Con El destino de Júpiter los Wachowski han intentado explotar el 3D y el cine digital del mismo modo que a finales de los noventa y comienzos de los 2000 revolucionaron la tecnología de los efectos especiales digitales con la trilogía Matrix, de la cual hoy en día tan solo es posible recordar con agrado la primera de las entregas. Después, con Speed Racer, lograron una cinta tan mediocre en su narración como maestra en su trabajo visual. Tras su fracaso, los hermanos regresaron junto a Tom Tykwer en El atlas de las nubes, una rareza que caía por su propia pretenciosidad y que sin embargo poseía una enorme potencia y creatividad en cuanto a imágenes se refiere, no así en tanto a su adaptación de la novela de David Mitchell, perdiéndose en un meandro filosófico y conceptual del que no supieron salir de forma convincente.



Si algo tienen en común todas las películas de los Wachowski hasta la fecha para bien es su gran inventiva visual y su siempre vanguardista, por adelantado, trabajo técnico y, para mal, que sus ambiciones discursivas y/o intelectuales no suelen estar a la altura de la perfección formal. Se puede agradecer que intenten lanzar productos comerciales y de entretenimiento, lo cual no tiene nada de malo en absoluto, con una cierta carga de seriedad en su fondo. Pero estos propósitos tan solo tuvieron fuerza en The Matrix, desviándose después en sus dos secuelas en una enloquecida derivación pseudo-religiosa de bochornosa resolución, porque después, y con la excepción de El atlas de las nubes, los Wachowski han acabado internándose con Speed Racer y El destino de Júpiter en un despliegue visual barroco, en el pero sentido del término, en el que predomina el deslumbramiento formal sobre cualquier otro elemento.




Sin embargo, El destino de Júpiter es posiblemente una de las mejores producciones que han dado uso al 3D, con una espectacularidad y un uso de la técnica asombrosa, lo cual, por otro lado, condiciona notablemente el desarrollo dramático y narrativo al extender de manera considerable las secuencias de acción hasta dejar al espectador exhausto. Aunque combinando momentos de acción con otros que otorgan a la acción descanso y un desarrollo, en teoría, del componente humano y dramático de la historia, El destino de Júpiter se alza como una space opera grandilocuente y desmesurada, irritante por momentos, con un punto de partida que incluso dentro de los parámetros de la ciencia ficción, en los cuales es obligado aceptar el planteamiento para admitir cualquier propuesta del género, acaba resultado ciertamente grotesco en muchos elementos argumentales en su intento de reunir en su propuesta el mayor número posible de ideas y de elementos en busca de crear un relato de resonancias míticas y mitológicas pero desde una perspectiva tecnológica.



Resulta llamativo, no obstante, que los Wachowski consigan que uno se olvide casi por completo de que está ante una película con una historia y que esta quede en un segundo plano, dejándose arrastrar por la imaginería visual y la acción casi de manera irracional. Los directores consiguen crear un espectáculo puro en esencia en el que el sentido de una narración espectacular se impone sobre el (débil) contenido narrativo. En su trabajo con el 3D consiguen sacarle un extraordinario partido al sistema, sobre todo en la elaboración de esa extrema profundidad de campo que poco a poco irá imponiéndose en este tipo de producciones, abriendo las imágenes para extenderlas. En El destino de Júpiter, en su deseo de crear unos mundos imaginarios, funciona a la perfección, así como para aumentar el impacto de las batallas o de las luchas, porque los Wachowski acaban dando forma a un espectáculo sensorial y emocional de gran potencia aunque acabe extenuando en su acumulación visual y en su duración.



Pero sí todo lo anterior hace de El destino de Júpiter una película que cumple con ciertos de sus propósitos, como decíamos, su historia acaba anulando todo su potencial, dejando claro, una vez más, que el argumento no está del todo a la altura de su técnica formal. Si bien el 3D se adapta a la perfección para la creación de una realidad nueva, de unos mundos imaginativos, el fondo narrativo de la película apenas tiene interés y acaba pareciendo una mera excusa para poner en marcha todo el dispositivo visual.



Los Wachowski regresan, como en Matrix, a un personaje, interpretado por Mila Kunis, que llevando una vida infeliz está llamada a ser algo más (y en el caso de este personaje ese algo más es mucho más…) y una realidad diferente acaba introduciéndose y cambiando su vida. Del mismo modo, los humanos se convierten en materia prima, pero aquí no estamos ante un mundo virtual sino ante una lucha intergaláctica entre hermanos, con un aliento shakesperiano insoslayable, que buscan imponerse para tener el control de la producción económica que les permita seguir ostentando no solo el poder, sino también un secreto genético esencial para su supervivencia. Y esto es simplemente el trazo más general de una historia abierta en muchos sentidos aunque todos ellos bastante absurdos. Lo interesante es que entre tanto avance tecnológico, inteligencias superiores y poderío bélico, las luchas intergalácticas se producen por un motivo meramente económico, en concreto por el control de una cosecha. Pero el interés, en realidad, queda en el planteamiento. A partir de él, todo es desbarajuste, barroquismo formal mal entendido y espectacularidad visual durante dos horas que acaban haciéndose tan eternas como las vidas de sus protagonistas interplanetarios.