Bernard Minier comenzó su serie dedicada al comandante de la policía de Toulouse Servaz en Bajo el hielo, en 2011, a la que siguió en 2013 en El círculo. Salamandra Black publica la tercera entrega, No apagues la luz, quizá la más ambiciosa, hasta la fecha, de todo el ciclo.


Servaz, recluido en un internado para policías recuperándose de una depresión, comienza a recibir enigmáticos mensajes, el primero de ellos, una llave electrónica de la habitación de un hotel en la que un años antes una mujer se suicidaría brutalmente. A partir de ahí, Servaz comenzará a seguir las pistas mientras se debate internamente contra su estado anímico. De manera paralela, la periodista radiofónica Christine, recibe una masiva en su buzón el día de Navidad; en ella, una voz anónima asegura que se suicidará si ella no lo impide. A partir de ahí, Christine verá como su vida se derrumba por alguien que está decidido a acabar con ella.


Minier construye su novela a modo de ópera, aprovechando el carácter melómano de Servaz así como introduciendo en la trama un importante contenido musical. No se trata tan solo de su arquitectura externa, sino que el escritor galo modula el tono de la novela a partir de una idea musical, lo cual hace no solo muy atractiva la lectura de No apagues la luz, sino que además posee una cadencia en su ritmo que atrapa y conduce al lector sin apenas descanso a través de sus más de quinientas páginas; una extensión quizá excesiva y que podría haber aligerado en algunos momentos, pero que no suponen una rémora para su lectura.


Mientras que la trama de Servaz, que acaba confluyendo con la de Christine, se basa en un desarrollo policial más o menos común con el añadido de todos los elementos personales/internos contra los que se enfrenta el policía, la de ella es mucho más interesante en tanto a que presenta dos caras. La primera es cómo la vida de una persona puede venirse completamente abajo, acabar prácticamente destruida en todos los niveles –profesional, personal, afectivo, familiar- mediante un relato muy cruel; y, una segunda, consecuencia de la anterior, como esa persona, Christine, acaba convirtiéndose en un monstruo cuando para conseguir salvaguardar lo poco que la queda de su vida, decide que tiene que actuar contra quien está atacándola. Ese proceso, descrito con tranquilidad por Minier, es lo mejor de la novela, en tanto a que acaba conformando personajes ambiguos, que cambian según las circunstancias, a la vez que denota la fragilidad de cualquier vida, lo fácil que puede llegar a ser derrumbar todo lo que alguien tiene. Y, después, lo sencillo que puede ser perder no tanto el juicio, sino los prejuicios a la hora de vengarse.


No apagues la luz se erige como un notable thriller psicológico que aúna su capacidad para narrar con encomiable ritmo y un sabio manejo de los elementos del género con una magnífica analítica de los abismos del ser humano y de los lados más oscuros que anidan en el interior de cualquiera.