Sacar partido a un éxito es una estrategia casi tan vieja como el propio cine, aunque quizá no sea algo a lo que estemos acostumbrados a ver en el cine español, Posiblemente las dos entregas de Al otro lado de la cama y la saga Torrente sean los casos más llamativos de los últimos años; y casi únicos. Por eso era de esperar que Ocho apellidos vascos tuviera una continuación que, a partir de los réditos en taquilla de esta segunda entrega, es más que probable que acabe teniendo una tercera parte. El territorio español da para buscar otras regiones. O bien para seguir con lo planteado, que ya es bastante y ya encontrará el camino para ello. Lo anterior viene a cuento a que Ocho apellidos catalanes tiene su sentido desde un punto de vista comercial; pero, después de ver el resultado, no tiene otro.


A pesar de tener un arranque con algunos momentos que más o menos funcionan, pero siguen explotando el choque entre vascos-andaluces, la película se va progresivamente introduciendo en una desidia en la que, durante un buen tramo, ni se molestan en buscar la risa del espectador. Aunque sea de forma abrupta o manipulada. La frescura –otra cosa era la calidad del conjunto- de Ocho apellidos vascos se pierde en esta ocasión con una producción mucho mayor que tan solo sirve para dar mejor empaque a la producción. Pero poco más.



Si bien es cierto que hay un cierto intento de alejarse del modelo anterior, la verdad es que Ocho apellidos catalanes funciona tan solo cuando recurre, precisamente, a los conflictos de la película anterior, especialmente con una Karra Elejalde que disfruta en su papel y que posee los mejores momentos de la película, junto a un Dani Rovira cuyo personaje pierde fuerza bastante fuerza y solo la consigue con plenitud cuando interactúa con Elejalde, pareja en la que se sustenta lo mejor, que no es mucho, de esta secuela. El resto queda algo varado. Que no se haya sacado más partido a una actriz como Rosa María Sardà, resulta estrambótico. Carmen Machi logra desde su posición secundaria aportar algo más. Berto Romero en su papel de hipster catalán no consigue crear un personaje, sino una imitación televisiva que, aunque certera en su representación, acaba resultado tan caricaturesca que pierde sentido y gracia. Sobre Clara Lago, poco que decir salvo su incapacidad para la comedia.



Y si los actores en su conjunto no están a la altura, algo que sí sucedía en Ocho apellidos vascos y acababa salvando gran pare de la propuesta, poco se puede esperar de esta segunda entrega, sin apenas inventiva visual y con un guion que flaquea considerablemente, sobre todo cuando nos introduce en los terrenos de la comedia romántica más empalagosa y manida que acaba ahogando las buenas ideas que surgen de manera intermitente durante la película y que van quedando desechadas en aras de una historia más rutinaria. Esto conlleva que la parte pretendidamente políticamente incorrecta, la mirada a la idiosincrasia catalana acaba siendo más un recurrir al tópico de la misma que a una mirada medianamente incisiva hacia a ella. Algo así pasaba en Ocho apellidos vascos, pero funcionaba mucho mejor. Será que los vascos dan más juego que los catalanes, aunque, como pasaba en la primera, en la segunda los andaluces nuevamente acaban siendo los que peor salen parados (aunque sea desde la amable gracia).


En definitiva, Ocho apellidos catalanes hace mucho mejor a Ocho apellidos vascos, quizá su mayor, por no decir que único, logro.