En la historia de Las amistades peligrosas había sexo y drogas. Faltaba el rock and roll. Darío Facal (Madrid, 1978) se lo ha añadido. De la pulsión innovadora común a todos los montajes de este talentoso dramaturgo (La vida imaginaria de Bonnie & Clyde, Las Rusas), resulta esta vez una vibrante versión del clásico de Choderlos de Laclos que incorpora música hardcore en directo. Una música que corre a cargo de los propios actores, que en varios momentos de la pieza se arrancan con baterías, guitarras y voces que nos intimidan con el belicoso ritmo del punk rock, que deviene en jazz en las escenas más sensuales. Están enfundados, eso sí, en una deliciosa estética rococó, con su vestuario, pelucas y maquillaje. La sibilina aristocracia de Laclos y el punk rock más cañero. Dos esencias canallas, distantes en el tiempo y ahora reunidas en escena para representar los excesos del poder y los deseos carnales.


Si en los tiempos que corren andamos revolucionados con los desenfrenos de Cincuenta sombras de Grey, imaginemos lo que ocurrió cuando, siete años antes de la Revolución Francesa, con el Antiguo Régimen a pleno rendimiento, Choderlos de Laclos se presentó en París con este texto, uno de los más punzantes que ha dado la literatura erótica, junto con El amante de Lady Chatterley (de D.H Lawrence), Trópico de Cáncer (de Henry Miller) o Corre, conejo (de Updike). En un mundo donde la menor transgresión ya era un escándalo, y en un momento en el que el sexo no se manifestaba en otro lugar que no fuera la cama, irrumpía este libro denunciando los excesos de la aristocracia francesa del siglo XVIII, entonces enfangada en una persecución interminable de poder y placer, lo que explica en parte su infeliz final. Una marquesa manipuladora, dominante y en pie de guerra contra la dominación masculina; un vizconde cocainómano, promiscuo y sin principios morales a la vista; maquinaciones, infidelidad, prostitución, pederastia, pecado, violencia, enfermedad…


Ese viciado y aristocrático universo literario que Stephen Frears adaptó al cine en 1988, de una manera bastante descafeinada, cayó como una bomba en la sociedad francesa. Y Laclos no solo transgredía con el contenido, también rompía moldes desde un punto de vista formal, al tratarse de una obra de género epistolar. Organizando la trama en cartas, el autor destacaba una de las principales vías de comunicación de la alta sociedad francesa, y podía emular de forma directa la ironía con la que se expresaba ese colectivo y exponer las distintas personalidades de cada uno de los autores de las misivas, los distintos vértices del enredo, retratando su puño y letra.


Las amistades peligrosas excitó de tal manera a la sociedad parisina que la primera edición voló en menos de una semana, y aunque cualquier joven dama que se pretendiera respetable no podía dejarse ver con el libro bajo el brazo, se cuenta que hasta la mismísima María Antonieta tenía un ejemplar escondido. A cambio, la reputación de Laclos se vino abajo. Lo acusaron de pervertido, y se llegó a censurar la venta de la obra. Y eso que, probablemente, lo más peligroso que contuviese el texto fuese su pesimismo, la duda que late en él sobre la capacidad del hombre de sobreponerse al egoísmo y la ambición desmedida.


Darío Facal sabe conformar, en todo su esplendor, el clima sexual y perverso del texto. No elude recrear escenas de gran carga erótica y poner a la jovencísima Lucía Díez a interpretar el papel de Cecile, la niña a la que pervierte el Vizconde Valmont, algo que había causado algún problema de conciencia a otros directores que adaptaron la novela al cine o las tablas. Facal mantiene la estructura epistolar en una original puesta en escena, amplia, medida y que forma una especie de collage, visualmente pético, con los seis personajes y sus distintos ambientes e instrumentos musicales. Carmen Conesa está soberbia en su papel de la cínica y lasciva Marquesa de Merteuil. Del Vizconde se encargan Edu Soto o Cristóbal Suárez (depende del día de la función). El primero realiza un espléndido trabajo, confiriéndole al papel un tono muy personal. Conserva la gestualidad amanerada propia de la aristocracia dieciochesca, pero aportando un temperamento y una vis cómica que lo hacen muy carismático y realista, y una comunicación con el espectador, por medio de la mirada, con la que consigue hacerlo cómplice. El resto del elenco está correcto en su labor de servir de constelación de marionetas a los intereses de los dos aristócratas protagonistas.


Hablamos del montaje con Darío Facal.


No solo dirige la obra, usted mismo ha hecho la adaptación del texto junto con Javier L. Patiño. ¿Ha resultado difícil construir una pieza teatral conservando la estructura epistolar de la novela original? Teníamos muy claro que queríamos hacerlo así. Nos resultaba atractivo formalmente, y, en el fondo, esa estructura epistolar se parece a un texto dramático. Cuando adaptas una novela al teatro eliminas la mediación de la narración, y en este caso, simplemente hemos encontrado la manera de que los personajes vayan exponiendo el contenido de sus cartas. No podíamos tomar partido, porque Las amistades peligrosas es una novela muy perspectivista. Cada personaje ofrece su visión de los acontecimientos por medio de sus cartas, con el cinismo, humor o sensibilidad que los caractericen. El mayor problema de las adaptaciones son, precisamente, las adaptaciones, sobreponerse a la forma novelística. De lo que se apodera el cine cuando adapta una novela es de la trama, la forma se la tiene que dar el director. Así, hay muchas buenas películas hechas desde malas novelas. Y hay obras que, por su peculiar forma, no pueden adaptarse. Yo no concibo, por ejemplo, una adaptación de Rayuela.


El rock combina bien con estos personajes tan canallas, ¿no? En el siglo XXI, la música que me comunicaba lo que ocurría en esta trama era el rock. Para mí, el teatro no es un acto de arqueología, debe dialogar con el público de hoy, necesita reformularse en sus características clásicas, y tenemos que explorar nuevas vías de representación. La idea de lo contemporáneo tiene que ver con revisar los límites del lenguaje, no solo con modernizar los temas y las tramas. No se me ocurría nada más sexy y sensual que arropar la obra con esta música tocada en directo.


¿Siguen existiendo prejuicios a la innovación teatral, y sobre todo a la modernización de clásicos? Sí, en el sector del teatro hay mucho conservadurismo. Lo vivimos diariamente. En mi compañía, Metatarso, que ya lleva quince años en marcha, recibimos tanto entusiasmo extremo como críticas de espectadores muy molestos. A mí no me parece malo; al contrario, creo en la confrontación de opiniones. Si el teatro suscitara opiniones muy lineales, algo estaría haciendo mal. Creo que tiene que haber cierta polémica, porque significa que hay propuestas sobre la mesa, discusión. Significa que el teatro permanece vivo.


Usted innova al punto de que uno de sus montajes recientes, Inside, se representó en un hotel. Creo que el público necesita ese tipo de experiencias para no acomodarse. Puede ser reticente a ellas, pero acaba animándose. Cuando nosotros empezamos con Metatarso, apenas había una estructura para para la exploración contemporánea. Ahora sí. El público se acerca, y ve que lo contemporáneo no es intelectualoide, sino que abre posibilidades interesantes de expresarse de otra manera.


En Las Amistades peligrosas hay escenas muy sexuales. ¿No teme que se le escandalice el público? Las cosas no ofenden, el problema es quien las escucha. La novela es muy controvertida. Si la dulcificáramos, renegaríamos de su esencia.


Algunos directores cinematográficos y teatrales que la han adaptado en otras ocasiones, lo han hecho. Y nosotros partimos del principio de no seguir su ejemplo. ¿Qué sentido tuvo que Uma Thurman interpretase a Cecile, que debe ser una niña? No se entiende que John Malkovich no quisiera acostarse con ella desde el primer momento. Es fundamental que la actriz que interpreta a Cecile tenga una apariencia más juvenil. El vizconde Valmont, que no tiene ningún límite moral, inicialmente se resiste a ella, pero después la seduce por aburrimiento, sin moralismos. Hay gente que cree que la pederastia es algo moderno, que ha llegado con Internet, en medio de esas visiones apocalípticas de que el mundo se nos va al garete. Pero siempre ha habido pederastia y terremotos, y la literatura lo refleja. Lo que pasa es que ahora estamos más informados que antes. El arte es justo si es honesto con la realidad.


¿Se parece en algo, entonces, la sociedad francesa del siglo XVIII a la actual? Si hiciéramos un análisis del pasado sin miedo ni desprecio, veríamos que hemos evolucionado en ciertas cosas –afortunadamente-, pero no podemos decir que estemos en un mejor momento. Ciñéndonos a esta obra, describe a una gran masa social subyugada por normas sociales, y a una elite que ve esas reglas y se ríe de ellas. Siempre habrá elites por encima de las reglas. Y cuanto más decadente es una sociedad, más factura pasan las elites.


Y las elites legislativas y gubernamentales, ¿cómo se portan con el teatro? En el teatro estamos instalados en una queja necesaria, porque hay una serie de penalizaciones legislativas, no solo al teatro sino a toda la cultura, que hacen que se pasen situaciones muy dolorosas en el sector. Por ejemplo, el IVA que se le aplica. A pesar del legado cultural español, vemos el arte como un entretenimiento. La cultura tiene que tener dignidad y tiene que reconocerse no solo como un bien, a veces intangible, de valor fundamental, sino también como un sector productivo, que puede generar mucho trabajo, que debe profesionalizarse. No solo el cine, que sí se percibe como una industria, sino todos los sectores de la cultura. No slo tenemos que poder vivir de esto, también tenemos que poder generar empleo. Aunque, la verdad, no es tanto un problema de política, es un problema social. La sociedad no percibe que nos necesita.


Pero, en el caso del teatro contemporáneo, has dicho que se han abierto posibilidades desde que arrancaste gracias, a que el público se ha ido aproximando más. Se han abierto salas, se han creado producciones novedosas y se han puesto en pie festivales, aunque muchos de ellos han sido oportunistas. Pero no siempre hemos recibido el apoyo necesario, y la sociedad sigue siendo desconfiada. Yo soy una excepción, la verdad, he tenido suerte, aunque me he pasado diez años en salas alternativas.


Volviendo a la obra, Edu Soto hace una interpretación extraordinaria del vizconde... Fue toda una sorpresa. La obra se creó pensando en que sería Cristóbal Suárez quien interpretaría ese papel. Yo había visto a Edu en El lindo Don diego, y me había gustado, y él había visto este montaje cuando lo estrenamos, y quedó fascinado, me dijo incluso que le encantaría interpretar algo así. Cuando Cristóbal tuvo que ausentarse de algunas funciones por otros compromisos profesionales, pensamos en él.


Las amistades peligrosas. Naves del Español, Matadero Madrid. Hasta el 8 de marzo. www.mataderomadrid.org


* El papel de Vizconte de Valmont estará interpretado por Edu Soto los días: Febrero: X4, J5, V6, S7, D8, M10, X11, J12, V20, S21, D22, V27, S28. Marzo: D1, M3, X4, J5. El papel de Vizconte de Valmont estará interpretado por Cristóbal Suárez los días: Febrero: V13, S14, D15, M17, X18, J19, M24, X25, J26. Marzo: V6, S7, D8.