Mi núcleo interior comenzaba a expandirse, como siempre me sucedía antes de un estallido de violencia, como un bote de tinta que se vuelca y cubre todo el marco de mi mente con su contenido incesante e infinito. Empecé a notar un picor y un hormigueo en la piel y el cuero cabelludo, y me convertí en una persona diferente de mí, o en un segundo yo, y esa persona estaba encantada de salir de las sombras hacia el mundo de los vivos donde podría hacer lo que le viniese en gana. Me sentía a la vez perdido y desgraciado, y me pregunté: ¿Por qué me entusiasma esta transformación en animal? Empecé a respirar agitadamente, mientras que Charlie seguía silencioso y tranquilo, y con un gesto me indicó que también yo permaneciese callado. Estaba acostumbrado a controlarme así, provocándome y controlándome en la batalla. Qué verguenza, pensé. Verguenza, sangre y degradación. Es el forcejeo interior de Eli Sisters, interpretado en Los hermanos sisters (The sisters brothers 2018), de Jacques Audiard, por John C Reilly, quien adquirió en el 2011 los derechos de la excelente novela homónima del escritor canadiense Patrick DeWitt. El trayecto narrativo comienza en la oscuridad como un bote de tinta que se vuelca y cubre todo el marco de mi mente con su contenido incesante e infinito, una oscuridad, su núcleo interior, en la que destacan sólo los fogonazos de unos intercambios de disparos, el estallido de violencia, y concluye con la armónica conciliación, admirablemente condensada en unos movimientos de cámara que conectan diferentes momentos como si ya se hubiera materializado la continuidad que proporciona la sensación de residencia.

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En el principio, la oscuridad, los añicos de los fogonazos, y la distancia, la distancia del cristal: Eli observa cómo tras una ventana su hermano habla con el comodoro (Rutger Hauer), aquel que les contrató para ese trabajo inicial que determinó la muerte de varios hombres y caballos, unos tiroteados, otros ardiendo, aunque intentara salvarles de las llamas. Verguenza, sangre y degradación. Su hermano Charlie disfruta de su trabajo como pistolero contratado, disfruta incluso del mismo ejercicio de la violencia. Eli no. Pero es su hermano. Esa diferencia de actitudes, de sentir lo que hacen, no deja de ser recurrente cuestión de tirantez. Eli es un pistolero pero no carece de escrúpulos, y no deja de ansiar ese retiro en una vida tranquila con la que no se inflija daño. Pero en su trayecto no deja de toparse con la violencia, el daño y la muerte, sea con aquellos a los que se enfrentan, o sea una araña que le pica cuando se introduce en su boca. Incluso, su caballo sufre una herida en un ojo cuando es atacado por un oso, como si esa herida en el ojo se correspondiera con la que él sufre por llevar una vida que no desea vivir, esa insatisfacción que le abrasa como aquel caballo que contemplaba correr en llamas, aunque no deje de brotar, de cuando en cuando, un segundo yo, y esa persona estaba encantada de salir de las sombras hacia el mundo de los vivos donde podría hacer lo que le viniese en gana. Eli no quiere que salga de las sombras. Quisiera salvar a ese caballo en llamas que arde dentro de él.

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El trayecto narrativo se divide en dos perspectivas constituidas a su vez por parejas. El comodoro encarga a los hermanos que se unan al detective John Morris (Jake Gyllenhaal), el cual ha rastreado a Hermann Warm (Riz Ahmed), al que deben matar porque se supone que ha sustraído algo al comodoro. Pero, en primer lugar, Morris se une a Warm en su propósito, y segundo es el comodoro quien quiere sustraer algo de Warm, una formula con la que enriquecerse, una formula con la que cobrar una ventaja, empresarial, en la búsqueda del oro. Pero para Warm el propósito es otro, el opuesto, crear una sociedad utópica en la que no exista la codicia ni desequilibrios sociales, aquello que representa quien ha contratado a los hermanos. Eso es lo que seduce a Morris, que se siente como un instrumento vacío. Siente un propósito, siente que es posible dejar de ser meramente un esbirro, un instrumento para otros. De algún modo, es esa la aspiración vital de Eli, que aboga por otro tipo de vida, dividido en sí mismo, y enfrentado a su hermano,. Aquellos dos que persiguen no dejan de representar lo que busca. ¿No vive entre demasiadas paradojas o contradicciones?

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Me sentía a la vez perdido y desgraciado, y me pregunté: ¿Por qué me entusiasma esta transformación en animal?. Entre tantas contradicciones o escisiones resulta difícil encontrar la armonía. ¿Por qué habita un escenario de vida que no desea?. Violencia y adaptación a un escenario social (modo de vida o entorno), cuestiones recurrentes en el cine de Audiard. La violencia siempre se despliega como raíz básica del ser humano. El protagonista de Un héroe muy discreto (1996) tras la guerra, se inventaba una nueva identidad, un nuevo escenario de vida, en el que sería (eres como te presentas ante los demás) un héroe de guerra en vez de lo que realmente era, el hijo de un colaboracionista; sería así una imagen ejemplar en vez de una imagen estigmatizada. Malik (Tahar Rahim en Un profeta (2009) también tenía que adaptarse a un nuevo escenario, la prisión. Era un árabe que se asociaba, o se integraba, en un grupo de los corsos. La identidad es algo maleable, el escenario marca las pautas si hay que sobrevivir. Hay que plegarse a las exigencias del entorno, si no se quiere ser arrinconado. Así, de ser nadie se convertía en alguien (que dominaba el escenario) aunque fuera una impostura, de la que todos se convencían (porque somos cómo nos presentamos a los demás). Su peaje el crimen, la acción violenta, enfrentarse a la nausea de realizar algo abyecto. Si quieres ser alguien, algo, hay que subordinarse a la corrupción del escenario, a las pautas jerárquicas con las que está estructurada la prisión social. En Deephan (2015), Sivadhasan (Antonythasan Jesuthasan) adoptaba la identidad de un hombre muerto, Deephan, y se alíaba con una mujer y una niña de nueve años, sin tampoco vínculo alguno entre ellas, para simular que eran una familia y así conseguir abandonar un país derrumbado tras una cruenta guerra civil, Sri Lanka, y asentarse, o conseguir refugio, en otro país, Francia, en donde se hacía necesario seguir con la simulación, seguir pareciendo una familia, para poder conseguir la ayuda gubernamental que les facilitara integrarse, y conseguir alojamiento y un trabajo. Para Deephan la ilusoria luz del refugio, el asilo en otro país, se convertía en un reflejo en pequeña escala del horror que padeció. La violencia persiste en cualquier entorno. El salto al otro mundo es al mismo (pero en otra posición). En De óxido y hueso (20012), Catherine (Marion Cotillard) tenía que aprender a andar con sus nuevas piernas de metal, como tenía que adaptarse a su nueva condición, a su nueva forma de relacionarse con el mundo, a asumir lo que no podía ya realizar (su mirada observando las piernas de las chicas que bailan en la discoteca; su gesto de taparse sus piernas de metal con la chaqueta); y por su parte Ali (Matthias Schoenaerts), que se ganaba la vida con combates de lucha tailandesa, tenía que aprender a andar con sus emociones, que son las que realmente le arrinconaban en la vida, porque no dejaban de desbordarle, y transformarle en animal.

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Eli ejerce una violencia que no quiere ejercer, pero hay un vínculo de sangre, fraternal, que sigue priorizando aunque discrepe de lo que su hermano desea, aunque insista, infructuosamente, en que modifiquen el escenario de su vida. Quizá porque sienta que Charlie es como es porque él no actuó como debiera contra la violencia que ejercía sobre ellos su padre. O quizá porque Charlie hizo lo que él no fue capaz, matarle. Quizá esa irresolución le haya marcado como un ojo herido, y sea lo que debe restituir, esa confianza, reflejada también a través de otro cristal, cuando se escucha a través de una ventana, desde la perspectiva de su hermano herido, cómo Eli se enfrenta a otros enviados del comodoro. Quizá perseguía utopías ilusorias, quizá debía simplemente cortar el brazo que no dejaba de dominar en su interior, como un picor y un hormigueo en la piel y el cuero cabelludo. Y así recuperar la conciliación con el sentido pacífico de las cosas.