En Lyon, la ciudad más católica en Francia, la iglesia destaca por encima del núcleo urbano. Eso llamó la atención de Francois Ozon. Por eso, decidió iniciar Gracias a dios (Grace a dieu, 2019), desde esa perspectiva elevada. Las elevaciones de un influjo, de un poder, de una presunta distinción y ejemplaridad. Y lo hace además remarcando un pasaje fundamental de su ritual, la ofrenda del cuerpo de Cristo. La narración de Gracias a Dios ofrece la perspectiva opuesta, su reverso, la realidad de su espejismo, los sótanos turbios de su condición de entidad virtual que vive de la apariencia, y que, incluso, por alguno de sus representantes, disfruta también de los cuerpos de los niños. De la misma manera que, por ejemplo, en Boston, en el 2002, la prensa denunció el recurrente abuso sexual que decenas de eclesiásticos habían infligido a niños durante décadas, narrado en Spotlight (2015), de Tom McCarthy, Ozon se hace eco de las denuncias que en el 2016 realizaron varias de las víctimas de un sacerdote de Lyon, el padre Bernard Preynat, cuyos abusos sexuales permanecían impunes desde hacía 35 años. Las altas instancias, sabedoras de ese abuso, le habían mantenido en su puesto. Lo importante es la apariencia. Gracias a Dios los hechos han prescrito, se le escapó al cardenal Barbarin en una rueda de prensa, con respecto a buena parte de las decenas de casos revelados (que superaron los 70). Aunque rectifique, deja constancia de qué es lo que les importaba, la imagen de la institución, no los niños, no el abuso.

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Pero esa priorización de la imagen conveniente no es sólo cuestión de las instituciones. Era una prioridad apreciada también por algunas de las familias. ¿Para qué remover la mierda? dice la madre de quien sufrió durante tres años esos abusos. Otros padres no consideraron que fuera concebible, prefirieron negar su posibilidad como si más bien el niño hubiera exacerbado una muestra efusiva del sacerdote, otros encogieron su voluntad en la resignación o impotencia. Hasta que uno de aquellos niños, treinta años después, en el 2014, decidió enfrentarse a ese silencio medroso, conveniente, hipócrita y cínico. Y abrió una brecha, a la que se unieron otros que también desconocían cuántos otros niños habían sufrido ese mismo calvario en su infancia. Y crearon la web La palabra liberada. Disponían de voz por fin. Se decidían a convertir en palabra lo que arrastraban como una herida no cerrada que no se habían atrevido a exponer, a convertirla en voz sublevada, en denuncia indignada.

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Ozon se centra en tres personajes. En el desarrollo narrativo se suceden tres puntos de vista, como si se siguiera el curso de la bola de nieve de un alud, con el añadido de nuevas perspectivas de afectados, y como reflejo de cómo se fue ampliando el número de personas que reconocieron que habían sufrido el abuso sexual en su infancia. Al mismo tiempo, la narración adopta la condición de la piel encallecida que evidencia, como las capas que (se) liberan, la herida no cerrada. En principio, en el pasaje protagonizado por Alexandre Guerin (Melvin Poupaud), adopta la distancia de un informe, amplificado por la utilización de los intercambios epistolares, a través de las voces en off. Como si también se correspondiera a la dedicación del protagonista, dedicado a los servicios financieros. La emoción, el desvalimiento que aún se siente, abre brechas, pero se mantienen contenidas, excepto breves espasmos, como si se intentara que esa fragilidad no alterara la ecuanimidad (por ejemplo, compartir con sus hijos lo que sufrió), y acorde al forcejeo con sus creencias, o con su faceta reverencial, ya que es católico practicante. Hasta que esa faceta, esa confianza, se torna desilusión ante la actitud elusiva por la que optan las altas instancias eclesiásticas.

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Lo que no se reconoce no existe. Por eso, Alexandre opta por convertirla en palabra, devolviéndoles con contundencia sus propias concepciones fundacionales: En el principio fue el verbo. Esa resistencia determinada es la que propicia que entre en juego la decisión de enfrentarse a esa actitud institucional, que se verá representada en el expeditivo, y ateo, Francois Debord (Denis Menochet), quien propulsa el combate sin concesiones, mediante el uso de la caja de resonancia de los medios de comunicación, y aúna a los afectados con estrategias compartidas. Ya no son individualidades aisladas en su desamparo. Son un grupo que ejerce una presión. Ese el pasaje que más puede evocar al dinámico estilo narrativo que adoptaba Spotlight. Como un ímpetu que va desgastando la resistencia corácea, y liberando las costras que han retenido el dolor. Por eso, en la tercera parte, centrada en Emmanuel Thomassin (Swan Arlaud) se abre la brecha de las heridas que todos han compartido. El tratamiento del informe deja entrever la convulsión de una huella que siguió siendo pisada en las emociones. Las palabras, o las ideas, la distancia que se había interpuesto, por inercia o coraza protectora, evidencian el cuerpo frágil, herido, que siempre habían portado, como pesadumbre o furia, cuyo reflejo emblemático, manifiesto, son las convulsiones que sufre el cuerpo de Emmanuel con sus ataques epilépticos. El cuerpo habla, es la evidencia manifiesta de la herida que ha permanecido contenida, en un fuera de campo, como en fuera de campo siempre se sugieren los abusos que infligía Preynat.

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El trayecto narrativo, por tanto, aparte de esa progresiva conjugación de voluntades que se une para enfrentarse a un sistema que niega desde unas alturas que creen bastión de impunidad, es también el de la revelación manifiesta de lo que unos y otros portan, aunque lo contuvieran, como una segunda piel no visible, en algunos casos con una herida más abierta que en otros. O cómo en nuestra sociedad encajamos tantos ultrajes, como si fueran inevitables, o porque la vergüenza y la conveniencia son más poderosas que el impulso de sublevación que implica exponerse. Somos cuerpos, aunque lo disimulemos entre tantas mascaras en las que buscamos anestesia o elusión.