Podría decirse que el día que conocí a Ricky fue el verdadero comienzo de este relato, su causa inmediata. O si el relato empezó mucho antes -en mi infancia, en la casa gris-, podría decirse que conocerlo fue una especie de final. En el trayecto narrativo de Nada más real que un cuerpo (Libros del asteroide) se alternan dos direcciones, dos carriles. Una intersección: la propia autora, Alexandria Marzano-Lesnevich, y sus interrogantes. En un caso, desde la distancia de quien intenta comprender. En el otro, desde la proximidad de quien intenta superar una cicatriz aún en el interior de su cuerpo, tanto física como emocional. La primera dirección es otra historia que investiga, la de Ricky Langley, pedófilo de 26 años que, en 1992, confesó haber asesinado a un niño de seis años, y fue condenado a la pena de muerte, sentencia que fue revocada ocho años después cuando la madre del niño declaró en su defensa (calificándole como alguien que también necesitaba ayuda). La segunda dirección, la evocación de su propia infancia. Su casa gris. Una historia y otra están entrelazadas, en principio, como una primera capa, y el limo bajo esa superficie. Pero la primera historia, o las interrogantes que intenta esclarecer sobre ese caso, no es sino una pantalla de reflejos sobre la que lograr enfocar su propia vivencia. Porque tras situarnos en el escenario de su infancia, se revela esa herida interior que aún no ha superado, el abuso sexual que sufrió por parte de su abuelo

Me siento cansada y me duele todo el cuerpo desde muy dentro. Tumbada en mi cama por la noche a la luz amarilla de la lámpara-muñeca, estoy sola, pero noto las manos de mi abuelo reptando por mi cuerpo. Por eso me parece normal que me duela. No hay manera de escapar de los recuerdos; no cuando vienen de dentro.

Alexandria habla desde dentro. Se desentraña, aunque se evidencie cuán difícil es desentrañar la realidad. Y aún más por cómo, por añadidura, para aún complicarlo más, se sepulta entre apariencias que se tornan espesura por la conveniencia o el miedo. Es aún más inextricable, porque somos tan complicados que llegamos a ser retorcidos. Retorcemos la realidad, y la hacemos sangrar así como la distorsionamos, a veces a un mismo tiempo, ahogándola en capas que son costras o cortinas de humo. En la narración de Nada más real que un cuerpo se alternan los tiempos, los relatos de sus evocaciones personales y las reconstrucciones, según informes y testimonios, combinadas con las licencias especulativas, reconocidas por la propia autora, de su aproximación con los modos de la ficción, sobre los sucesos relacionados con aquel asesinato, pero también sobre su alrededor, y eso implica, el tiempo pretérito, la propia infancia de Ricky, pedazos de vidas de los otros alrededor, familiares, vecinos, conocidos, involucrados o no, también tan difusos, tan difíciles de descifrar.

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Por eso, el trayecto narrativo fluctúa entre reflejos y espirales. Preguntarse quién era Ricky, por qué era cómo era, pero también por qué la madre del niño asesinado decidió abogar para que no le condenaran a muerte porque creía que también necesitaba ayuda, es preguntarse por qué le ocurrió a ella lo que ocurrió, el daño que padeció, como si encontrando alguna raíz consiguiese al menos enfocar lo que en su cuerpo es desorden del que no ha logrado desprenderse, como si aún fuera una segunda piel: ¿cómo puede conciliar la furia y el pesar, cómo puede sentir, encajar, ¿puede?, lo que le hizo su abuelo, lo que calló el resto de su familia, silencio o negación que permitió que creciera con esa torsión de cicatriz adherida a sus entrañas?. Su primera experiencia sexual no dejó de ser un pulso con aquella huella que la apretaba desde sus entrañas: Por una vez, cuando sus labios encuentran los míos es como si borraran del pasado, como si borraran el recuerdo del besuqueo pegajoso de mi abuelo, y si me concentro en la sensación oscura y húmeda de su lengua en mi boca consigo que todo lo demás desaparezca. Mi pelea con el pasado aquella noche es como un baile: primero, sentir a Dima, después, el pasado, y al fin me vuelvo entre sus brazos y otra vez es él. Todos los yoes que alguna vez he sido están en la cocina, apretados contra la blanca superficie fría, dura y suave de la nevera. En su época universitaria su cuerpo reflejaba cómo buscaba desvíos con los que autoinfligirse un daño que la entumeciera con la coraza de la insensibilización: Me doy asco, con mis huesos y los bultos de la columna y los moratones que, si paso demasiado tiempo sentada en una silla dura, se desparraman por el saco de piel que antes era mi culo. El asco reconforta. No me siento atractiva, pero sí me siento segura. Esa cicatriz interior se convierte en un agujero negro, en un peso gravitacional que le precipita, pese a que encuentra la estabilidad sentimental, hacia la apatía que quiere eludir las dolorosas contorsiones que las preguntas pueden suscitar: De acuerdo, pienso. Me quedaré aquí. Seguiré con los ojos cerrados, y el mundo seguirá negro y no tendré que darme prisa por nada. No tengo que enfrentarme a los archivos. Puedo llegar a la conclusión de que venir aquí ha sido un error, de que puedo vivir con la historia de Ricky y mi pasado sin resolver. Puedo vivir con el miedo que estalla dentro de mí con demasiada frecuencia cuando Janna me acaricia y con la rabia y la pena que siento cuando estoy en casa de mis padres. Puedo vivir con todo; puedo resistirlo todo. Siempre que se quede donde está.¿Y entonces qué?¿Seguir tan estancada como antes?

Alexandria forcejea con las preguntas, forcejea para propulsarlas porque son su faro entre tanta oscuridad o espesura difusa que, sobre todo, ha dejado un dolor sordo que la atraviesa como una sombra permanente. Indaga en aquellos otros dolores, en los de Lorelei, la madre del niño asesinado, en los de Bessie, la madre del hijo asesino, en las vidas paralelas de matrimonios que quizá escondían otras violencias o heridas. Incluso, en la familia que había acogido a Ricky, en la casa donde asesinó a aquel niño, amigo de los dos hijos de esa familia: ¿Por qué tres meses después el padre se estrelló con su moto, con su hijo como pasajero, contra el segundo vagón de un tren que podía advertirse llegar en la distancia?. Indaga en busca de pautas en las que reconocerse, como una guía entre tanto dolor y desvalimiento.

¿Cómo puedo explicar que estoy intentando buscar los orígenes de esta historia porque no soy capaz de encontrar los orígenes de mi propia vida?¿Que necesito entender cómo enterró Bessie a sus hijos, porque en ella está Lorelei, y en ella, mi madre?¿Que necesito entender que el amor había deformado lo que Bessie era capaz de ver, porque en su hijo está mi abuelo, en Bessie está mi abuela, y en toda la historia el repiqueteo de los tacones de Lorelei cuando atraviesa el pasillo de la sala para abogar por la vida de Ricky, y la fuerza de la mano de mi padre cuando aúpa a mi abuelo al coche para cruzar el puente y traérnoslo a casa? Estamos en un cementerio. Pero para mí el pasado no está en el suelo. El pasado está en mi cuerpo.

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La narración se despliega como una fractura, salta entre escenarios distintos, y tiempos diferentes. Los nexos resultan escurridizos, difusos, en ambos relatos. Alexandría se hizo abogada. De hecho, cuando tenía 25 años es cuando supo de Ricky, esa interrogante, esa fisura, reflejo de su propia herida. Investigó su caso. Y en paralelo también buscaba respuestas para su propia vivencia. Porque ¿cómo logras superar tu herida si sientes tus recuerdos como una película ennegrecida? Algo se te escapa, como si no hubieras estado presente, como si faltaras en ciertos pasajes de tu propia película, como si el núcleo, el centro, se hubiera difuminado, y tú con él, y te hubiera convertido en un espectro errante que siente el miembro fantasma en el interior de tu cuerpo. Y se acrecienta ese desvalimiento si te confrontas al silencio que niega, como si lo que tu cuerpo sufrió no hubiera sucedido. Se niega, por tanto tu herida, y tu presente continuo anclado al garfio del pasado. Se corrió un telón sobre unos hechos que se conocían. Se miró a otro lado, y se integró en la película compartida por todos, como una capa superficial que se encaja como una prótesis de vida, como si la misma vida se constituyera en una prótesis. Unos y otros se relacionaban en un escenario falsificado: Y no, a la pregunta evidente, mi madre contestó no, aunque yo no me había atrevido a preguntárselo claramente. No recordaba que mi abuelo hubiera abusado de ella ni de sus hermanos.

Me llegaron cinco correos electrónicos. Y tan de repente como habían empezado, los correos dejaron de llegar,

Eso es todo. Eso es todo lo que tengo. Solamente esos correos, mis recuerdos como una tira de película ennegrecida en medio y el silencio de mi madre. No hay archivos de un juicio que pueda consultar, mi miles de páginas que inspeccionar, ni respuestas. Porque, aparte de todo lo que fuera mi abuelo, hay otra cosa cierta: que se fue de rositas.

¿Cómo sientes tu vida si se niega lo que viviste?. Si las sientes como una casa que no encuentras, una dirección que no parece existir, como cuando Alexandria busca, años después, la casa en la que encontraron el cadáver del niño asesinado. Como si no lograra encontrarse a sí misma, porque el relato de su vida es el de la distorsión y la omisión. ¿De qué manera constituimos los relatos de nuestras vidas? Por eso, cómo podemos discernir cómo es el otro, cómo comprender por qué hizo lo que hizo si quizá lo que hizo no sea tan evidente como creemos, cómo los relatos establecieron. Porque quizá sea sólo un relato, una versión, no un hecho.

Con el paso del tiempo, sin embargo, empieza a parecerme casi normal no dar con la casa. Es la sensación de perseguir un recuerdo que se te escapa justo cuando empiezas a atraparlo. Claro que es peligroso incorporar la metáfora a la vida; huele a deseo de atribuir significado a la cruda realidad, pero ¿no es lo que ocurre con toda esta historia? Todos los hechos de este caso se me escapan en el momento en que intento captarlos. En los archivos se menciona a veces que Ricky es rubio, pero yo he estado enfrente de él -aún no hemos llegado allí-, y puedo asegurar que tiene el pelo castaño oscuro. Lorilei escribió una carta al periódico American Press quejándose de que el fiscal repitiera una y otra vez que Jeremy tenía el pelo rubio y ojos azules, cuando sus ojos eran castaños. Alcide quería que Bessie abortara cuando los médicos dijeron que el niño nacería con muchas lesiones, pero Bessie, muerta de pena, se negó. O Bessie quería abortar, pero Alcide era cruel y no la dejó. Alcide era un padre cariñoso o pegaba a sus hijos. Lyle era un sustituto de padre cariñoso, al que realmente se sentía unido Ricky, o una vez le dio tal paliza a Ricky que Judy tuvo que apuntarle con una pistola para que lo dejara en paz. Mi hermana Nicola decide considerarse una persona de la que nunca han abusado, cuando yo recuerdo la sombra de mi abuelo al inclinarse sobre su cama, el crujido de las sábanas debajo de sus manos. Tengo una cicatriz dentro de mí, pero no puedo recordar qué la causó. Ricky abusó de Jeremy antes de matarlo; Ricky no abusó de Jeremy, pero lo mató; Ricky mató a Jeremy y después abusó de él; Ricky mató a Jeremy por intentar no abusar de él.

Tres juicios y ni aún así podrán concretarse los hechos. Parece normal que una casa se mueva, se desplace, se desvanezca.

La realidad se desplaza, como placas tectónicas inestables, incluso se difumina como si no estuviera ahí. Los relatos maquillan, tergiversan, eluden las preguntas incómodas que buscan el enfoque preciso. Ricky es un territorio desconocido, es el griterío de sus preguntas desesperadas, es el fantasma de su dolor, pero también el reflejo al que poder dotar del cuerpo que también sufrió heridas, que también sintió desvalimiento, que forcejeó con sus cicatrices no cerradas como ella. Nada más real que un cuerpo. Nada más que un cuerpo es real.

El veredicto era una contradicción jurídica.

Así que pensé que, ante la cuestión de si Ricky debería vivir o morir, el jurado se negó a tomar esa decisión. Pero ya me he dado cuenta de que estoy intentando salvar un espacio para la confusión en todo lo que ocurrió. Lorelei no perdonó a Ricky, pero tampoco quería que lo mataran. Mi abuelo hizo lo que hizo, y siguió siendo mi abuelo. El derecho – con la implacable defensa de un relato por cada parte- nunca ha sabido qué hacer con este complejo término medio. Pero la vida está llena de términos medios.

Ahora veo de otra manera el veredicto. Aunque el veredicto que dio el jurado es legalmente incoherente, lo que me sorprende es su elegancia, la belleza humana. Expresa lo que no puede ser cierto en el derecho, sino sólo en la vida: que Ricky es y no es responsable. En las leyes que les expusieron a los miembros del jurado no tenía cabida ese término medio. Lo crearon, como abriendo un hueco en el derecho, inventando una categoría que no existe.

Ricky.

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La mirada de Alexandria se desprende de las redes que impiden mirar de frente nuestros recovecos más oscuros y turbios, no busca la autocomplacencia, no busca la satisfacción de un despecho, no objetualiza, no transfiere su intemperie para sentirse segura en el juicio sancionador. Deja que sus heridas se entrelacen con las interrogantes, esas que escarban en nuestro limo, esas que saben que los juicios son difíciles, porque el pálpito real de la vida es el que vibra en ese término medio. El que inflige daño quizá también lo sufrió, a la vez se es responsable y no se es. ¿Cómo enfocas en lo difuso?. Miras al abismo, miras de frente a tus heridas, a la oscuridad que te infligió daño, y aunque el abismo te mire a ti, sabes resistir con las preguntas y una certeza: que no quieres infligir daño a los demás.

Llevo el recuerdo dentro de mi cuerpo y no puedo controlarlo, ni siquiera puedo rebuscar ahí dentro y eliminar el recuerdo. Sigo queriendo eliminarlo. Sigo queriendo librarme de él. Pero sé que tengo unos límites, que nunca veré, que nunca comprenderé. Arrastramos lo que nos hace como somos.