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'Salyut-7: Heroes en el espacio': La luz de la determinación

Salyut-7: Heroes en el espacio de Klim Shipenko

Vie, 8 Jun 2018

En Atrapados en el espacio (1969), de John Sturges, tres astronautas quedan a la deriva por el cortocircuito en la estación espacial. Apolo XIII (1995), de Ron Howard, se inspiraba en la peripecia real que sufrieron tres astronautas, seis meses después del estreno de la película de Sturges, también por un mal funcionamiento, en concreto, la explosión de un tanque de oxígeno. De hecho, en la película se incluía una pesadilla que sufrió la esposa del astronauta Lovell, que encarnaría Tom Hanks, por una secuencia de la obra de Sturges. En los dos casos peligraba la posibilidad de que retornaran a la Tierra. Durante la preparación de Gravity (2013), en la que una estación espacial era destruida por el choque de unos asteroides, Alfonso Cuaron revisó repetidamente la película de Sturges. Ambas comparten un trayecto catártico. La producción rusa Salyut-7: Héroes en el espacio (Salyut 7, 2017), de Klim Shipenko, se centra en una de las gestas más sobresalientes de la astronáutica: las reparaciones de la maniobra de recuperación de la estación espacial soviética Salyut 7, que había quedado a la deriva, con su sistema eléctrico colapsado, por la colisión de unos asteroides, efectuadas, en febrero de 1985, por dos astronautas, Vladimir Dzhanibekov (Vladimir Vdovichenkov) y Viktor Savinykh (Pavel Derevyanko), .

Coincide con Atrapados en el espacio en que se hace eco de la guerra de fría. La obra de Sturges reflejaba cómo la competitividad por la consecución de logros en la carrera espacial se había convertido en el más resonante frente durante la década de los sesenta, y como es patente en la obra de Shipenko, no había disminuido en 1985. Esa competitividad resulta condicionante fundamental en las decisiones de las altas instancias políticas. La noticia de que los estadounidense pondrán en órbita una nave, un challenger, suscita la desconfianza de que sea para apropiarse de los avances tecnológicos rusos, por delante de los estadounidenses. Por eso consideran como medida la destrucción de la estación espacial. Por otro lado, en los noticiarios estadounidenses se remarca la amenaza que comporta la posible caída de la estación rusa en suelo estadounidense, entre cuyas especulaciones se incluye el temor de que porte un arma nuclear. La película de Sturges, como su anterior obra Estación polar cebra (1968), apuntaba a la actitud conciliadora, no beligerante sino colaboradora, reflejo de unos tiempos en los que parecía menguar la hostilidad de la guerra fría. En Salyut-7: Héroes en el espacio se refleja la escalada de reactivación de hostilidades, en los últimos tiempos, entre Rusia y Estados Unidos, y del que varias producciones cinematográficas y televisivas se hacen eco: en la última temporada de Homeland se apunta a las actividades de los servicios secretos rusos para desestabilizar la situación política estadounidense (aunque se remarque en la serie que el principal conflicto, por resolver, es el que existe en el interior del propio país). En las imágenes finales de Salyut-7: Héroes en el espacio se apunta también a una actitud conciliadora, aunque no sin dejar de dar énfasis a la gesta soviética, como caja de resonancia, en los tiempos presentes, de una vigorosa reafirmación de una identidad nacional, o lo que es lo mismo, de un posicionamiento.

En cuestión de estilo la obra de Shipenko poco tiene que ver con la pausada, severa y sombría modulación, y el heterodoxo diseño sonoro, de la obra de Sturges. Como en la obra de Howard, la presencia recurrente de las composiciones musicales acentúan el aspecto emocional, en términos de intensidades, así como el épico.  Es reflejo, así mismo, del enfoque dinámico de la narración, en la que abundan los constantes movimientos de cámara, que adquieren la condición de toboganes como en la obra de Cuaron. El montaje alterna con fluidez, como en las obras de Sturges y Howard, las peripecias en la estación espacial y los conflictos y tensiones en la sala de control. Y perfila con escuetos rasgos a sus dos protagonistas: Vladimir creyó ver una luz que no sabe qué era en su anterior estancia en el espacio estelar, y se duda de su capacidad para poder afrontar tal circunstancia de nuevo. Pero a la vez es el único al que consideran cualificado, de entrada, para realizar la primera gesta, el acople del Soyuz con la estación espacial, la cual rota continuamente. Viktor es el ingeniero que no ha participado aún en ninguna misión, por lo tanto inseguro, sobre todo por algún comentario desvalorizador de su amigo Vladimir, y que está a punto de ser padre. Dos experiencias nuevas, transfiguradoras, para él (que encuentra su reflejo en esa sorprendente imagen de las gotas suspendidas cuando consiguen deshelar el interior de la estación espacial que han encontrado congelado). Es más práctico y cauto que el temerario Vladimir cuya determinación se conjuga con la eficiencia pero siempre en ese filo que suscita la inseguridad de quien no se siente tan seguro con los riesgos (aunque una situación límite difuminará las diferencias que pueda haber entre ambos). La narración se entrega con enérgico dinamismo a unas convenciones que aprietan el acelerador en las situaciones adversas, en el límite de lo calamitoso, hasta apurar la posibilidad de amenaza de debacle, y propulsan, en la otra dirección, por tanto, las catarsis exultantes. De todos modos, más allá del telón de fondo de las tensiones geopolíticas, la cuestión nuclear es que no hay otra luz que la de esa capacidad de superar cualquier contingencia. adversidad con la determinación y la perseverancia.



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