Los últimos, novela breve de Juan Carlos Márquez, autor de los más que estimables Norteamerica profunda y Tangram, también publicados por la editorial Salto de Página, se suma al relato post-apocalíptico distópico que aunque lleva décadas cultivándose parece que ahora, quizá por la época en la que estamos, ha manifestado un resurgir. Dividida en dos partes, una desarrollada en la Tierra y la otra en Marte, la novela se estructura a modo de diario de un superviviente quien nos va relatando, mediante elipsis bien recapacitadas, un itinerario que va de la devastación al renacer, de la destrucción a la construcción, de la muerte a la vida. Y durante ese trayecto nos encontramos con una narración dinámica y bien armada, que apuesta por un relato tan sugerente como explícito y que juega con las reglas del género de la ciencia ficción para, desde ahí construir algo más que un mero relato apocalíptico. Bien es cierto que no hay nada en Los últimos que no nos sugiera múltiples referencias, ya sean literarias o cinematográficas y, por la moda actual, también televisivas incluso procedentes del comic y de los videojuegos. Pero Márquez parece consciente de que está manejando lugares comunes y clichés, y evidencia el simulacro.


Del mismo modo, Márquez trabaja las resonancias bíblicas tan comunes a este tipo de relato pero desde una perspectiva humana. Hay en las páginas de Los últimos una lucha por anteponer la bondad a un marco tan hostil como la desesperación, la muerte y el duelo y la pérdida irrevocable. Y todo ello consecuencia de un desastre que somete a los humanos a mutaciones, al canibalismo, a una violencia desmedida y, por todo ello, a una insoslayable desaparición.


Márquez trabaja un estilo muy directo, casi minimalista, en el que la información que se da es la mínima y necesaria, eliminando todo ornamento formal para ir al grano. En este sentido Los últimos se adhiere a ese tipo de literatura tan actual que busca la perfección formal en lo concreto, en el detalle, trabajando cada elemento para que resulte por sí mismo sugerente sin necesidad de extenderse. Y lo consigue además mediante un ritmo frenético que avanza sin pausa y hace de la lectura de Los últimos una experiencia muy inmediata en su lectura, porque te sumerge en su historia de principio a fin.


Horror vacui, primera novela de Paula Lapido, también nos introduce en un mundo hostil y cambiante, pero desde otros derroteros bien diferentes. Su estilo, a diferencia del de Márquez, tiende más a un barroquismo formal. Por ejemplo, las repeticiones de ideas o de pensamientos de Isaac, su protagonista, van creando una sensación de alucinación y obsesión que transmite a la perfección el itinerario del personaje, quien en busca de algo acaba encontrándose a él. Porque Isaac sufre de amnesia, y el mundo que le rodea, extraño, cambiante, en una ciudad impregnada de una continua lluvia, no solo no ayuda, sino que además crea un marco opresivo, extraño, malsano. Lapido construye muy bien mediante descripciones muy precisas atentas tanto a lo físico como a lo interno, una realidad tan parecida a la nuestra como diferente, evidenciando que una simple cuestión de trabajo de estilo es capaz de modificar lo que tenemos o consideramos como inalterable.


Horror vacui se presenta a modo de thriller de connotaciones futurísticas en un sentido del género muy tradicional, pero que Lapido logra encaminar hacia sus intereses mediante una mirada muy personal para acabar convirtiendo la novela en una historia sobre la obsesión y la identidad, sobre el cuerpo (lo físico) frente a lo interno (la mente). Que Isaac realice tatuajes rellenando el cuerpo de formas y de colores, o que pinte, haciendo lo mismo sobre paredes o páginas, sirve como perfecta metáfora y leit motiv para una historia también sobre el exceso, sobre una realidad que nos desborda por sus formas y por su excesivo contenido de todo. De ahí su título: Isaac teme al vacío, porque cree que solo en el exceso está seguro. Pero irá descubriendo que no es así.