Sexta película del director húngaro Kornél Mundruczo, White God, se mueve entre varios géneros cinematográficos para relatar una historia metafórica sobre el paso a la madurez, por un lado, y sobre la exclusión social por motivos raciales, por otro. De un tono amable a la violencia desatada, White God posee unas imágenes impactantes y una gran sentido musical.


Al comienzo de White God vemos una ciudad casi desértica, con coches abandonados en medio de las calles con prisa. Algo ha sucedido. Una joven transita en bicicleta entre el vacío cuando de repente, un grupo de perros la persiguen. Así termina la magnífica apertura de la nueva película del director húngaro Kornél Mundruczo, quien tras seis largometrajes ha evolucionado desde un estilo cercano al realismo sucio, de imagen granulada y cámara en mano, a uno más limpio en el que elementos fantásticos se introducen en pantalla para conformar una realidad ficcional más amplia y compleja.



White God comienza como un drama familia cuando la joven Lili y su perro, Hagen, deben pasar una temporada con su padre: su madre y su nuevo compañero deben marcharse del país por viaje de negocios. La confrontación entre padre e hija tiene, entre otras cosas, a Hagen como elemento de discordia, sobre todo cuando un funcionario del gobierno exige un pago por tener a un perro que no es de raza pura. A partir de ahí, el drama se encamina hacia otros derroteros tras el abandono de Hagen, quien deberá sobrevivir en la ciudad junto a otros perros que, al igual que él, no son de pura raza. Y así hasta un desarrollo final en el que se produce una imposible, aunque en la ficción acaba siendo factible, revolución canina que toma la ciudad.


Mundruczo juega con varios tonos, del más amable en un comienzo a esa hiperviolencia que se apodera del relato al final. También juega con diferentes géneros, creando una mezcla de realismo visual y relato fantástico muy productivo. Porque al final, el contenido metafórico del relato acaba teniendo su mejor marco en un contexto cercano al fantástico. Mundruczo no modifica en momento alguno su estilo visual, dejando que ese contenido en teoría irreal acaba introduciéndose en la realidad de la ficción de manera natural, borrando los límites y creando una esfera de lo real diferente.



Y dentro de esa visión, Mundruczo puede llevar a cabo todo un relato crítico sobre la exclusión social y el racismo desde la irracionalidad a la par que una historia sobre la identidad y el lugar que se ocupa en el mundo y su búsqueda a través de una joven que comienza a dar un paso hacia la madurez y se encuentra ante un mundo hostil en el que la violencia se presiente en los pequeños gestos, en los detalles, esperando a manifestarse en cualquier momento. Los perros acabarán llevando a cabo una brutal venganza que no es otra cosa que una suerte de revuelta producto del dolor que han ido acumulando durante mucho tiempo por ser diferentes. Una metáfora tan efectiva como directa que tiene, además, un final magnífico, con unas imágenes de gran potencia que concluyen una película abierta, sin una resolución clara, pero que llaman a la concordia y a la aceptación.