¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?


Lo conseguí.


¿Y qué querías?


Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra.


Último fragmento, Raymond Carver


Birdman se abre con el anterior poema de Carver, el cual se puede encontrar en su colección Propina y que fue encontrado por Tess Gallagher, esposa de Carver, tras la muerte de este y que para muchos estudiosos de la poesía del escritor norteamericano supone no solo uno de sus mejores poemas, sino también una nota optimista frente a la visión, en general, dolorosa de la existencia cotidiana que dio forma, entre cosas, a su mundo literario. La presencia de Carver, por otro lado, aparece en Birdman en tanto a que un famoso actor, aunque en horas bajas, Riggan Thomson (Michael Keaton), intenta recuperar no solo aquella fama que logró interpretando a un superhéroe, sino también alcanzar un prestigio que no siempre estuvo de su lado, adaptando, dirigiendo e interpretando en Broadway una adaptación de De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), una de las colecciones de relatos más aplaudidas de Carver.


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Lo primero que llama la atención de la elección del poema no es solo la relación directa con algunos temas expuestos en Birdman y en el desarrollo personal de Riggan, sino que Alejandro González Iñárritu parece hablar de él (como en gran parte de la película), de su cine anterior y del giro (aparente) que da a su carrera con Birdman, posiblemente su mejor obra hasta la fecha. Porque el cineasta mexicano abandona el tremendismo pesimista que había presenciado sus películas anteriores, de Amores perros a Babel pasando por 21 gramos y terminando por Beutiful, no solo su peor película sino también un auténtico bochorno tanto en el plano cinematográfico como en otras cuestiones. Iñárritu, quizá en una encrucijada artística, se aleja del tono amargo, del relato fragmentado y de las ansias globalizadoras de sus historias para poner en escena una obra mucho más compleja que las anteriores para hablar de temas tan corrosivos y amargos como en aquellas, pero lo hace desde un tono humorístico muy negro, modulando a la perfección los temas duros que maneja en la narración con una mirada entre satírica, paródica y amarga en perfecto equilibrio. Y, como Carver, Iñárritu parece ir relajándose, buscando una postura estética más amable pero no por ello menos incisiva y sin renunciar a sus intereses personales, a eso que de una manera u otra han ido poblando su cine hasta la fecha, porque a pesar del evidente giro que da a su carrera (cuyo resultado está por ver) con Birdman, Iñárritu sigue siendo fiel a su trabajo.


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A diferencia de la fragmentación de sus primeras obras, muy influenciadas por los guiones de Guillermo Arriaga, Iñárritu ya probó, sin mucha fortuna, con la unidad narrativa en Beautiful, pero con Birdman la ruptura llega mucho más lejos. La película se estructura en tres partes: un prólogo y un epílogo (aunque funcionales dentro de la narración acaban pareciendo dos “pegotes”) y lo que sucede entre ambos y que Iñárritu concibe con un largo y falso plano secuencia que vuelve a poner de relieve la gran capacidad técnica del cineasta, en este ocasión, de manera maestra. Aunque son más o menos evidentes los cortes de montaje, poco importa, porque no se trata tanto de una muestra de virtuosismo técnico como una elección de crear una narración orgánica que transmita un tiempo que no se detiene, que avanza, como en la vida misma, sin cortes. Los saltos temporales se producen con sutiliza y de manera breve. Los largos travelings de seguimiento por el interior del teatro de Broadway, en donde se encuentran los actores, acaba convirtiéndose, en sus camerinos y en sus pasillos, no solo en el decorado de la película sino también en un espacio orgánico, con vida propia. Iñárritu, sin embargo, no basa su planificación tan solo en planos generales, sino que tiende a acercarse a los actores en primeros planos que desdibujan el entorno, situando a los personajes por delante, a veces incluso enfatizando sus rostros y sus expresiones en extremo. En otras ocasiones, sin embargo, busca la lejanía, la contextualización del entorno y la muestra de las figuras humanas en un aspecto mínimo. Pero todo este trabajo no está subrayado, fluye con gran sencillez, ocasionando que el espectador se deje arrastrar por una cámara tan frenética como pausada cuyos movimientos son de gran inteligencia. A este respecto, resulta fascinante la capacidad del director para introducir los efectos visuales, algunos muy complejos, sin apenas cortes.


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Iñárritu trabaja con gran libertad estilística a pesar de la evidente planificación en la puesta en escena. Desde el comienzo escuchamos como banda sonora una batería de jazz que tan solo será desplazada de la narración por cortes de música culta perfectamente introducidos en la historia. Pero mientras la cámara se mueve, persiguiendo a los actores, esa música dinamiza la acción aunque sus sonidos resulten disonantes, exagerados, ayudando a la potencia expresiva y narrativa de Iñárritu. En ocasiones, aparece un batería tocando el instrumento en la propia acción, rompiendo los límites de la representación, los contornos de la ficción y de su construcción. Iñárritu se mueve con libertad absoluta en la creación, como en una jam session en la que se parte de una base a partir de la cual construir algo, lo que sea, como salga.


Pero todo este trabajo visual y sonoro, tan barroco como minimalista a partes iguales, también supone una forma de evidenciar el truco, la tramoya del cine y, con ella, la del teatro, la de la fama. La de casi todo. Porque en esencia Birdman gira alrededor de un actor que fue famoso por interpretar a un superhéroe (la relación entre Keaton y su personaje marca un metanarración más que evidente) quien se enfrenta a su declive físico y profesional. Su asimilación del personaje al que interpretó conduce a que incluso pueda tener poderes y pueda volar… A su alrededor, actores, familia, críticos, representantes, publicistas, público..., todos ellos dan forma a su mundo, el cual parece derrumbarse a su alrededor. Paranoico, lleno de miedos e inseguridades, anhelos y obsesiones, y una enorme necesidad de recuperar el apoyo del público y su aplauso, el personaje se mueve entre bambalinas y en el escenario en busca de su identidad, la cual quedó desdibujada, tanto externa como internamente. A partir de ahí, Iñárritu crea una historia poliédrica, compleja y metanarrativa que se abre en diversas direcciones, pero sin prescindir de cierto sentido lúdico y, sobre todo, de ese humor negro que atraviesa toda la narración (atención a cómo Edward Norton, sensacional, se ríe de sí mismo).


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En Birdman Iñárritu parece mirar, y es sorprendente, al Cassavetes de Noche de estreno no solo en su acercamiento a los entresijos del teatro, los actores y sus miedos y fantasmas, sino también al sentido rupturista tanto formal como estético de Cassavetes. Al igual que en aquella, una noche de estreno supone el punto culminante de una narración in crescendo en su componente emocional. Pero en este caso, Iñárritu parece mirarse en un espejo para entregar una película que puede, a lo mejor, verse como el estreno de un nuevo itinerario como cineasta. Se plantea, a través de un personaje que quiere renovarse como actor, en busca de ser “serio” frente a un pasado de superhéroe, qué quiere el público, qué quiere la crítica, si el espectáculo desenfrenado o el drama cotidiano, el cine comercial o cine independiente. Una de las múltiples cuestiones que aborda una película llena de texturas y de posibilidades.


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