El veterano director dirige "El francotirador", retrato de Chris Kayle, mortífero francotirador de los SEAL, en una película controvertida y ambigua, pero por ello mismo muy interesante.


Chris Kayle (Bradley Cooper en la película) fue conocido entre sus compañeros como la leyenda gracias a la más que discutible hazaña de haber matado en Irak a más de doscientas personas. Ese apodo real se relaciona de manera directa con ciertas ideas formales y de acercamiento de Clint Eastwood al personaje en El francotirador, cuyo título original resulta mucho más directo y explicativo, francotirador americano. Una película que, como la gran mayoría de las obras de Eastwood, aunque no se inscriban dentro del género de manera directa, posee el aliento del western. El cineasta vuelve a rastrear en el interior del mito o de la leyenda, de la épica del relato a través de una historia que a pesar de acontecer recientemente, en manos de Eastwood, posee un sentido legendario que contrasta con la dureza de las ideas que despliega a lo largo de su metraje.



Cuestiones ideológicas


La última película del veterano director se ha visto envuelta desde su estreno de una doble consideración entre quienes ven en ella un alegato belicista y reaccionario y quienes, por el contrario, encuentran en El francotirador una mirada crítica hacia la intervención estadounidense en Irak a través del personaje de Kayle. Lo cierto es que la película de Eastwood posee todos los elementos para que se pueda adoptar una postura u otra ante ella, como sucede en bastantes películas del cineasta a pesar de la condescendencia y justificación que en ocasiones se utiliza para ablandar algunas de ellas. Pero lo cierto es que El francotirador se acerca, según nuestra opinión, más a un intento de radiografiar a un hombre militarizado en su identidad, como consecuencia de un estado anímico beligerante post 11-S, como medio para mostrar desde un ejemplo individual algo más general, que desde un aplauso por parte de Eastwood a Kayle y a su heroicidad, aunque las últimas imágenes de archivo (a las que luego volveremos) puedan hacer pensar lo contrario.


Aun siendo una película notable, los principales problemas de El francotirador provienen más de cuestiones cinematográficas. El cine de Eastwood, que desde 1992, con su obra maestra Sin perdón, ha crecido exponencialmente, siempre ha estado muy sujeto a los guiones (nunca escribe sus libretos). Cuanto más complejos han sido estos, mucho mejor han sido sus películas, y a la inversa. La capacidad visual del cineasta está casi fuera de duda, pero su tendencia al esquematismo analítico, que en El francotirador se presenta en más ocasiones de las deseadas, se ha visto aumentada cuando los guiones mostraban la misma carencia. Si bien es cierto que gracias a su puesta en escena ha sido capaz de aportar a algunas de sus películas de un interés muy por encima del planteamiento argumental.




Una sólida construcción


En El francotirador crea una arquitectura narrativa muy clara y concisa:




  • un prólogo nos sitúa en Irak con Kayle enfrentado a una disyuntiva ética/moral, disparar o no a una madre y a su hijo, quienes portan una granada cerca de unos marines.

  • sin resolver la decisión, eso vendrá luego, la película da un salto a la infancia y juventud de Kayle para, mediante una sucesión de instantes de su vida que, de manera rápida y muy fragmentaria, dan una idea de dónde viene, qué ideas le inculcaron en su infancia, cómo a pesar de querer ser cowboy acaba, tras ver en televisión varios atentados en el extranjero, convertido en SEAL. Todo es muy esquemático, cierto, pero efectivo. Vemos a un hombre sin demasiado en la cabeza, fácil de convencer y sin tener muy claro qué quiere en la vida Así, es sencillo que acabe convirtiéndose en lo que será. En una comida familia, su padre expresa a sus dos hijos que en la vida hay tres diferentes tipos de personas: las ovejas, los lobos y el perro pastor que defiende a las primeras de los segundos. Más claro, imposible.

  • Terminada esa parte de formación tanto personal como militar y tras casarse con Taya (Sienna Miller), la película regresa a Irak, en donde se resuelve la secuencia que abría la película y, a partir de entonces, esta se estructura en base a cuatro despliegues por parte de Kyle entre los cuales hay otros cuatro bloques en los que regresa a casa. A modo de enfrentamiento, cada vuelta a casa viene condicionada con la experiencia bélica, y vemos como Kayle evoluciona en algunos aspectos y en otros no tanto.



Un personaje ambiguo


Sin entrar en más detalles argumentales, lo anterior estructura una película basada en una clara relación causa-efecto y en su exposición para entregar de forma directa las ideas que la película quiere transmitir. Sin llegar a la abstracción sobresaliente de En tierra hostil, en la que el proceso de despersonificación de un soldado era más sombría y dura que en El francotirador, la película de Eastwood retrata muy bien, ayudado por un excelente Cooper, cuya mirada vacía y perdida transmite a la perfección el interior del personaje, a un hombre que poco a poco va convirtiéndose en alguien que tan solo sabe disparar. Aunque experimente al final un cierto proceso moral de toma de conciencia, la ambigüedad de Kayle, muy interesante en tanto a que evita que el personaje sea demasiado cerrado, puede ocasionar que se vea de una manera errónea. Porque Eastwood evita el discurso demasiado fácil, curiosamente dado que sus personajes en general suelen responder a una configuración muy férrea y sin fisuras, algo estereotipados en ocasiones.


Y sin embargo, superada algo más de la mitad de la película, El francotirador acaba agotándose. Lo hace porque el personaje de Kayle, a pesar de todo, no acaba de resultar lo suficientemente interesante como para alargar tanto la narración. Eastwood se muestra mucho más cómodo rodando las secuencias de acción, y curiosamente, la última, un logro técnico impecable, resulta agotadora, porque ha llevado hasta el extremo las posibilidad narrativas de la película. En cambio, todo aquello que acontece a Kayle en relación a su esposa e hijos, su imposibilidad de asumir una vida familiar normalizada (tan solo aceptada más por su condición de tejano que por cuestiones emotivas plenas) y la constante necesidad del oficial de regresar a combate junto a sus compañeros, su verdadera familia, acaba resultando reiterativo. Solo al final, cuando Kayle parece haber asumido una cierta normalidad, encontramos un giro interesante que, por desgracia, queda interrumpido con el final de la película y, con él, el del propio Kayle.



Crítica a una intervención


Pero en esa dialéctica y en esa toma de conciencia que crea Eastwood a partir de las memorias del propio Kayle, vemos una crítica o un cuestionamiento hacia la intervención norteamericana en Irak. La obsesión de Kyle por proteger a los suyos y su obsesiva lucha contra un francotirador sirio viene a ser una prolongación de una actitud extendida, o eso parece querer decir Eastwood, de un país. En su comportamiento vemos cómo la intervención norteamericana en Irak acaba poseyendo los tintes crueles y absurdos que tuvo en realidad. Kayle, como su país, asume la condición de “perro pastor” contra los “lobos” para defender a las “ovejas”, el problema es que finalmente acaba moviéndose por impulsos vengativos que nada tienen que ver con la idea de defender la libertad.


Las imágenes finales de El francotirador, tras un magnífico plano de Taya cerrando una puerta y que quizá habría sido el perfecto final para la película, nos muestran un montaje de imágenes de archivo que recuerdan a Kayle tras su muerte. Grises y a través de un foco distorsionado por la lluvia, y a pesar de la música elegiaca que las acompañan, poseen un tono lo suficientemente sombrío como para no desentonar con el discurso de la película, sin embargo, al final, con tan solo dos apuntes visuales, acaba lastrando todo lo anterior y aumentando la ambigüedad de la propuesta por la idea de heroicidad que transmiten. Y eso puede conducir, como ha sucedido, a que borre gran parte de la potencia narrativa y discursiva previa que convierte a El francotirador en una de las mejores películas de los últimos años de Eastwood, lejos de sus grandes logros, pero en la que vuelve a mostrar su capacidad para la puesta en escena y su elegancia visual.