embargo, sí hay una característica de los nuevos que ha infectado a los viejos: el lenguaje.

La cámara ahora se divide en dos bandos. A un lado, quienes, aprovechando el cuarto centenario de su muerte, se han instalado en un continuo homenaje a Miguel de Cervantes y salen a la tribuna para mentar al Bálsamo de Fierabrás, tachar a sus rivales de “chisgarabises” y hablar de vodeviles y rigodones. En este grupo, por ahora, sólo encontramos a Mariano Rajoy haciendo un esfuerzo de instrucción literaria que, por citar al personaje, sería “verdaderamente notable” si fuese un profesor de instituto pero que, como político, demuestra lo alejado que está de la sociedad.

En el grupo contrario, que sepamos, están todos los demás diputados, que se han puesto las pilas a golpe de red social y hasta hablan de “culos” e “higas”. Una estrategia acertada, ahora que hasta el CIS se interesa por cómo interaccionan los españoles y acabamos de saber que el 100% de los menores de 25 años usan Whatsapp y la mitad de ellos mira sus mensajes en el móvil “continuamente”.

Así, encontramos que casi todos nuestros dirigentes disfrutan usando la palabra “postureo”, término que la RAE aún no recoge (redirecciona a costureo, una palabra chilena para la acción y efecto de coser artesanalmente), pero que es trending topic en las redes. El palabro, como el ColaCao, lo utiliza el podemita y lo usa el socialista. Hay registros de su uso por parte de Errejón, de Chacón, de Villalobos y hasta el propio Rajoy coqueteó con ella, aunque enseguida aclaró que “eso antes se llamaba marear la perdiz” para no perder votos entre los seguidores del culteranismo gongoriano que él profesa.

Al final, hemos llegado a la redundancia de que hablar de “postureo” es postureo. Pero más allá de esa frontera, más allá de los gestos y el ritmo picadito traído de los platós de televisión, el contenido sigue siendo la clave. Y por mucha sorna que le pongas, o intentes dar una de cal viva y otra de arena, llamar terrorista de Estado a un presidente del Gobierno suele dar mala imagen. Más incluso que las continuas acusaciones de vínculos con Venezuela, ETA o el señor que inventó el abrefácil.

Los resultados los vimos este lunes: Podemos baja en todas las encuestas, mientras que sus confluencias se mantienen. PSOE y Ciudadanos suben y el PP se estanca. Pequeños cambios que nos dejarían en la misma situación pero que demuestran que nuestro roto institucional necesita menos postureo y más costureo.