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'Una', de Benedict Andrews
'Una', de Benedict Andrews

'Una': La herida de los sueños atorados

'Una', de Benedict Andrews

9
Jue, 5 Abr 2018

“¿Qué pasó? ¿Por qué me abandonaste?” Hay quien queda anclada en el tiempo. Para Una (Rooney Mara) no han pasado quince años desde aquella interrogante. Ha quedado atrapada en la falta de una respuesta. Desapareció el contraplano que la hacía sentir que la vida fluía y podía ser un horizonte. Y su vida se tornó herida que no logró cerrarse. En la primera secuencia de Una (2016), emitida en Netflix, magnífica opera prima de Benedict Andrews, adaptación de una obra teatral de David Harrower, que guioniza él mismo, vemos en aquel entonces, con trece años, a Una (Ruby Stokes), sentada fuera de su casa. El esplendor de la luz, cálida, domina el espacio. Se encamina a la parte trasera, y se detiene ante alguien. Pero no hay contraplano, sino que la transición se realiza a otro plano de ella, quince años después, una figura difusa bailando, en una discoteca, surcada por los espasmos de una luz estroboscópica. Ese es su presente, los residuos de aquella luz herida, perdida. Ese es su estado emocional, convulso, y confuso. Se desplaza entre pasillos en penumbra de contornos difuminados. Su cuerpo colisiona contra un espejo y una pared mientras  un indefinido cuerpo de hombre la penetra por detrás. Se encamina al hogar como un espectro errante. Una es un cuerpo que busca la anestesia del aturdimiento. Parece desgajada de la realidad, desorientada. Pero su herida no olvida.  Porque quedó atorada en el pasado, quince años atrás, en una pregunta que no encontró respuesta.

“Podríamos quedarnos atorados aquí para siempre”. El escenario es una noria. Tras ambos personajes se aprecian unas barras protectoras. También los barrotes de su propia prisión. Quien dice la frase es aquel contraplano ausente desde entonces, Ray (Ben Mendelsohn), y se lo dice a aquella Una de trece años, a quien decía amar. Pero quien evoca ese momento es Una quince años después. Es una evocación que surge cuando ya ha constatado que no es posible recuperar aquel contraplano, aquella relación. Y lo hace tumbada en la cama de la hijastra de Ray. Una se ha quedado atascada en el tiempo, sin recuperarse desde entonces, mientras que Ray, después de pasar cuatro años en prisión, condenado  por relación con una menor, ha formado una familia, ha configurado otra vida, otra dirección, mientras que ella aún vive con su madre, sin pareja y con un trabajo, administrativo, que no es con el que soñaba: nada es cómo soñaba.

La narración se trenza entre tiempos como si no hubiera distancia temporal entre lo que fue y se interrumpió y un presente que es suspensión en el tiempo. Su continuidad, orgánica, emocional se escancia a través de las transiciones de un elaborado diseño sonoro (lo primero que se escucha antes que cualquier imagen es griterío de niños; en los planos del presente se escucha el sonido del pasado antes de que este se visualice). La magnífica ingrávida banda sonora de Jed Kurzel dota de cuerpo esas emociones que se mordieron y quedaron suspendidas como interrogantes a la deriva. La narración se vertebra a través del reencuentro entre ambos. El escenario es un amplio almacén donde Ray, ahora bajo la personalidad de Peter, trabaja en una posición de poder intermedio. Se encuentra, laboralmente, en medio, entre sus superiores y sus compañeros de trabajo, en una situación delicada que comporta despidos, una circunstancia ante la que se rebela, por lo que es buscado por su superior y por Scott (Riz Ahmed), que cree estar incluido en la lista de despedidos. Mientras, Ray dirime con Una su reencuentro, qué quieren, qué desean, qué reproches, qué dolores no cicatrizados y qué anhelos aún arañan sus entrañas. Pero ¿cómo se despide a alguien de tu vida?. ¿Cómo haces sentir lo que supuso y representó entonces y lo que no supone y representa ahora aunque, de todas maneras, la huella de lo que se sintió no se haya desvanecido?

Ambos forcejean en ese laberinto espacial con la maraña irresuelta de sus emociones. En ocasiones, él se escurre, en ocasiones ella presiona con susceptibilidad, como si lo sufrido hubiera sido un agravio, cuando más bien lo que anhela es la recuperación de lo truncado. Al menos el esclarecimiento de por qué fue abandonada, por qué no hubo respuesta a su desesperada interrogante que la dejó sumida en la intemperie, como si hubiera quedado impregnada por una maldición de la que no logra desprenderse. Entre las penumbras de los diferentes habitáculos en los que se esconden, esclarecen un equívoco, aquel desencuentro que no suponía abandono ni negación, como ella creía, sino un desafortunado accidente del azar. Ray se contorsiona para expresar cómo la amó, lo que significó para él, que la atracción no se restringía al deseo sexual sino que la amaba, como no tenía que ver con que fuera una niña sino con que era ella. Para él era única. Pero aunque siente la quemadura de esa atracción agazapada en las penumbras de sus entrañas, se contorsiona también para intentar hacerla comprender que el pasado ya no es presente.

Ambos se debaten con el almacén de sus recuerdos, de sus emociones, de lo que fue y ya no es, de lo que fue y persiste como el fantasma de un miembro amputado, con los equívocos de lo que entonces se malinterpretó. La narración se desliza a través de una exquisita coreografía cuyos pasos de bailes son la alternancia de tiempos, los añicos de aquel amor truncado que aún rasgan su presente. El círculo se clausura, como una noria atorada: Una desaparece como un espectro doliente en la noche, pero el último plano corresponde a Una quince años atrás, la niña aún perdida en la intemperie de sus emociones, como la mitad de su rostro surcado por esas sombras de las que aún no se ha desprendido. La vida es un almacén de cajas embaladas, como los sueños que no se realizaron.