Mia Hansen-Løve se consagra con "Eden" como una de las cineastas jóvenes más interesantes y originales del cine europeo con un doble retrato, íntimo y generacional, sobre la persecución de los sueños y la cruda realidad, con un estilo original, casi musical, que hace de "Eden" una experiencia cinematográfica muy sensorial.


Con sus tres primeras películas, Todo está perdonado, El padre de mis hijos y Un amour de jeunese, la joven cineasta francesa Mia Hansen-Løve fue desarrollando una trilogía muy personal con la que demostró una gran personalidad tras la cámara y una gran capacidad para partir de una herencia cinematográfica a  la que ir dotando de una mirada diferente y actual. Ahora, con Eden, se aleja de ella, de sus inquietudes más personales, al menos en apariencia, para narrar la historia de su hermano, coguionista de la película, y de una generación, que no es la suya, pero como si lo fuera.


Eden consagra a Hansen-Løve como una de las cineastas europeas más interesantes de la actualidad a través de una historia que arranca en noviembre de 1992 y termina en diciembre de 2003 siguiendo los pasos de Paul, un joven aspirante a DJ en el momento en el que la escena garage francesa hace su eclosión. Estructurada en dos partes, Paradise Garage (de 1992 a 2008) y Lost in Music (que finaliza en 2003), cada una de ellas corresponde a dos conceptos que, en un momento dado, un personaje define como los elementos esenciales de la música: euforia y melancolía.



La primera corresponde a la euforia producto del deseo por llegar a ser; la segunda la melancolía por no haberlo conseguido, o no al menos como se pensaba. Así, Eden transita del deseo a la amargura, y Hansen-Løve radiografía ambos momentos con la misma distancia, quizá la misma que ella tiene con respecto a los hechos. En cualquier caso, es una elección de mirada, vaciando a la película de todo subrayado emotivo. El relato íntimo deviene generacional, y con ello la cineasta consigue transmitir todo un sentimiento general que va del querer al no poder, para, a su vez, hablar de los sueños de juventud que, en ocasiones, acaban varados debido a la cruda realidad. Lo intangible del sueño frente a lo real. Y aun así, Hansen-Løve parece hablarnos de la necesidad de soñar, de luchar por lo que se quiere. Otra cosa es el precio que luego cada cual acabe pagando. O que esté dispuesto a pagar.



Mediante un trabajo cartesiano en su estructuración, siempre presente en sus obras, Hansen-Løve va construyendo su película no sólo en dos grandes bloques bien diferenciados, sino también mediante cuadros que tienen como objetivo ir creando no tanto un desarrollo narrativo convencional sino más bien emocional. Algunos años se concentran en una sola secuencia, en otros se extiende más. La idea es crear una sucesión narrativa centrada no sólo en un argumento tradicional y bien cerrado sino más bien en sus aspectos más sensoriales. En este aspecto, Hansen-Løve sigue un modelo casi musical para su película, logrando además añadirse a la lista de cineastas que en la actualidad persigue nuevas formas narrativas que, sin romper del todo con la tradición, pervierten ésta en busca de otros lenguajes. Esto conlleva que la película parezca más dispersa y caótica de lo que realmente es, pues exige introducirse en la propuesta dejando de lado las convecciones.



Y queda el estudio del tiempo, de su devenir, y de los cuerpos que lo habitan y van cambiando, transformándose. Eden es una crónica personal y generacional mediante un ensamblaje de imágenes y música que relata los cambios de unos personajes y, de paso, de una sociedad en la que, quizá, cada vez menos, es más difícil hacer realidad los sueños o aspiraciones personales. Es amarga en muchos sentidos, pero queda también, como la magnífica secuencia final muestra con la lectura de un poema del gran Robert Creeley, con el que toma sentido el itinerario, y la posible llegada, de Paul, un halo de esperanza para la consecución de los sueños personales.