La frase con la que arranca Fachadas (Salía a conducir por el centro, cada noche, en busca de mi mujer) conecta al lector con el género negro, donde siempre hay un tipo que busca algo o a alguien, preferentemente una mujer desaparecida. Pero luego todo da un giro y en realidad no es una novela al uso (planteamiento, nudo y desenlace con la resolución de los enigmas), sino que el debut de Lundgren guarda más relación con la literatura y la filosofía europeas que con el noir americano.


Las citas de apertura ya son toda una declaración de intenciones: aparecen sentencias de Ludwig Wittgenstein y de Italo Calvino, de quien toma el nombre de la ciudad inventada donde se desarrolla la acción y se mueven los personajes: Trude. En Trude todo es distinto: el alcalde trata de cerrar las bibliotecas, hay una ley por la que cualquier ciudadano que se suicide allí será inmortalizado en una placa, su eslogan turístico fue "Piérdete en Trude" (dado lo laberíntico de sus calles y de su centro comercial… y es descrita por algunos ciudadanos como "el camino a ninguna parte"), los periódicos insisten en que las esquinas están llenas de delincuentes acechando al personal e incluso un detective tiene un retrato de Wittgenstein en su mesa.


En esta ciudad se mueve el narrador, Sven Nordberg, quien se ha convertido en una especie de fantasma sonámbulo que vaga por las calles, a la deriva, casi a ciegas, en busca de Molly, su esposa, que un día dijo que iba a comprar un huevo para aclararse la garganta (es una afamada cantante de ópera) y jamás volvió a casa. Nordberg trata de solucionar el misterio y, como un detective aficionado, indaga aquí y allá.


En Fachadas tenemos dos elementos que convierten a esta novela de tono postmoderno en algo diferente de lo habitual: en primer lugar está la visión de la ciudad, de sus fachadas y de sus laberintos, como algo que la aproxima no sólo a Calvino, sino a otros autores interesados en el urbanismo como centro de los misterios y mapa en cuyas coordenadas perderse; en segundo lugar, estamos ante la novela de un lector apasionado (no olvidemos que Lundgren es bibliotecario, y este libro resume sus obsesiones literarias), plagada de principio a fin de guiños, homenajes y referencias: un personaje se llama Bernhard (y pensamos en Thomas), otro es Molloy (y nos suena a Beckett), no falta Molly (y recordamos a Joyce)… hay conexiones con Borges, Kafka, Benjamin, Walser…


Autor más interesado en la forma que en el fondo, en las periferias que en los centros, en los acertijos que en sus resoluciones, el debut de Eric Lundgren me parece uno de los más interesantes de los últimos tiempos.