En cierto momento de Dobles vidas (Double vies, 2018), de Olivier Assayas, alguien evoca la frase, reiteradamente utilizada, de El gatopardo (1958), de Giussepe di Lampedusa: Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. No deja de ser un apunte irónico dentro de una obra en la que se plantean cuestiones como la (su)pervivencia del libro en soporte de papel frente a la edición digital, el poder de influencia de (las reflexiones o evaluaciones de) los críticos o analistas frente al de los algoritmos que reflejan los hábitos de consumo. En suma, divagaciones sobre las dinámicas de la cultura, qué ha cambiado o qué no, si la gente lee menos, si prefiere unos soportes de lectura a otros o si se han modificado las preferencias de estilo de escritura por el influjo de los nuevos hábitos de comunicación textual como los mensajes de whatsapp o las frases cortas del twitter. ¿Son meras variaciones formales o son reflejo de un proceso de trivialización, o, incluso degradación?. Pero mientras esas interrogantes son discutidas por quienes son o no son integrantes del sector editorial, hay dinámicas que en las relaciones afectivas no varían, la capacidad de disimulo o engaño, en suma la mentira como dinámica, o cómo las parejas pueden mantener, incluso durante años, otras relaciones paralelas. Las relaciones, un espacio de representación o ficciones (compartidas o no)

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En otra secuencia alguien pregunta a su pareja si cree que la hipocresía es un término que se puede aplicar a la dinámica de relaciones. Ella replica que utilizaría más bien el término de implícito. Se intuye, sospecha, interpreta, que la pareja puede mantener otra relación, aunque no adquiera tampoco gravedad dramática esa posibilidad. Incluso se puede asumir como evidencia implícita, aunque no se corrobore de modo explícito. Selena (Juliette Binoche), actriz, comenta a un amigo su sospecha de que su marido, Alain (Guillaume Canet), editor, mantiene otra relación paralela. Pero se revela poco después que ella mantiene una relación de seis años con el escritor Leonard (Vincent Macaigne), lo que hace comprender ciertas reacciones, o ciertos cortes de plano expeditivos, en relación a Alain en las primera secuencias, cuando Leonard le pregunta si también va a publicar su nueva novela, o cuando Selena le intenta convencer de que lo haga por su calidad, pero Alain se muestra reticente de modo cortante, sin más. Hay algo implícito que siente o comprende Alain. Ya expuestas sus respectivas relaciones paralelas se modifica la percepción de sus conversaciones, en las que lo implícito es más bien un sondeo de indirectas, un entrever que no se expone, o se prefiere no exponer, en la superficie. Nadie expone nada. Alain, por su parte, discute o debate con Laure (Christa Teret), con la que mantiene una relación paralela, sobre la pertinencia de primar la edición digital, por la que ella aboga, pero no plantea ninguna discusión con su esposa en relación a su circunstancia sentimental. Leonard y su pareja, Valerie (Nora Hamzawi), asesora de un político, nunca coinciden en nada de lo que opinan, pero por eso mismo le ama, como apunta Valerie, y también Leonard, aunque lleve seis años manteniendo una relación paralela. ¿Paradojas, contradicciones?.

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Leonard escribe un tipo de obra que se califica como autoficción, ya que se inspira en su propia vida, aunque él insista en que es novela, o que no es tan fácil establecer una separación, un etiquetado único. Los personajes de Dobles vidas viven de imagen, mientras intentan editar sus vidas. Unos personajes trabajan en el mundo editorial, otros en el de la imagen. Los personajes fluctúan entre el baile de sus sentimientos y deseos y sus disimulos y mentiras, como si actuaran en una representación. Aunque, en general, nada parezca grave, ni afecte sobremanera, ni el intuir o saber claramente la relación paralela de tu pareja, ni una separación o ruptura. Como si se pasara a otro escenario. Poco cambia, como ya parece que nadie espere nada de los políticos, que haya correspondencia entre sus palabras o promesas y sus actos. Nada variará. Parece una certeza, o resignación asumida (o cinismo encostrado con respecto a un escenario que se considera inalterable). El único sobresalto puede ser que un político, por cuestión de imagen, busque la asesoría pertinente para disimular una acción que pueda dejarle en evidencia (porque no se corresponde con lo que proyecta a la ciudadanía) y afectar a su posible elección.

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El escenario de las relaciones quizá también dependa de cómo gestiones las mentiras, cómo afrontas lo implícito, o el que lo implícito se haga explícito. Si resulta diferente el modo, si se expone o es descubierto. Porque quizá haya una diferencia sustancial por lo que implica en cuanto a las elecciones o preferencias del otro. Por eso, mientras, quizá resulte más cómodo vivir con la negación cuando no se hace explícito aunque lo intuyas de modo implícito. Aunque qué significa esa posibilidad que sospechas o intuyes si mantienes esa misma dinámica de disimulo, o sabes que tanto el escenario de la política como el de las relaciones se sostiene en buena medida sobre la mentira y la imagen que proyectas. Cuando te expones, cuando lo implícito lo conviertes en explícito, corres el telón para comentar la obra, anunciar que la función se ha terminado o decidir cuál es la siguiente que se prefiere representar.