El azar y el olfato periodístico fueron determinantes para que Enrique Meneses (Madrid, 1929) pudiera ser, cámara al cuello, testigo de momentos clave de la historia del siglo XX. Persiguiendo a una chica llegó a Cuba, y cuando ella lo plantó, se convirtió en el único periodista del mundo que informó, en las páginas de Paris Match, de la Revolución Castrista desde dentro, viviendo su gestación en Sierra Maestra. Cubrió la Marcha sobre Washington para Abc, porque, según contó en sus memorias (Hasta aquí hemos llegado, de Ediciones del Viento), al corresponsal de ese periódico en Estados Unidos no le pareció un evento suficientemente interesante. Con triquiñuelas varias consiguió unos planos insólitos de algunos templos de Abu Simbel, que años más tarde ayudaron a reedificarlos, cuando se trasladaron para evitar que quedaran sumergidos tras la construcción de la presa de Asuán. Estando Meneses en el estudio de Dalí, entró el fotógrafo Richard Avedon, y así asistió a una histórica sesión de fotografías... El propio reportero sentenciaba con frecuencia, en sus conferencias, entrevistas y en las páginas de sus memorias, que el Periodismo es “en un 10%, cuestión de potra, sumado a un 70% de paciencia y un 20% de profesionalidad”.


meneses2Conocí a Enrique Meneses hace trece años, por medio de mi compañera de clase Ángela Santafé, cuando estudiábamos juntas la carrera de Periodismo. Era un hombre muy delgado que no cabía en ninguna parte, porque tenía su piso de la calle Ginzo de Lima de Madrid, que le había comprado por dos duros a una cooperativa de periodistas, hasta arriba de recuerdos que había ido acumulando en su infinidad de viajes por el mundo, durante 60 años de profesión: dagas africanas, alfombras árabes, un original de la mítica foto que le hizo Korda al Che… Por los suelos, ya amarillos, algunos números de las publicaciones nacionales y extranjeras donde había firmado: Abc; Paris Match; la centenaria revista Cosmópolis; las revistas eróticas Lui y Plaboy, cuyas direcciones asumió durante el tardofranquismo, lo que le costó varios juicios por escándalo público… Tampoco faltaban ejemplares de los más de diez libros que publicó en vida, como África de Cairo a Cabo o La bruja desnuda.


Y, por supuesto, siempre junto a él, el bidón de oxígeno al que, en sus últimos años, estaba conectado dieciséis horas al día, porque sufría EPOC. “Me he fumado la Tabacalera entera”, lamentaba con esa sorna que no perdía bajo ningún concepto. Fue cubriendo la guerra de Sarajevo para Televisión Española cuando decidió plantarse como viajero, porque se ahogaba al escapar del fuego cruzado. “Los francotiradores no me mataron porque su código ético no les permitía acabar con el tonto del pueblo”, bromeaba. Aquel adiós le costó caer en el limbo del olvido con solo una pensión asistencial. Él, que se había planteado su vida y su profesión como una auténtica aventura. Él, que había recorrido África de Cairo a Cabo cruzando fronteras, codeándose con reyes y descubriendo alguna que otra tribu por el camino; que cubrió guerras como la del Canal de Suez, entrevistó siete veces al Dalai Lama y compartió charlas políticas con el Rey Juan Carlos de Borbón, estando éste todavía soltero, y lo vio silbar y piropear a una chica en plena calle. Él, que fue una cara considerablemente popular en la televisión española al dirigir programas míticos como Robinson en África o A toda plana, se vio encerrado entre cuatro paredes, sin apenas contacto con sus ex colegas de profesión. Pero se negó a poner punto final a su carrera. Internet acababa de nacer, y en otra muesca de talento y perspicacia, el intrépido Meneses se reinventó haciendo de su portátil una ventana al mundo. Así, rondando los ochenta años, se convirtió en uno de los primeros periodistas en tener un blog, alcanzó los 10.000 seguidores en Twitter y creó una televisión digital, Utopía TV, que, entre otros contenidos, emitía tertulias de nivel desde el salón de su casa.


meneses3Parece que lo estoy viendo, sentado en su sofá, tecleando solo con los índices y abroncándome por no largarme a vivir en carne propia las revueltas árabes. “Móntatelo por cuenta y vete por ahí, a vivir y a vender tus trabajos. ¿O quieres pasarte la vida dependiendo de las ideas y el dinero de otros?”. El tío tenía carácter. Yo lo visitaba casi todas las semanas. “Ni que fuera el Papa”. Se reía, pero estaba encantado, porque le echaba una mano transcribiendo antiguos artículos, ordenando negativos y escuchando su interminable repertorio de batallitas profesionales. Todas me gustan: cómo en la Marcha sobre Washington se encontró a una mujer negra llorando de emoción porque un blanco la había llamado “señora” por primera vez en su vida, cómo consiguió entrevistar a Gilberto Gil en pijama o cómo entró (después de unos vinos) en una reunión de gerifaltes de Paris Match, preguntando y criticando si aquello era Marie Claire a la vista de tanto reportaje rosa. Al principio, yo creía que admiraba a Enrique por su manera comprometida de hacer Periodismo. “Un periodista tiene que ser los ojos de la sociedad y ponerse al servicio de los más débiles”, era una de sus máximas. Pero ahora, creo que lo que me fascinaba de él era la forma tan divertida como lo afrontaba todo y sus contagiosas ganas de vivir. Haberme ganado la amistad del señor Enrique Meneses es una de las pocas cosas que me hacen sentir orgullosa. Sobra decir que lo echo de menos a todas horas. Aunque, conociéndolo, no descarto que vuelva de donde esté para contarnos qué hay al otro lado. Me quedo, quedémonos, con la respuesta que me dio una de las veces que lo entrevisté para la revista El Duende, cuando le pregunté si no quería jubilarse: “No me da la gana. Vivir es hermoso, y quiero que conste”. Hasta siempre, Enrique.


Fotos: Enrique Meneses.


Enrique Meneses. Vida de un reportero. Sala Canal de Isabel II (Santa Engracia, 125). Del 16 de abril al 26 de julio. www.madrid.org