En su octava película, Quentin Tarantino regresa al western, combinado con el thriller de salón, para crear una obra en la que se introduce en las heridas todavía abiertas de la Guerra de Secesión norteamericana para lanzar una mirada, sutil, sobre los pilares en los que acabaría asentándose el país. Las últimas revueltas raciales en Estados Unidos resuenan en una película que es, en algunos sentidos, la obra total de Tarantino hasta la fecha.


El western ha estado presente en la filmografía de Tarantino desde su ópera prima, Resevoir Dogs, neo-noir que, en el fondo, era una reescritura –o remake encubierto o cómo se quiera definir- de Río Bravo, pasado por los dos volúmenes de Kill Bill, especialmente el segundo, y Malditos bastardos, y terminando, ya de manera abierta, en Django desencadenado. No resulta extraño, dada la referencialidad continúa de Tarantino, que recurra a un género tan genuinamente norteamericano, aunque, curiosamente, lo haga en muchos casos más desde el spaghetti western. En cualquier caso, que haya vuelto al género en Los odiosos ocho parece casi lógico. Y que lo haga desde una perspectiva bien diferente a la de su anterior película pero a su vez cercana temáticamente: si en Django desencadenado llevaba a cabo una visión de la esclavitud, en Los odiosos ocho, con un tono algo más severo, aunque igualmente desinhibido, nos muestra un Estados Unidos que todavía no ha cerrado sus heridas tras el fin de la Guerra de Secesión, que quizá no haya arreglado nada en realidad, y, ampliando el discurso, plantea, como esa carta de Lincoln que funciona a modo de mcuffin, que toda la construcción del país, desde entonces, viene dada desde una construcción ficticia asentada, en realidad, en un odio que ha permanecido. Y los últimos enfrentamientos entre la población negra y la policía en Estados Unidos, la política racista planteada por los republicanos en su camino a la Casa Blanca, no hacen sino demostrar que puede que así sea. No olvidar, además, la actitud combativa de Tarantino con respecto a todo lo anterior.



Los odiosos ocho comienza con una diligencia acercándose por un paisaje nevado con una enorme cruz premonitoria: comienza un camino de redención o de castigo, según se quiera ver, para los personajes. A partir de ahí, Tarantino construye una película a base de capítulos –marca de la casa- en la que la linealidad temporal se rompe en un momento dado –y muy preciso- para regresar a un momento previo, algo que rompe de alguna manera el ritmo de la película pero amplía, a su vez, su significado. Una construcción modélica y medida que viene acompañada de una puesta en escena elegante en la que Tarantino, además, se permite en el comienzo de uno de los capítulos de intervenir como narrador para dar pistas sobre algo que ha sucedido fuera de campo mientras asistíamos a una de las secuencias cumbres de su carrera. Algo que convierte a la Los odiosos ocho, como todo el cine de Tarantino, en una suerte de juego que, en esta ocasión, además se amplía en tanto a que, una vez encerrados los personajes en la cabaña, aparece un sentido del misterio, de thriller de salón, que convive con el western de manera más que natural, en una unión de géneros que pocos cineastas son capaces de conjugar. Uno de ellos, claro está, es Tarantino.



Y aunque es evidente que en Los odiosos ocho el cineasta ha vuelto a introducir referencias, estamos ante la película “más Tarantino”, en la que sus marcas de identidad se hacen más fuertes e importa menos si hay o no alguna cita visual. Los tremendos y agotadores diálogos, la capacidad del cineasta para romper el espacio escénico reducido y dotar de sentido a los elementos y a los personajes mediante la puesta en escena, la magnífica dirección de actores –en especial Samuel L. Jackson, Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh, están espléndido, con la actriz a la cabeza- y una música compuesta para la ocasión por el gran Ennio Morricone, hacen que Los odiosos ocho sea una película de Tarantino sin necesidad ya de mirar hacia su capacidad cinéfila para absorber imágenes previas.



Así, Los odiosos ocho puede verse como la obra total de Tarantino hasta la fecha, la más depurada en muchos sentidos gracias a que el director ha creado ya un mundo propio dentro del cual se mueve con soltura. Está todo su cine resumido en una obra que tiene sus mejores momentos hasta que la violencia se desata, que es cuando la película toma un cariz más grotesco para que la sangre y la violencia sean tan caricaturescas que no puedan ser tomadas realmente en serio. Crea una distancia conveniente gracias a un excesivo hiperrealismo. Pero lo que importa, en realidad, es la violencia atmosférica, de tono, que recorre toda la película. Una violencia que está en el interior de unos personajes que en cualquier momento pueden desatar la locura a base de tiros o a hostias. Una violencia de una país, como decíamos, que todavía siente las heridas abiertas de una guerra que ha dejado al país territorialmente unido, en apariencia, pero demasiado dolido entre sus partes. Ahí, Los odiosos ocho gana enteros por el discurso implícito en la acción y que viene dada por la narración sin necesidad de enfatizar las ideas. Así, con un final tan soberbio como excesivo, todo queda claro después de casi tres horas de intensidad verbal y visual de una película que, como sucede a menudo con el cine de Tarantino, no gustará a todo el mundo. Y más en esta ocasión, que Tarantino ha querido ser Tarantino antes que otro.