El chileno Pablo Larraín salta al vacío con una película cruda y arriesgada, magnífica en su tratamiento visual y sonoro, que tan sólo resulta demasiado evidente en parte de su discurso pero que se abre a un sinfín de ideas que hacen de ella toda una experiencia cinematográfica en diferentes sentidos. Una película, en conjunto, excelente, que pertenece a la clase de obra que dejan huellan tras verla.


Cuatro hombres encerrados en una casa bajo el cuidado de una inquietante mujer dedican el día a la oración, a una rutina anodina y a criar a un galgo para carreras. Lo apacible de esta cotidianidad se rompe cuando un miembro de la Iglesia llega con un hombre que, al igual que esos cuatro hermanos, es un sacerdote que debe ir a expiar ciertos pecados del pasado. Pero al poco de comenzar su estancia, un suceso violento acaba con la presencia del recién llegado y conlleva que otro acuda a evaluar los sucesos y la viabilidad de que esa casa siga abierta. A partir de ahí se suceden los testimonios de un pasado tortuoso.



El cineasta chileno Pablo Larraín, quien ya había demostrado su enorme calidad tras la cámara en obras como Tony Manero, Post Mortem y No, nos plantea una película dura, concisa, directa, hiriente, violenta y nada complaciente, sobre todo si se tiene en cuenta que el éxito internacional de No podría haber permitido a Larraín el transitar caminos más comerciales. Porque El club es una propuesta desbordante de personalidad e imaginación visual por parte del director, un arriesgado acercamiento a un tema como los abusos sexuales de algunos miembros de la Iglesia. Y aunque su discurso puede resultar demasiado evidente, Larraín, apoyado en unos excelentes actores, lleva la trama y el tema más allá de la mera denuncia de unos actos y de su ocultación.


Larraín ha creado una película de tonalidad apagada, casi fantasmal, con la que consigue que el paisaje y los personajes se vean introducidos en un espacio tan atemporal y atávico como anclado en el presente pero cuyas sombrías texturas se muestran como perfectas representantes del aturdimiento que sacude el interior de los personajes. Una fotografía que se enmarca en una perfecta creación de encuadres que asfixian a los personajes y que transmite al espectador su encierro –tanto físico como íntimo- y, poco a poco, en un trabajo excelente con el ritmo y la atmósfera, conducirlos, y a nosotros con ellos, a un final violento, de nuevo, tanto físico como íntimo, que impacta en diferentes niveles con una clausura tan dura como llena de intenciones discursivas tan serias como no exentas de cierto humor negro. Muy negro.



El club se presenta como una película tan arriesgada como exigente, que busca que el espectador se posicione de alguna manera, rompiendo con toda posibilidad de aplicar una mirada conformista. Y no sólo ante los temas más evidentes, como el de los abusos sexuales, su práctica y su, igual de mala o peor, ocultación para no causar escándalos públicos, sino también sobre temas sobre qué es verdaderamente la fe, sobre la homosexualidad, sobre la penitencia y el perdón, y sobre muchos más temas alrededor de estos que hacen de El club una película muy compleja más allá de su claro discurso de denuncia, sobre todo porque viene acompañado de un trabajo visual fascinante y que atrapa de principio.


Una experiencia visual y sonora (atención a la utilización de la música de Arvo Prat y Britten) que resulta absorbente en muchos sentidos aunque muchos de ellos puede que no lleguen a ser gratos de transitar. Y aun así merece la pena, y mucho, hacerlo.