Con apenas cuatro películas, el director norteamericano Jim Mickle se ha convertido en un director de culto, estrenándose las dos últimas en apenas un mes, Frío en julio ya, ahora, Somos lo que somos, rodada antes que aquella, un relato de terror sobre el fanatismo religioso.


Mickle comenzó su carrera en 2006 con Mulberry Street, a la que siguió con Vampiros del hampa (Stake Land), en 2010, dos películas de terror que ajustándose a las directrices del género se adecuaban más a un sentido gore, más explícito, que en su tercer largometraje, Somos lo que somos, la cual tiene más puntos en común con Frío en julio que con las dos anteriores, evidenciando un cierto cambio en el estilo.



A partir del guion de la película Somos lo que hay, dirigida en 2010 por Michel Grau, Mickle en Somos lo que somos elabora un relato de terror basada en la sugestión y en la creación de atmósferas, tanto sonoras como visuales, creando una textura que atrapa al espectador en su malsana construcción, idea que rompe tan solo en su exagerado e innecesario final, una auténtica salida de tono que recupera al Mickle de las primeras películas, algo parecido a lo que sucede en Frío en julio en su resolución. Pero ambas están también unidas por la búsqueda de Micklede, a partir de dos géneros diferentes, indagar en los personajes, en la creación de unas realidades que suponen trasuntos casi infernales. De hecho, ambas películas pueden verse como un interesante díptico.



A partir de una fotografía en tonos sepias, Mickle crea un relato que aunque contextualizado claramente en la actualidad, posee un aspecto casi atemporal, suspendido en el tiempo, recordando con ese cromatismo a unas fotografías antiguas. Una manera de unir el pasado con el presente, de mostrar cómo la herencia (que no se puede desvelar) que ha ido pasando de generación a generación ha creado un núcleo familiar malsano y enfermizo prolongado en el tiempo. A partir de la pantalla ancha, Mickle trabaja los espacios tanto interiores (es excelente el partido que saca a la casa familiar) y los exteriores, recordando a cineastas como Terrence Malick o Jeff Nichols, salvando las distancias, en su acercamiento a los paisajes sureños, aunque con unas intenciones bien diferentes. El trabajo con los sonidos ambientales y con la música, unida a esa visualización, crea un sentido de extrañeza de la realidad, denotando que bajo la superficie de lo que se ve hay algo más. A este respecto, resulta interesante que unas fuertes tormentas sean las que destapen algo que, precisamente, estaba enterrado, jugando con cierta iconografía religiosa que se adecua muy bien con la trama de la película.



Mickle toma del original mexicano el grueso de la trama para hilvanar un relato gótico en el que se dan la mano una historia de investigación y otra de terror que acaban fusionándose para que el director lance una mirada hacia el fanatismo religioso, en este caso enmascarado por una insana y perturbadora tradición, sobre la propia construcción de la familia y su, a veces, enfermiza unión. Y lo hace mediante un relato que impacta por su progresiva evolución y por el perfecto trabajo en su ritmo, por unas magníficas interpretaciones y por su alejamiento del efectismo de gran parte del cine de terror contemporáneo. Lástima que el flashback explicativo y el final acaben por lastrar a un conjunto que apuesta por el minimalismo expresivo en busca de una progresión atmosférica como vehículo del terror antes que por la acumulación de sustos, giros y efectismo.