Stéphane Brizé, director de La ley del mercado, plantea ésta en dos partes. En la primera, conocemos a Thierry (Vincent Lindon), un desempleado de largo de duración (veinte meses) de poco más de cincuenta años; casado y con un hijo con problemas mentales –algo que, aunque poco desarrollado, supone uno de los puntos más discutibles de la propuesta-. Brizé sitúa a Thierry en varios contextos: entrevistas de trabajo, conversaciones con ex compañeros sindicalistas, en su hogar, afrontando problemas bancarios en su sucursal, intentando llevar una vida ‘normal’ o buscando comprador para una segunda vivienda. En la segunda parte, Thierry ha conseguido trabajo: vigilante de seguridad en una gran superficie. En ella asistimos a su rutina de trabajo, consistente en vigilar, ya sea mediante monitores o de manera directa tanto a los compradores como a los empleados, tan susceptibles unos como otros de robar. En un par de ocasiones deberá afrontar, cara a cara, con algunas personas que han robado.


Al final de la segunda parte, y como cierre de la película, deberá tomar una decisión que encierra una pregunta, ¿se puede soportar cualquier cosa para mantener un trabajo? ¿Qué ha hecho de nosotros la ‘ley del mercado’? ¿Qué estamos dispuestos a soportar?


Desde el comienzo Brizé expone su postura visual, y por tanto diríamos que moral, consistente en situar la cámara frente a Thierry en plano medio, logrando con ello estar tan cerca de la acción y de los personajes como a una conveniente distancia, sobre todo con respecto al espectador. Brizé apenas varía esa planificación, no al menos en los momentos que se pueden considerar importantes.  Esta decisión afecta, evidentemente, a cómo plantea la realización de un cine ‘social’ que intenta no subrayar el contenido de las escenas pero tampoco niega el discurso implícito en ellas. Es decir, Brizé sabe qué quiere transmitir y cómo hacerlo, pero no pretende condicionar la recepción del espectador, máxime teniendo en cuenta que, al final, un final muy abierto, plantea una cuestión que cada cual deberá responder, tanto a tenor de lo que ha visto durante la película así como por su posicionamiento personal derivado de su experiencia.



A partir de ese dispositivo formal, sencillo y directo y que evita caer en un estilo semi-documental, Brizé crea una película compuesta por fragmentos o por cuadros que van creando una visión, en su primera parte, de aquello a lo que Thierry, y cualquier parado de su edad, debe afrontar; en la segunda, cómo, después de haber recorrido un largo camino hacia el empleo, tener que afrontar otra realidad igual de cruda que el desempleo, la total despersonalización laboral. Hay algo absurdo en todo ello, como demuestra la primera secuencia que abre la película y en la que Thierry habla con un funcionario que le ha enviado a realizar un curso durante meses que, después, no ha servido de nada porque, desde el comienzo, sabían que no serviría de nada. Un absurdo que, sin embargo, es muy real. Y lo es tanto cuando Thierry tiene que buscar trabajo como cuando debe integrarse en la dinámica laboral de una empresa que, como vemos una secuencia al final tras el suicidio de una empleada, trata a sus trabajadores con la misma frialdad que las cámaras de vigilancia observan a los compradores, ladrones antes que consumidores.



Brizé va preparando a Thierry, y al espectador con él, para un final en el que deberá tomar una decisión personal que, se pretende, sea discutible. Pero también, casi heroica. Pero en un sentido carente de épica, por supuesto. Decidir hasta qué punto se puede soportar el trato de una empresa. Hasta qué punto nos hemos convertidos en piezas de una maquinaria a la que apenas importamos más allá de lo que aportamos a ella con nuestro trabajo. No hay nada en La ley del mercado que no se haya visto antes, eso es cierto. Tampoco resulta del todo sorprendente su trabajo visual, aunque es totalmente acertado para sus propósitos. Pero la honestidad de la propuesta y su capacidad para crear tiempos muertos de reflexión, hacen de ella un ejercicio importante dentro del cine social actual. Al menos, plantea dentro del drama de Thierry –en parte, demasiado lleno de calamidades-, la posibilidad de un humanismo bajo la desesperación de muchos trabajadores.