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'La muerte de Stalin', de Armand Ianucci
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'La muerte de Stalin': La comedia de la política y sus horrores

'La muerte de Stalin', de Armand Ianucci

Jue, 8 Mar 2018

¿Cómo enfocar La muerte de Stalin, de Armand Ianucci?¿Desde la concreción o la abstracción? Si se plantea desde la abstracción, nos encontramos con un escenario, el de la política, y una dinámica (de pulsos, manipulaciones y otros desquiciamientos) que abunda, como variante, en la ya planteada en su anterior obra, In the loop (2009), y en la serie de la que esta era una derivación (o spin off para fetichistas de terminologías foráneas), The thick of all (2005-12). Es decir, da igual si una transcurre en los inicios del siglo XXI, entre Inglaterra y Estados Unidos, y la otra en 1953 en Rusia. Si nos abstraemos, si se dejan de lado las referencias de la circunstancia, queda el entramado al desnudo de unas turbulencias escénicas en las que unos personajes más bien poco ejemplares, sean cargos políticos o asesores, intentan configurar el escenario a su conveniencia, sea para posibilitar una circunstancia acorde a su voluntad y preferencia o detentar la posición de poder. En un caso, se ejecutan las estrategias y manipulaciones oportunas para utilizar como instrumentos a quienes son más incapaces de controlar su posición y circunstancia con el fin de propiciar el escenario que se desea, es decir, la declaración de una guerra. En el otro, tras la muerte del que detentaba el poder, y por tanto dictaba la realidad, los que le siguen en la jerarquía, los que integran el Comité Central, o más bien algunos de ellos, los más ambiciosos y resolutivos, rivalizan para ser quienes ocupen esa posición del poder vacante, y así controlar y determinar el escenario de la realidad

El enfoque se realiza a través de la sátira, con lo cual la risa contiene mordisco incorporado. Lo terrible se balancea con lo grotesco. En principio, lo segundo parece que amortigua lo primero, aunque alguien sufra un ataque al corazón cuando teme que hayan escuchado su comentario incrédulo sobre los conocimientos musicales de Stalin, o se establezca una coreografía, con los movimientos de los integrantes del Comité alrededor del cadáver de Stalin, condicionada por la mancha de orina que se ha extendido alrededor de su cuerpo. La narración finaliza con otra muerte, y en esta secuencia sí que lo terrible descascarilla lo grotesco, y convierte cualquier atisbo de risa en un rictus de horror.

Como en In the loop se presenta a cada participante escénico con un letrero en el que se precisa su nombre y cargo. Lo que diferencia a unos y otros es quién escupe más ácido y quién, en cambio, tiende a arquear las cejas por perplejidad o indiferencia. Los primeros son los que más se esfuerzan en urdir las estrategias que les favorezcan. Entre los integrantes del Comité hay dos que afilan más que otros sus colmillos, Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Khruschev (Steve Buscemi). Del resto, unos adoptarán posición de aliado o complemento, y otros, sin saberlo, se convertirán en peones o instrumentos de las tramas escénicas de los dos principales, por ser los más feroces, aspirantes al título. Quien juega mejor sus bazas tácticas, y sabe utilizar los complementos aliados, será quien consiga vencer en ese pulso que elimina del escenario cuadrilátero al otro contendiente.

La muerte de Stalin es una adaptación una novela gráfica francesa, escrita por Fabien Nury y dibujada por Thierry Robin. Su principal inspiración fue Teléfono rojo ¿volamos hacia Moscú? (1964), de Stanley Kubrick, a la que el paso del tiempo ha dejado en evidencia la limitada desenvoltura de Kubrick en los terrenos del humor, lo que lastraba, con el personaje de Peter Sellers, Lolita (1962), o no conseguía conjugarse armónicamente con lo terrible en La naranja mecánica (1972). Ianucci es menos ambicioso en cuestiones formales. Su estilo remite al que se calificaba como televisivo antes de que las producciones televisivas adquirieran un prestigio del que carecían, o habían perdido (durante décadas se desacreditaba a una película por parecer un telefilm). A diferencia de la novela gráfica, más siniestra e hiperbólica, o más recargada y caricaturesca, el planteamiento visual de la película resulta más bien convencional, desprovisto de contrastes y sombras. Privilegia la escena, las interpretaciones (de un excelente plantel), y la acidez del diálogo. La presencia de Michael Palin, ex Monty Python, evidencia otras afinidades, otro tipo de artificio de registro visual realista, aunque la construcción dramatúrgica sea más férrea que anárquica.

La película ha levantado ampollas no sólo en los estamentos del poder ruso, calificándola de afrenta e insulto, como una estrategia para desestabilizar la sociedad rusa, sino entre estamentos de la cultura, quienes enviaron un indignado texto al ministro de Cultura en el que señalaban que La muerte de Stalin está dirigida a incitar el odio y la animosidad, violando la dignidad de la ciudadanía rusa. Estamos seguros de que la película fue realizada para distorsionar nuestro pasado para que se pensara que la Unión soviética de la década de los 50 estaba definida por el terror. " Por ello, exigían que se impidiera la proyección en las salas, lo que se consiguió, lo mismo que en  Kirgistán, Azerbaiyán y Kazajistán. ¿Una reacción exagerada? ¿Más allá de que no haya distorsión sustancial sí existe esa intención desacreditadora? A Nury le parecía inconcebible que sesenta años después pudiera molestar que se mirara con humor unos acontecimientos pretéritos, como si les superara un sentimiento protector, como si vieran peligrar la rehabilitación por la que tanto se han esforzado.

Esto, por tanto, nos lleva a la cuestión del enfoque en la concreción. Hay conocedores de la historia, de la época, en medios de comunicación ingleses, que han resaltado las imprecisiones históricas. Esto es, lo inexacto de los datos ¿Esa distorsiones afectan a lo accesorio, y se encajan como componentes de la hipérbole inherente a una sátira, o emborronan la concepción o visión de la circunstancia política rusa más allá de que algunos no ocuparan esos cargos en ese momento o alguien muriera más bien tres meses después en circunstancias no aclaradas? Desde la abstracción, el panorama resulta tan desolador como en los escenarios políticos ingleses y estadounidenses mostrados en In the loop. Es esa dinámica de abyecciones en pulso por el poder que se describía, por ejemplo, en la extraordinaria Tempestad sobre Washington (1962), de Otto Preminger. Si se enfoca a la concreción ¿se desenfoca su real alcance más allá de la especificidad circunstancial? O si es desde la abstracción ¿se habilita una distorsión conveniente e interesada en los escenarios geopolíticos?¿Hay una trama conspiratoria de devaluación de imagen contra Rusia como han señalado los gerifaltes rusos?¿Esa susceptibilidad evidencia un desquiciamiento de percepción? ¿Son dos películas o depende de cómo queramos enfocarla? Como abstracción, desde luego, se puede disfrutar como comedia de los horrores que  transciende banderas, naciones o credos políticos. Si alguien prefiere priorizar la concreción, se puede poner en cuestión las inconsistencias, aunque quizá, como los cargos políticos rusos, se esté priorizando un particular sarpullido susceptible, y por lo tanto sobredimensionando el potencial de influencia de tal distorsión sobre los hechos. Al fin y al cabo, más allá de su veracidad o precisión, la realidad en sí misma era una distorsión.