En Retratos de familia, su director, el debutante Anthony Chen, parte de sus recuerdos de infancia a finales de los años noventa para realizar una película de corte intimista alrededor de una familia que, con la irrupción de la crisis financiera en Asia en los últimos años de aquella década, ve como el mundo que tenían construido poco a poco se desmorona.


Retratos de familia narra la historia de una familia acomodada que, para cuidar de Jiale, su más que problemático hijo, contratan a Teresa, una mujer filipina que, como muchas otras han llegado a Singapur en busca de trabajo. Su presencia en la casa irá alterando la convivencia del matrimonio así como su relación con Jiale, dado que poco a poco Teresa y él irán creando una relación muy íntima que alejará al chico de sus padres. A esta cuestión íntima, habrá que añadir la irrupción de una fuerte crisis económica, así como la apertura al mundo anglosajón de las empresas, que ocasionará que el padre pierda el trabajo y, con él, sus buenos ingresos, situación que acabará afectando también al trabajo de la esposa. Así, una familia en apariencia sólida en sus cimientos, tanto internos como externos, se desintegrará.



Chen narra todo lo anterior con enorme elegancia formal, muy atento, eso sí, a ciertos elementos del cine independiente que hacen de su propuesta una mezcla del mejor cine asiático (en su ritmo pausado pero atento a los detalles más pequeños, en su cuidado visual, en su combinación de planos, en los movimientos de cámara) con el cine independiente, sobre todo en el desarrollo en los noventa, justo en la década en que se ubica la acción. Así, el resultado es sorprendente, porque denota una gran madurez cinematográfica, sin salidas de tonos ni una búsqueda de impactar. Chen toma el material argumental, escrito también por él, y lo trabaja con cuidado, ambicionando el ser profundo, pero sin querer abarcar más allá de lo necesario.


Resulta excelente la claridad con la que une esas circunstancias externas con las internas de la familia para ir desarrollando una atmósfera alrededor de la familia que evita todo tipo de tremendismo y se erige como una mirada directa, casi documental, sobre aquello que acontece. Chen no parece querer participar, de ahí que los personajes sean lo suficientemente ambiguos como para abrir al espectador la posibilidad de identificarse con ellos en diferentes niveles. Por eso se acerca a los personajes tanto como se aleja, midiendo perfectamente cuándo operar de una manera u otra. La excelente fotografía crea una sensación tan realista como fantasmal alrededor de los personajes, enfatizando su corporeidad a la vez que diluyéndola, un buen registro estilístico dado que según avanza la acción, y la familia cada vez encuentra sus problemas más agravados, sirve para mostrar esa descomposición.



Retratos de familia es, entonces, una película sobre una doble crisis orquestada con sencillez aparente para que aflore la complejidad de las relaciones personales, también para dar habida cuenta de cómo una crisis financiera global acaba afectando de manera doméstica, ocasionando que una familia vea cómo todo lo construido se cae sin que apenas se hayan dado cuenta de ello. Y aunque la película se desarrolla en un contexto y en una época que nos parecen ya algo lejanas, aunque tampoco haya transcurrido tanto tiempo, lo cierto es que es posee una universalidad difícil de ignorar. Hay en la película de Chen una doble idea también, la de hablar sobre algo que pasó pero que a su vez está pasando. Los contornos pueden ser diferentes, pero las situaciones iguales. Y aunque al final evita a toda costa, y lo consigue, introducir la película en el terreno del drama más duro, es imposible no terminar de ver la película con una sensación incómoda, porque aunque no busca en momento ser efectista, todo resulta lo suficientemente trágico como para no sentir que aquello que hemos visto es, en realidad, una historia demasiado extendida.


Entonces, y ahora.